Hace dos años conocí a una familia de hondureños que llegó a Saltillo en calidad de refugiada.

Y ya sabe, la misma historia, la historia de siempre.

Ellos habían salido de su hermosa patria, Honduras, huyendo de los mareros.

Todo porque una tarde al padre y a uno de los hijos de esta familia les tocó ver cuando un grupo de pandilleros ajusticiaba a un taxista a balazos en plena calle.

Fueron los de la Mara 18.

Y pa qué quiere.

De ahí en adelante fueron amenazas y acoso constante para la familia.

El papá comenzó a recibir llamadas a su celular de una voz extraña que le pedía fuese a algún sitio para tratar un negocio, un asunto.

Eran los mareros.

A partir de entonces el jefe de aquella familia tomó la determinación de escapar de su país.

La familia: mamá, papá y cuatro hijos, había conocido de carca las atrocidades que cometían las pandillas en su barrio.
Y habían escuchado de crímenes, asaltos, violaciones, extorsiones, secuestros y ese amplio catálogo delictivo de los vándalos. 

La verdad es que yo no podía creer todo lo que me contaba esta familia.

Tanta maldad, tanto horror.

Hablaban de jóvenes tatuados con la M13 y la M18 que guerreaban a muerte por el territorio.

Que cobraban cuotas a los obreros afuera de las fábricas, al puro estilo de la delincuencia organizada.

Que hacían levantones y que exigían dinero a cambio de protección y si no, era la muerte segura.

Que se robaban a las muchachas, hijas de familia, para el completar el harén del jefe de la banda.

Que reclutaban chavitos y los adiestraban como máquinas de matar.

Y era el terror de todos los días.

Le digo que yo no creía que pudieran pasar tantas cosas feas en aquellas latitudes.

Hasta que conocí los testimonios de otras familias que, como mis amigos, se habían fugado del horror, pude entender que no era un cuento de hadas.

Conocí a esta familia hace tiempo y la sigo frecuentando.

Al principio desconfiaban de todo y de todos.

Vivían siempre temerosos, como escamados, y cuando alguien tocaba la puerta de su pequeño apartamento en Saltillo, preguntaban, con voz nerviosa, que quién era, antes de abrir y asomar la cabeza  

Al poco tiempo, dicen que el tiempo todo lo cura, se acostumbraron a vivir en esta ciudad.

Pero que añoran su tierra llena de montañas y de selvas.

Algún día quieren regresar allá. No saben cuándo.

Mientras en su país la pesadilla de las Maras no haya terminado


Jesús Peña
SALTILLO