Un gran centro de vacunación en Múnich, el martes 18 de marzo de 2021. (Laetitia Vancon/The New York Times)
Los especialistas lo llaman el dilema del tranvía, se trata de tomar la decisión que cause el menor daño posible. Este frente al panorama de la retirada de la autorización de la vacuna de AstraZeneca en algunos países de la UE

Max Fisher

Esta semana, los organismos europeos de salud pública enfrentaron, con millones de vidas en riesgo, una asombrosa representación de lo que los especialistas en ética conocen como el dilema del tranvía.

Imaginemos que estamos ante un cambio de agujas. Si no hacemos nada, un tranvía que va a gran velocidad arrollará a tres personas en su trayecto. Si movemos la palanca, el tranvía se desviará a una vía alterna donde hay una sola persona. ¿Cuál es la mejor opción desde un punto de vista moral?, ¿matar a una persona de manera deliberada o quedarse sin hacer nada y dejar que mueran tres?

En la versión europea, entre los 1.6 millones de personas que habían recibido la vacuna de AstraZeneca, los reguladores alemanes detectaron siete casos en los que apareció un extraño coágulo sanguíneo en el cerebro; tres de ellos fueron fatales. Los reguladores no tenían pruebas de que esto estuviera relacionado, sino que solo se trataba de una anomalía estadística. Sin embargo, seguir con la vacunación los responsabilizaría de poner en peligro a un puñado de personas, al igual que mover la palanca de las vías del tranvía.

En cambio, las autoridades alemanas retiraron la autorización de la vacuna a partir del lunes. Luego lo hicieron los países vecinos en espera de que el regulador de medicamentos de la Unión Europea considerara que la vacuna era inocua, lo cual hizo el jueves.

Podría parecer una opción fuera de lo común. Debido a una tercera ola que cobra miles de vidas al día en Europa, parecía casi seguro que incluso una breve pausa pusiera en peligro a muchas más vidas que el extrañísimo efecto colateral que aún no se había comprobado.

No obstante, la ética médica puede ser engañosa. Los especialistas tienden a ver la decisión de Europa ya sea como un cálculo de costo-beneficio comprensible, aunque arriesgado, o como “un error catastrófico”, según el experto en ética de la Universidad de Oxford, Jeff McMahan.

McMahan, quien estudia dilemas de vida o muerte, señaló que los fallecimientos que probablemente ocurrieran por COVID “serían por omisión, o por no hacer nada, más que por provocarlas. Pero habrá que preguntarnos si eso plantea una diferencia en este contexto”.

Sin embargo, Ruth Faden, especialista en bioética y en políticas sobre las vacunas de la Universidad Johns Hopkins, consideró que optar por hacer una pausa fue “una decisión sumamente difícil”.

Quitar la escalera

El ministro de salud de Alemania señaló en un comunicado: “El Estado suministra la vacuna y por lo tanto tiene la obligación especial de tener cuidados”, como detectar los riesgos y responder si se desencadenan algunos trastornos; incluso, reconoció el comunicado, si la decisión sacrificó más vidas de las que salvó.

“Esta idea de principio preventivo tiene una participación importante en la política de la Unión Europea”, señaló Govind Persad, especialista en bioética de la Universidad de Denver. Ese principio propugna detener cualquier política que pueda ocasionar daños no previstos con el fin de analizar esos daños antes de seguir adelante. Sería incorrecto someter a los ciudadanos a un riesgo a ciegas, aunque este sea pequeño, si ellos no lo conocen.

No obstante, Persad mencionó que “en realidad nunca había podido dilucidar cómo se aplicaría ese principio en una pandemia”.

Por un lado, aunque las vacunas sí implicaban un riesgo o desconfianza, seguramente fueron mayores el riesgo y la desconfianza que se incorporaron al dejar de aplicarlas, lo cual permitía que aumentaran los casos. Los contagios no se iban a detener por un proceso burocrático.

Por otro lado, las vacunas son voluntarias.

“No se está sometiendo a la gente a un riesgo sin su consentimiento”, comentó Persad, ni, por lo tanto, violando el principio precautorio. “Estamos permitiendo que, de manera consensuada, las personas se protejan de un gran riesgo al correr uno muy pequeño”.

Imaginemos, dijo, “que alguien está atrapado en una vía del metro y que hay una escalera de servicio que quiere usar para salir”.

La postura de Europa, comentó, fue como quitar la escalera y decirle a la persona atrapada que no podía usarla hasta que no se hubiera probado si era segura para toda la población.

“Es verdad que una gran cantidad de británicos usa este tipo de escaleras y les va bien”, comentó en referencia a la aplicación generalizada de la vacuna de AstraZeneca en el Reino Unido. “Pero no podemos dejar que te lastimes”.

No hacer daño

“En Alemania, hay una gran renuencia a permitir que, en situaciones de intercambio, se haga un daño positivo a la gente”, señaló Persad. El énfasis es muy claro en no hacer daño, incluso si se admite que el daño es mucho mayor como consecuencia de la inacción”.

Esta aversión inusualmente considerable a cualquier cosa que se pueda considerar como la violación de la autonomía o la dignidad individual por parte del gobierno es, como sucede con muchas cosas en Alemania, una reacción contra el pasado nazi de ese país.

Debido al liderazgo de Alemania entre iguales en la Unión Europea y a una mayor cautela de no parecer permisivos en cuanto a la seguridad de la vacuna, otros países de inmediato siguieron su ejemplo, entre los que se incluyen Francia, Italia y España.

No obstante, el razonamiento detrás de la decisión de Europa también refleja algo universal: el juramento hipocrático que establece “ante todo, no hacer daño”.

Bajo ese juramento, podría considerarse inaceptable incluso administrar dosis que tengan la misma posibilidad no probada de afectar a los pacientes que las probabilidades de que te caiga un rayo.

“Pero cuando la alternativa a hacer un pequeño daño es permitir que haya un daño muchísimo mayor, entonces la consigna ‘no hacer daño’ es una mala guía de la política”, afirmó McMahan, el experto en ética de Oxford.

Tranquilizar o sembrar dudas

Faden, la especialista en la bioética de las vacunas, señaló que aunque los legisladores quisieran tomar una decisión basada totalmente en el aspecto médico, también tienen que pensar en proteger la confianza de la población.

De por sí, ya había mucha desconfianza hacia las vacunas en Europa, en especial, en el caso de la vacuna de AstraZeneca, sobre la cual Europa ha centrado sus planes. Según algunas encuestas, el porcentaje de personas dispuestas a vacunarse ha caído muy por debajo del 70 por ciento necesario para alcanzar la inmunidad comunitaria.

“De alguna una manera, ciertos acontecimientos realistas de gran cobertura mediática que son muy atemorizantes controlan la imaginación de la población”, comentó Faden.

También añadió que hacer una pausa puede ser un modo de “garantizarle a la población que las autoridades de salud pública o el gobierno toman con excesiva seriedad cualquier señal que aparezca”.

Tenemos la esperanza de que esto genere confianza en las autoridades sanitarias y demuestre que son cautelosas y tienen en cuenta la seguridad antes de apresurarse a aplicar la vacuna. Incluso si las personas siguen sin confiar en las vacunas como tales, tal vez tener confianza en quienes administran las vacunas podría solucionar esto.

No obstante, en materia de ética, Persad comentó: “Parece preocupante decir que el acceso de alguien a un tratamiento debe depender de cómo podría afectar la tranquilidad o el aspecto psicológico de un tercero”.

También es un riesgo. Las demoras impuestas por los gobiernos europeos tienen el riesgo de profundizar las dudas de la población sobre la vacuna. Y ahora, las autoridades deben demostrar que están tomando en serio estos tres coágulos fatales, lo cual significa que captarán más la atención. c.2021 The New York Times Company

Clientes comprando café para llevar en Múnich, donde sigue prohibido comer dentro de los locales en medio de una nueva oleada de casos de COVID-19, el domingo 14 de marzo de 2021. (Laetitia Vancon/The New York Times)