Me pregunto si tienen un poco de miedo. No digo que estén temblando, que no puedan dormir, pero sí que en una tarde cualquiera, sobre su caballo de cientos de miles de dólares, les pase por la cabeza que dejarán un cabo suelto; o que, en una noche de fogata y alcohol en su rancho de 500 hectáreas, duden en uno de sus testaferros y les llegue un rayo de angustia. Que se arrepientan de ese piso de 700 metros en Madrid que, en realidad, era innecesario porque nunca lo usan, o en haber transferido 60 millones de pesos del presupuesto estatal a una de sus cuentas porque era sencillo, o de cómo crearon 500 empresas fantasmas para desviar 10 mil millones de pesos que no van a poder gastar en esta vida. Quisiera que sintieran algo de pánico. 

Tanto escalaron políticamente, tantos desayunos, comidas, cenas, discursos, reuniones con empresarios, entrevistas en medios de comunicación, para aparecer en una boleta electoral y perder. Volver a intentarlo, comer mierda, traicionar compadres, recorrer el estado y prometer; volver a desayunar, comer, cenar, reunirse con empresarios, más entrevistas en medios, para aparecer otra vez en la boleta y ahora sí… ganar, llegar al poder, ser uno de los 32, y ahí sí seguir con la tradición del robo, al fin estar “en la plenitud del pinche poder”. Pero ¿por qué robar hasta el cansancio? ¿Por qué no detenerse en 100 millones, por qué irse por 33 mil millones? Doy por hecho que no les pasa por la mente NO ROBAR, esa posibilidad no existe.

Tanto escalar para robar, sentirse virreyes, saberse todo poderosos y que nadie les sostenga la mirada, darle todo a los que quieren: familia, amigos, conocidos. Y todo esto gozarlo seis años... después, al exilio.

¿Vale la pena? ¿Es vida ser un perseguido? ¿Si traicionaron a Duarte me traicionarán igual a mí?¿Servirá esa chingadera de la Fiscalía Anticorrupción?¿Qué negociaron con Padrés? Quizá hoy se lo preguntan varios. Tal vez no públicamente, pero sí en sus círculos más cercanos, o en alguna plática de cama. Las respuestas son las que cambian, algunos vivirán con la certeza de estar en la parte más alta de la pirámide —por ahora—. Otros dudarán y eso es un paso ganado en menos de dos años.  

Si a los que hoy gobiernan les pasa por la mente que México podría dejar de ser impune, que pueden ser llevados ante la ley por la corrupción ejercida, me doy por bien servido.

Dejémoslo claro: no es un logro del Gobierno, es un despertar social. Surgió en gran parte en la creación de la ley #3de3, la exigencia de lo mínimo: saber cuánto ganan, con quién tienen negocios y si pagan impuestos. La ola creció y la indignación llegó a niveles insospechados con Veracruz, Javier Duarte es la gota que derramó el vaso. 

Está sucediendo lo impensable: 2016, el año en que los políticos corruptos mexicanos, dudaron.