Se ha dicho, y nos lo hemos creído a fuerza de repetirlo muchas veces, que los mexicanos somos solidarios. A lo mejor, si se trata de dar lo que nos sobra o no nos hace falta, probablemente; ah, y si es en tiempos de desastres pudiera ser que también. Pero todo lo que hemos vivido, por estos días aciagos de pandemia, nos muestra la naturaleza del ser humano, como lo describía Thomas Hobbes en el “Leviatán”, “ambicioso por naturaleza”, con todo lo que esto implica.

Lo digo por toda la dinámica que ha desencadenado el tema de la supervivencia. Trabajadores de la salud que se amparan o en su caso ponen tierra de por medio –otros ejemplarmente fieles a su juramento–, algunos que se amotinan poniendo e imponiendo condiciones laborales. Otros, aprovechando coyunturas porque tienen un familiar, un amigo, un vecino o un compadre en el sector salud; tanques de oxígeno que unos y otros se pelean como en películas de ficción, personas que pagan sumas altas por lograr el internamiento en un hospital u otro, sin importar sea público o privado. Lo que se requiere es el servicio, como sea.

El otro y más reciente tema es el de las vacunas. Donde aparece una vez más, malamente aplicado por un servidor, el espíritu malinchista. No me refiero a nos vamos a Estados Unidos a ponernos la vacuna, sino al hacer comparaciones absurdas, porque en algunos lugares ya las están poniendo y este gobierno se ha visto lento. Se nos olvida que aquí la rebatinga, el chantaje, la extorsión, los compadrazgos y el influyentismo han sido la marca de la casa.

Seguro se acuerda de los primeros casos donde la psicología del mexicano, bajo el marco contextual “el que agandalla no batalla” o el “yo no le pido a Dios que me dé, sino que me ponga donde hay”, evidenció la forma de pensar de algunos con respecto al tema de la vacunación: un director de hospital que se aplica la vacuna él con su familia; un odontólogo fortachón que presume aun sabiendo que no es parte del grupo de quienes conforman la primera línea de combate contra la enfermedad, busca aplicársela, se la aplica y luego la presume. O algún político que, aprovechando su posición por acá en el norte de Coahuila, busca aplicársela y lo logra, sin importarle el orden de la distribución. Y hay más casos. ¿Solidarios los mexicanos?

La organización –dependiendo del partido al que pertenezcan o con quienes simpaticen– para la distribución es muy mala o es muy buena. Hay quienes dicen “hay que ver cómo lo hacen en Alemania”. Ojalá que los partidos y sus partidarios tuvieran en cuenta otras variables políticas que se practican en el país germano y, por supuesto, la forma en cómo la sociedad alemana ha enfrentado la pandemia.

Sin embargo, sin ser conformista, esto es lo que hay y tenemos por solidaridad que supeditarnos al momento en que los expertos han determinado cuando nos toque. Es un tema de estructura y organización que en México no se nos da porque acostumbrados a hacer lo que a cada quien nos da la gana hacer, no estamos dispuestos a transigir con la señal que se nos envía al respecto de nuestro turno. O simplemente teniendo en cuenta el concepto de solidaridad decidamos irnos a Estados Unidos donde, sin miramientos, simplemente se aplica la vacuna.

Probablemente unos entendamos por solidaridad una cosa y otros otra. Busquemos conciliar con lo que dicen los que saben y ubicar al respecto. Dice Leonardo Boff que la solidaridad es una realidad fundamental de la existencia humana y dice de ella que es “colaboración con los otros y construcción común de la historia”. Primera aproximación. La filósofa española Victoria Camps al respecto dice que la solidaridad es tener y sentir la convicción de la unidad e interdependencia de todos los seres humanos. El francés Paul Ricoeur dirá que se trata de “integrar, sin confusiones, el espacio de lo público y el espacio de lo privado, estableciendo corredores entre lo uno y lo otro; es decir, de dar prioridad al “otro”, en el cual se descubre el “yo” como un “tú” o, mejor, “como un otro”.

Solidario, significa hacer sólido-fuerte al otro. Responde a la esencia de la Regla de Oro: “lo que no quieras que hagan contigo, no lo hagas con los demás” Dice el empirista David Hume, sobre la solidaridad, que es un principio de empatía, y Immanuel Kant lo zanja diciendo “obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre con un fin, al mismo tiempo, y nunca como un medio”.

Por tanto, si la empatía es la base de la solidaridad, su cúspide es el compartir. Nada tiene que ver con la exclusión, la selección, el oportunismo y el abuso. El principio es “los bienes son de todos y son para todos”. Porque la empatía, dice Marciano Vidal, “reconoce al “otro” no como un “rival” o como un “instrumento”, sino como a un “igual” en el banquete desigual de la vida”. ¿Cómo la ves? ¿Empata con la forma de concebir la solidaridad por estos tiempos? Así las cosas.