Otra de las reflexiones desarrolladas durante el Primer Coloquio de Periodismo Cultural 2.0 al que acudí en la ciudad de Chihuahua la semana pasada, en el que participamos periodistas de toda la región noreste de México, giró en torno a las prácticas consumistas de medios y audiencias en la actualidad, síntomas de un sistema del cual es muy difícil salir y en el que a diario tenemos que sobrevivir.

Muchos hemos notado la tendencia de los usuarios de redes sociales a compartir contenidos, llámese notas, artículos o cualquier tipo de información periodística, motivados por los datos que sus encabezados proporcionan.

Las estadísticas, por ejemplo, de la página de Facebook Artes Vanguardia, donde se da difusión a los contenidos de esta sección cultural del periódico VANGUARDIA, muestran cómo siempre son más las cantidades de veces que una publicación se comparte o se le da like que las que se hace clic en ella; esto quiere decir que son más los consumidores atentos sólo a al primera impresión que aquellos dispuestos a adentrarse en toda la información proporcionada.

Por poner un ejemplo, una de las notas más compartidas de esta semana, la que anunció el lamentable fallecimiento del maestro Salvador Aldape, se compartió más de 2 mil veces y sólo hicieron clic en ella en 800 ocasiones. Menos del 50 por ciento de los usuarios quiso conocer más datos que lo que el encabezado ya ofrecía.

Esta tendencia, en consecuencia, ha provocado que las compañías de medios, en este caso los periódicos, pero con medidas similares en la televisión, radio y medios digitales en línea, se acoplen a tales formas de consumo, dando prioridad a la creación de contenidos enfocados en la primera impresión, su carácter visual y un interés por la rapidez que ya en bastantes ocasiones ha provocado fake news inconscientes o esparcido información falsa o sesgada, lo cual a su vez perpetúa esta actitud en el público.

Nada es gratis en esta vida y es parte de los objetivos de dichas empresas ser redituables pero, como suele suceder, en aras de obtener ingresos mayores se pone en riesgo hasta la ética misma de la profesión.

En contraste, durante la pasada Feria Internacional del Libro Coahuila, la gran mayoría de los autores que tuve la oportunidad de entrevistar hablaron del lector como una persona inteligente que sabe cuando se le está engañando o cuando están ante un producto tendencioso.

Es una visión un tanto idealista, sin duda; bastantes ejemplos vemos a diario de personas compartiendo contenido claramente falso pero que como reafirma sus propias creencias les permite obviar esta situación. Sin embargo, como todo ideal, cuenta con ciertas bases sobre las cuales se pueden plantear propuestas para eliminar estas prácticas y propiciar en su lugar un consumo crítico, curioso —en el sentido de querer indagar más— y conocedor, que no se deje engañar con facilidad por medios ni alguna otra figura de autoridad.

Una de ellas es el compromiso que realizamos los participantes del Coloquio de tratar con respeto la inteligencia de nuestros lectores/televidentes/radioescuchas, público al fin, sin afanes indulgentes en nuestro trabajo diario y con la intención de aportar al mismo un poco más de lo requerido, cuidando los contenidos y la cobertura, meditando sobre las consecuencias de tal o cual enfoque, dejando de lado ya que en México se labora para “los jodidos”, como se referiría Azcárraga hace tiempo a sus productos televisivos.

Esta propuesta es, no obstante, un esfuerzo nimio, aunque válido, que palidece cuando se considera que la causa es un fenómeno más grande en el que todos estamos involucrados, empresas productoras, los protagonistas de la información y las audiencias.

Reitero por ello mi llamado a que el cambio suceda desde el consumidor mismo, uno dispuesto a dejar de lado sus propias creencias para ver el panorama con objetividad y pueda así discernir entre los contenidos que le llegan. Cuando esto así suceda las empresas de medios se verán nuevamente en la necesidad de adaptarse.

Ya ha pasado y se puede repetir.