Desde hace un año apareció un minúsculo enemigo de la vida humana. Un virus desconocido pero con un potencial de mortalidad universal. Nadie imaginaba su capacidad de multiplicarse e invadir todos los continentes. Comparado con él todos los demás saqueadores de la vida humana: el hambre, el desempleo, las enfermedades, la explotación inhumana, el deterioro criminal ecológico, las guerras y guerrillas entre países y regiones, pasaron a segundo término, como si fueran enanos juguetones. En muy poco tiempo la humanidad lo reconoció como el enemigo número uno y se inició la guerra en la que vivimos.

En esta guerra tan diferente a las tradicionales que padece la humanidad desde hace milenios, el tirano “coronavirus” tiene la ventaja de saber cómo matar y nosotros no sabemos cómo destruirlo a pesar de los siglos de conocimientos científicos que acumulamos. No tenemos armas ni certeza científica todavía para combatirlo. Solamente hemos empezado a construir murallas para defendernos. Murallas que nos obligan a vivir sitiados con “cubrebocas” y confinados en nuestras casas.

El confinamiento que ha decretado el dictador “coronavirus” no sólo ha sido inapelable sino determinante definitivo en nuestra forma de vivir, de pensar, de caminar cada día. Es una condición esencial para sobrevivir y vivir.

Es soportable algunas semanas, pero poco a poco se va  volviendo tan insoportable como puede ser una cama para un enfermo. El confinamiento lleva consigo oportunidades y frustraciones. Disminuye las dificultades que implican los traslados de un lugar a otro, llámese escuela, trabajo, diversión, encuentros sociales, pero aumenta las frustraciones del aislamiento social, de la necesidad de compartir, participar, pertenecer a la comunidad de amigos, familiares y colaboradores.

Es una guerra mundial que se convierte en una guerra personal, interior contra un enemigo invisible, una sombra y a veces una pesadilla cuya amenaza aparece en las noticias, los reportajes, en los medios y en el tema de las conversaciones.

¿Cómo combatirlo? Además de las múltiples recomendaciones que se van transmitiendo, es necesario combatirlo desde nuestro interior, es decir cultivando nuestra higiene mental y espiritual. Nuestra razón debe prevalecer sobre nuestros miedos infundados, sobre nuestra audacia imprudente y sobre nuestra necesidad de afecto y expresión física.

Es necesario no convertir la realidad de los peligros y sus frustraciones en pensamientos fatalistas y en diálogos pesimistas que solamente cultivan la irritabilidad, la inestabilidad emocional y un humor que nubla la visibilidad de lo amable.

En su lugar hay que descubrir las opciones de vivir lo que podemos disfrutar, de admirar lo cotidiano, de confiar en nuestra sabiduría acumulada y de mantener la esperanza que construye todos los días el milagro de crecer silenciosamente a cada ser humano.