Este doctor Cadena era de por acá, de tierras  de Coahuila. No sé cómo fue a dar a Sonora. Yo, que soy de Saltillo, no sé cómo vine a dar a Saltillo. La vida tiene sorpresas aun antes de empezar. También la muerte –como la de Juan Gabriel- tiene sorpresas. Habrá que esperarlas.

Sonora está muy lejos. No tan lejos como Egipto, claro, pero tampoco tan cerca como, digamos, el rancho de Las Varas. Eso de las distancias es muy relativo. Vistas bien las cosas, en este mundo todo está tras lomita. Quién sabe en el otro. Ya veremos.

Solía decir la tía Lola:

-Armandito: con el avión ya no hay distancias.

Igual decía mi tío Lelo hace muchos años:

-Armandito: con el autobús ya no hay distancias.

Y es que él venía a Saltillo en carreta de bueyes, por el camino del Cuatro, y tardaba dos días en llegar desde Los Lirios hasta acá.

Eso nos enseña que todo es relativo. Menos lo relativo, que es absoluto.

El doctor Cadena se avecindó en Hermosillo, y ahí se hizo de fama. Mereció la frase consagrada con la cual los médicos eran consagrados:

-Es una eminencia.

El doctor Cadena era en verdad una eminencia. Siempre daba a sus pacientes, a más de la adecuada medicina, y sin cargo extra, alguna sabia admonición.

En cierta ocasión acudió a su consultorio un muchachillo adolescente que andaba caminando con las patas abiertas. Quiero decir que había adquirido una enfermedad venérea.

Sucede que fue a la zona roja, y tuvo ahí trato con una mujer poco salubre que le contagió su mal. Eso pasaba con frecuencia; era casi como un bautizo de la juventud. Pido disculpas por el uso de la palabra “bautizo”. A lo mejor le estoy faltando al respeto al sacramento. Pero me dejé llevar por la costumbre: no sé por qué los trances eróticos eran nombrados siempre con términos sacados de la religión. Cuando un compañero tenía su primera experiencia sexual, generalmente en un burdel, decíamos para significar la hazaña:

-Ya hizo la primera comunión.

Pero retomemos el hilo del relato. El pobre muchacho de mi historia traía una purgación. Que no nos mortifique ese nombre tan feo. En aquel tiempo las enfermedades venéreas, fuere cual fuese su nombre, no mataban, como antes y como ahora. La sífilis ayer, el sida hoy. Mortales en muchos casos los dos males. Yo pertenezco a una feliz generación: cuando la sífilis nosotros todavía no, y cuando el sida nosotros ya no. Pudimos, pues, darle vuelo a la hilacha sin temor a las consecuencias. Las peores se curaban con unos cuantos millones de unidades de la penicilina descubierta por el doctor Fleming. Los hombres de mi camada debemos añadir esa bienaventuranza a la canción que dice: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto...”.

Se presentó, pues, lleno de vergüenza el muchachillo con el doctor Cadena, pues era el médico de su familia, y le dijo que le dolía “la pipí”.

-Ya estás en edad de decir “picha”, muchacho –le dijo el médico. Luego examinó la mencionada parte y le preguntó a su apenado visitante si sabía por qué le pasaba eso. El mozalbete se puso muy colorado y respondió que no. Explicó el facultativo:

-A veces esto sucede por tomar el chocolate demasiado caliente.

-¡Es cierto, doctor! -exclamó el adolescente feliz porque el doctor no había adivinado la verdadera causa de su mal-. ¡Ahora recuerdo que hace días me tomé una taza de chocolate casi hirviendo!

-Ahí estuvo el mal -dictaminó el doctor-. Voy a ponerte una inyección. Con eso te vas a aliviar. Pero la próxima vez que tomes chocolate tómatelo con condón.