En mi opinión lo mejor que tuvo María Félix fue Agustín Lara.

Eso es exageración, desde luego, pero los artículos periodísticos, igual que los amores, deben empezar siempre con una exageración. Lo que quiero decir con esa frase y con el título que preside estos renglones, es que la Doña nunca me ha sido simpática. Voy a decir porqué.

Varias veces he estado en Álamos, Sonora, esa especie de Guanajuato del Noroeste. En tan bello lugar nació María Félix. La primera vez que fui a Álamos pensé que iba a encontrar ahí un culto a María Félix. Y sí, hay un culto en Álamos. Pero no es a María Félix. Es al doctor Alfonso Ortiz Tirado, gran cantante, también nacido ahí.

La gente mayor oriunda de Álamos dice pestes de María Félix. Jamás, afirman, se acordó de su solar nativo. El doctor Ortiz Tirado, en cambio, derramó toda suerte de beneficios sobre la población, y sus paisanos le correspondieron con un museo lleno de recuerdos de aquel hombre bueno que fue extraordinario tenor a la vez que notable médico y generoso filántropo. Ya se ve que un par de cejas enarcadas -y cualquier otro par de cualesquiera otras cosas- no bastan para llegar al corazón de la gente.

María Félix caló en el subdesarrollo de los mexicanos porque ella pudo escapar a ese subdesarrollo. Para eso se casó con un francés que le enseñó los rudimentos del arte mundanal. Eso, su incuestionable belleza y el culto -también un poco subdesarrollado- de sus adoradores hicieron de María Félix la estatua de sí misma. Al final de su vida era el remedo de lo que antes fue, pero ella seguía siendo su propia estatua.

En cierta ocasión la vi en París. Una desaprensiva turista mexicana se le acercó y tendió tímidamente la mano para llamar su atención tocándola en el hombro. Ella advirtió el movimiento y se volvió con furia:

-¡No me toque!

Tenía razón. Nadie debe tocar las estatuas. Y nadie tampoco debe tocar las ruinas.

Mujer-hombre, virago, diablesa de voz ronca, giganta en el país de los enanos, María Félix fue pava real en el plebeyo gallinero de un país que ya no quería parecerse a sí mismo, infiel a su espejo diario. Yo no le veo categoría de ídolo. Ídolos son Jorge Negrete y Pedro Infante. Cantinflas... El propio Lara... Pero no esta mujer que nunca se cuidó más que de sí misma, estrella vacía -a ella se refiere la expresión acuñada por Luis Spota-, vanidad de vanidades.

Queda el recuerdo de sus palabras ríspidas, de su estudiada actitud de diosa que de vez en cuando condescendía a hablar a los mortales. Dueña de bello rostro y cuerpo apetecible, María Félix no tuvo un alma que diera contenido humano a esa materia.

Descanse en pose.