¿Cuántas veces nos hemos tenido que “machetear” datos de alguna materia  o hacer “machetes” (como llaman en Argentina o Colombia a los acordeones) para poder pasar un examen?. Digo pasar porque finalmente ese es nuestro objetivo principal, considerando que es lo único que se requiere para graduarse, obtener un título,  conseguir empleo y ser una persona de “éxito”. Cuando las escuelas comenzaron a evaluar a sus alumnos con calificaciones numéricas precisas, la vida de millones de estudiantes y profesores cambió por completo. 

Las calificaciones son un invento más o menos nuevo; por ejemplo, un estudiante en la época de Shakespeare salía de Oxford con sólo uno de dos resultados posibles: con su título o sin él. Nadie pensaba entonces en dar valores numéricos bajo el supuesto de que el aprendizaje, el razonamiento, la inteligencia y la creatividad podían valorarse de esa forma.

Fueron los sistemas de educación masiva de la época industrial los que empezaron a emplear notas precisas con regularidad. Luego de que las fábricas y el gobierno se acostumbraran a este lenguaje de números, las escuelas hicieron lo propio. Comenzaron a evaluar el mérito de los estudiantes según su calificación, mientras que el mérito de los profesores y del rector se juzgaban por el valor promedio total de la escuela.

Inicialmente, las escuelas debían centrarse en educar y motivar al aprendizaje, y las calificaciones eran un medio para medir ese avance; pero de pronto empezaron a centrarse en conseguir calificaciones altas. Como todo niño, profesor y director saben, obtener esas notas en un examen no refleja una verdadera comprensión de matemáticas, biología, literatura o física. Si por ejemplo hoy nos preguntaran cual de las dos elegiríamos, la mayoría de las escuelas elegiría las calificaciones.

Hoy en día existen investigaciones serias que han más que verificado que el alto rendimiento académico basado puramente en calificaciones, no garantiza el éxito en la vida de las personas. Baste hacer memoria de cuántas veces nos hemos preguntado que cómo fue posible que nuestro amigo más burro del salón hubiera alcanzado más éxito que el compañero más nerd. Algunos teóricos como Goleman hacen referencia a que la inteligencia emocional tiene mayor peso en el triunfo profesional que las calificaciones alcanzadas por los estudiantes en las asignaturas o materias. Pero la escuela ha denostado esta capacidad o no sabe cómo potenciarla, lo cual deja a los simples valores numéricos como el único indicador de “inteligencia”.

 Aunque las calificaciones perviertan la motivación genuina por el aprendizaje y engañen a la gente acerca de la verdadera naturaleza de la realidad, estas conservan autoridad y aceptación, pues su ficción nos permite cooperar mejor. Lo mismo ocurre con el dinero o textos bíblicos que fueron un invento del hombre para vivir mejor como sociedad.

El problema surge cuando esta ficción determina los objetivos de nuestra cooperación. Solemos juzgarnos a nosotros mismos con varas de medir de nuestra propia invención y determinamos el éxito según el punto de vista de la entidad imaginaria.

La ficción no es mala, es vital. Sin esta ficción, aceptada de manera generalizada por todos sobre cosas como el dinero, las empresas, textos bíblicos, calificaciones, los Estados, ninguna sociedad humana compleja podría funcionar. Lo importante es no olvidar que se trata sólo de herramientas, y que no deben convertirse en nuestro objetivo ni mucho menos en nuestra vara de medir, porque cuando olvidemos de que son pura ficción habremos perdido contacto con la realidad.