Cada año la Feria Internacional del Libro de Coahuila —o de Arteaga o de Saltillo, dependiendo de la sede, la época y el discurso gubernamental— se desarrolla no sólo como un tianguis con aire acondicionado para la venta de libros de decenas editoriales locales, nacionales e internacionales, sino que también ofrece una serie de presentaciones de libros, charlas y conferencias con destacados autores para enriquecer la experiencia.

Sin embargo, la mayoría de los asistentes ignora estas actividades y de las decenas de miles que al final de la temporada contabiliza y presenta la Secretaría de Cultura yo alcanzaría a deducir que estos dichos eventos no aportan ni el 25 por ciento del total —los organizadores revelaron que esperan para esta edición, a terminar el domingo 19 de mayo, alrededor 200 mil visitantes—.

No voy a meterme en un análisis sobre generación de públicos o si realmente es menester que la cultura —refiriéndome a la oferta específica de la FILC— sea de consumo masivo, pero sí quiero compartir una observación sobre la manera en que este año, bajo el tema de “Migración e Identidad” los organizadores lograron mantener una discusión coherente en torno a estos temas y cómo podría resultar atractivo para otras personas en ediciones futuras —suponiendo que la SC continúe con esta línea de acción—.

Tan sólo con las entrevistas previas que realicé para la cobertura del primer fin de semana pude identificar la recurrencia con que el tema del arte como propaganda aparecía entre los escritores y artistas invitados.

Con Japón como invitado, además de decenas de artistas de todo el mundo y con tal discurso de por medio establecí paralelos entre su obra y la necesidad —y obligación— por ser voceros de las injusticias en el mundo. Esta responsabilidad, transmitida a través del arte, generó en más de una ocasión tal discusión.

En la columna de la semana pasada mencioné cómo tanto María Fernanda Ampuero y Ray Lóriga aseguraron que en su obra lo primordial era la creación artística y que a través de una producción bien hecha el mensaje de denuncia llegaba. Si en cambio el interés político llega primero todo se convierte en un panfleto estéril.

De modo similar Carlos Diaz Reyes reconoció que su libro “Hombres al Borde de un Ataque de Celos”, en medio de los movimientos Me Too lanza una discusión que en un principio no pretendía, pero a la cual le da la bienvenida.

A lo largo de la semana Koulsy Lamko, Xhevdet Bajraj y Mohsen Emadi también declararon algo similar, asegurando que su trabajo, si bien es político y no se distancia de ello, no busca ser primordialmente un eslogan.

De manera paralela, y de nuevo producto de esta diversidad de autores, se abordó la cuestión de la traducción y la utilización de varios idiomas, en especial para la producción poética. Algunos como Robin Myers declararon su preferencia por la creación en su lengua natal, dejando el trabajo de traducción a otros autores —enriqueciendo la experiencia y la obra en el proceso— mientras que Emadi y Joumana Haddad recalcaron su gusto por experimentar con otros idiomas.

La FILC no es perfecta. El sistema de transporte gratuito continúa con fallas —se reportó que los autobuses llegaron tarde o no pasaron—, Benito Taibo canceló y otros autores tuvieron problemas con su traslado —aunque son fallas ajenas a los organizadores— pero la experiencia global que ofrece, los aprendizajes y reflexiones que se obtienen al acudir a otros eventos más allá de ir a buscar libros nuevos, vale la pena ser considerada por un número mayor de asistentes.

En definitiva, yo tengo la ventaja de que la cobertura me hace estar a diario en Ciudad Universitaria y para otra persona no podría resultar tan fácil acudir constantemente a los eventos. Algunas personas sólo van un día de paseo y ya, pero espero que la FILC continúe con esta sinergia en su discurso y que muchos más lo puedan disfrutar.