Una característica transversal de la clase política mexicana –al margen de las siglas bajo las cuales se encuentre la persona concreta– es la deshonestidad intelectual. Escoja usted el partido, cualquiera, y verá exactamente la misma conducta en todos lados. Si acaso, con ligeras variantes.

Allí donde gobierna el partido “A”, los partidos “B”, “C”, “D” y el resto le acusan de ejercicio autoritario del poder, de colonizar las instituciones, de utilizar los programas sociales con fines electorales, de asignar contratos al margen de la ley y de fomentar, permitir y tolerar la corrupción.

Allí donde gobierna el partido “B”, los partidos “A”, “C”, “D” y los demás, le acusan… ¡exactamente de lo mismo! Igual ocurre, desde luego, donde gobierna “C” y “D” y cualquier otro.

Y eso ocurre porque, como lo hemos señalado en innumerables ocasiones en este espacio, los políticos mexicanos son, salvo muy –pero muy– contadas excepciones, exactamente la misma cosa. Es irrelevante si analizamos a un individuo del PRI, del PAN, del PRD, del Verde o de Morena… las diferencias son esencialmente inexistentes.

En otras palabras, los políticos mexicanos, cuando les toca hacer el papel de oposición, denuncian airadamente y exigen castigos ejemplares para todas aquellas conductas a las cuales se entregan alegremente en cuanto tienen la oportunidad de ejercer el poder.

Puntualizar lo anterior es importante para adelantarnos a la siempre intestinal réplica de la chairiza: en este espacio no se critica al régimen de López Obrador porque se le considere peor al de sus antecesores o se hubiera preferido ver a otro individuo sentado en la Silla del Águila durante este sexenio, sino porque es el gobierno de turno. Punto.

La prolija introducción pretende, además, llamar la atención sobre un dato puntual: a nadie debe sorprenderle atestiguar la forma en la cual, luego de pasarse una vida denunciando el “fraude electoral”, los emisarios de la transformación de cuarta (T4) comienzan a imponer su voluntad utilizando exactamente los mismos métodos condenados en sus opositores.

Eso justamente atestiguamos el jueves anterior al consumarse, en el Senado de la República, la ilegal designación de Rosario Piedra Ibarra como nueva titular de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

Si los mismos hechos hubieran ocurrido en cualquier otro sexenio, los legisladores, dirigentes y simpatizantes de Morena –encabezados, desde luego, por el iluminado de Macuspana– estarían gritando “¡fraude, fraude!” y exigiendo la recreación “voto por voto” del proceso de elección de la nueva titular de la CNDH.

Pero no sólo eso: estarían repitiendo de forma incansable el texto del artículo 10 Ter de la Ley de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, en el cual se describe el procedimiento a seguir para designar al titular de la dependencia.

El segundo párrafo de dicho artículo señala el camino a seguir cuando, una vez sometida a votación la terna de aspirantes al cargo, ninguno de sus integrantes obtenga al menos las dos terceras partes de los votos emitidos: “si no se reuniera la votación requerida para designar al Presidente, la comisión o comisiones correspondientes deberán presentar una nueva terna, tantas veces como sea necesario para alcanzar la votación requerida”.

La semana anterior se llevó a cabo la primera votación –y una segunda– en la cual ninguno de los integrantes de la terna obtuvo los votos necesarios para ser designado. La Ley es clara: a partir de la segunda votación era necesario presentar “una nueva terna”, lo cual no se hizo.

¿Cuál fue la razón para incumplir el mandato legal? La respuesta es simple: mister “yo tengo otros datos” había dado una orden desde el púlpito presidencial el martes anterior. “Yo prefiero más la gente que ha padecido, que ha sufrido en carne propia de violaciones de derechos humanos, entregarles a ellos la encomienda…”, dijo cuando se le preguntó si veía “con buenos ojos” a Rosario Piedra Ibarra como futura responsable de la Comisión.

Entonces, como debía complacerse al señor Presidente, pues los representantes de “la esperanza de México” en el Senado de la República hicieron lo necesario: pisotear la ley e incluso armar una elección fraudulenta para alcanzar los votos requeridos.

De acuerdo con todos los recuentos realizados desde la noche del jueves (usted puede hacer el suyo propio si gusta, pues el video de la votación se encuentra disponible en YouTube), se emitieron 116 votos en el proceso, pero a la hora de dar los resultados… ¡sólo aparecieron 114!

A la vista de todo mundo, mientras se transmitía en vivo la sesión, sin mamparas ni biombos de por medio… ¡como en los mejores tiempo del PRI!, se “robaron” dos votos para lograr su cometido.

Todo para complacer al líder supremo, aunque con ello se ofrezca evidencia irrebatible de cómo no existe diferencia entre los opositores y quienes dicen estar adecentando la vida pública del País.

Lo dicho pues: esta no es sino una transformación de cuarta.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

carredondo@vanguardia.com.mx