Se podrían trazar muchas genealogías de la música. Quiero decir que es posible ver en cada obra a un sujeto que, al relacionarlo con otros, forme parte de un linaje estilístico, conceptual o de influencia musical. Hoy intentaré, en pocos pasos, explorar aquella ruta genealógica que lleva al grado cero de la música, o bien al absoluto musical: el silencio.

En un principio fue la melodía. Estoy hablando del inicio del canon occidental, pues no me refiero al origen mismo de la música en nuestra especie. Pues bien, ese principio melódico aleteaba en las catedrales medievales donde los monjes cantaban al unísono los textos de la misa o de la Liturgia de las Horas. Desde entonces la melodía ejerció un largo reinado, y aunque se hizo de acompañantes como la armonía y el ritmo, estos se sometían a su poder. Pero llegaría el tiempo en el que un discreto miembro de la corte de la música llegaría a poseer gran influencia: el color.

Claude Debussy, siempre incómodo con la etiqueta de “impresionista”, dio al color un marcado protagonismo. No estaba preocupado por conseguir una buena tonada a partir de la cual construir la música. Más bien pensaba en la textura del sonido, en el efecto total de las múltiples pinceladas que tomaba de la paleta orquestal. Y es que el color puede prescindir de una figura definida, propiedad que Debussy exploró al máximo para conseguir atmósferas de sonido. Un buen ejemplo de esta consecución colórica es “La Mer”, obra terminada en 1905. Sin embargo, para Debussy la armonía todavía esta viva, y por lo tanto su música no estaba del todo desvinculada de la melodía. Hacía falta comprimir un poco más el material sonoro para que el color pudiera ser el patriarca absoluto. Tal compresión la llevaría a cabo un extravagante italiano.

Giacinto Scelsi sepultó la armonía, puso fin a la melodía —tan llena de años—, y consiguió que el color brillara con luz propia. ¿Para qué seguir con giros de acordes y sinuosidades melódicas si el color podía existir sin ellos? A partir de un solo tono, Scelsi exploró todas las posibilidades tímbricas, de manera que fue posible la creación de sinfonías que constituyen verdaderos monólogos del color. Aún así, no se había llegado al grado máximo de compresión musical, a la suma de todos los colores, la cual resulta en la pureza del blanco: presencia cromática multitudinaria. Pero John Cage lo conseguiría.

“Tacet” es la palabra latina para referirse a “el que calla” o “el que no dice nada”. Pues bien, cuando un músico sinfónico encuentra esta palabra en su partitura, habrá de permanecer sin tocar su instrumento hasta que el texto musical indique lo contrario. Pero mientras este calla, otros tomarán la palabra. Esto es cierto excepto en la composición “4:33” (1952) de John Cage, donde todo es tacet; todo es callar.

Escrita para piano y dividida en tres movimientos, la obra de Cage supone cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio. Por supuesto, el compositor mismo comprobó en una cámara anecoica que es imposible percibir el silencio absoluto, pero aún así, logró comprimir aún más que Scelsi el color musical, de manera que, en la sala donde se ejecute, estaremos muy cerca de la nada melódica, la nada armónica y el todo colórico. Su interpretación perfecta corresponde al plano ideal, pues aunque el vacío absoluto nos rodeara, percibiríamos el rumor de la vida que se agita dentro de nosotros.

He aquí la genealogía del silencio, trazada por Claude Debussy, Giacinto Scelsi y John Cage.