La Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2019 se celebró el 29 de septiembre pasado. Como suelen ser los mensajes del Papa Francisco, el titulado “No se trata sólo de migrantes” fue contundente.

Francisco nos invita a reflexionar y actuar respecto a la actitud que está tomando la humanidad frente a este fenómeno. Estamos viviendo tiempos en los que no sólo se ignora al descartado de la sociedad, al pobre, al que menos tiene, sino que además se le ataca, criminaliza y responsabiliza de los problemas que nos aquejan. Destaco los párrafos que más me impactaron y los invito a leer y reflexionar al respecto. 

“Las sociedades económicamente más avanzadas desarrollan en su seno la tendencia a un marcado individualismo que, combinado con la mentalidad utilitarista y multiplicado por la red mediática, produce la ‘globalización de la indiferencia’. En este escenario, las personas migrantes, refugiadas, desplazadas y las víctimas de la trata se han convertido en emblema de la exclusión porque, además de soportar dificultades por su misma condición, con frecuencia son objeto de juicios negativos, puesto que se las considera responsables de los males sociales. La actitud hacia ellas constituye una señal de alarma que nos advierte de la decadencia moral a la que nos enfrentamos si seguimos dando espacio a la cultura del descarte. De hecho, por esta senda, cada sujeto que no responde a los cánones del bienestar físico, mental y social, corre el riesgo de ser marginado y excluido”.

A ese respecto, resulta útil el concepto de “Mundialización” que acuñó Carlos Castillo Peraza a finales de los años noventa. Lo que estamos viviendo hoy ya se veía venir desde hace mucho. Como respuesta a ese globo racional sin ética, era necesario dar paso a una mundialización en donde las políticas fueran orientadas hacia el ser humano y su bienestar integral.

“Se pasa del globo al mundo cuando el globo es abordado en tanto que tierra de hombres, habitación de familias y pueblos, lugar en que los seres humanos se organizan para vivir humanamente coordinando razonablemente sus racionalidades, sus libertades y sus dignidades en beneficio del conjunto, con base en una ley justa y en una autoridad legítima. Para que haya globo basta la racionalidad. Para que haya mundo, ésta debe ser acotada por la razonabilidad, es decir, por ese elemento que orienta y activa la formulación de normas y el diseño de instituciones cuyo fin es que los hombres vivamos bien”. (Nexos 1-1-1998)

Dice Francisco: “No se trata sólo de migrantes, también se trata de nuestros miedos. La maldad y la fealdad de nuestro tiempo acrecienta nuestro miedo a los ‘otros’, a los desconocidos, a los marginados, a los forasteros [...]. Y esto se nota particularmente hoy en día, frente a la llegada de migrantes y refugiados que llaman a nuestra puerta en busca de protección, seguridad y un futuro mejor. Es verdad, el temor es legítimo, también porque falta preparación para este encuentro. El problema no es el hecho de tener dudas y sentir miedo. El problema es cuando esas dudas y esos miedos condicionan nuestra forma de pensar y de actuar hasta el punto de convertirnos en seres intolerantes, cerrados y quizás, sin darnos cuenta, incluso racistas. El miedo nos priva así del deseo y de la capacidad de encuentro con el otro, con aquel que es diferente…”.

Nótese que el Papa reconoce que el temor es legítimo y lo es por falta de preparación. Es el temor a lo desconocido. Siempre he sostenido que la madre de todos los miedos es la ignorancia. El problema no es el miedo, sino nuestra actitud frente al miedo. En este caso, si el miedo nos gobierna, nos lleva por un camino perverso que puede culminar en la intolerancia y el racismo, cuando tales fobias ni siquiera existían en nuestro ADN.

“…Lo que mueve a ese samaritano, un extranjero para los judíos, a detenerse, es la compasión, un sentimiento que no se puede explicar únicamente a nivel racional. La compasión toca la fibra más sensible de nuestra humanidad, provocando un apremiante impulso a ´estar cerca’ de quienes vemos en situación de dificultad. Como Jesús mismo nos enseña, sentir compasión significa reconocer el sufrimiento del otro y pasar inmediatamente a la acción para aliviar, curar y salvar. Sentir compasión significa dar espacio a la ternura que a menudo la sociedad actual nos pide reprimir. Abrirse a los demás no empobrece, sino que más bien enriquece, porque ayuda a ser más humano: a reconocerse parte activa de un todo más grande y a interpretar la vida como un regalo para los otros, a ver como objetivo, no los propios intereses, sino el bien de la humanidad”.

Me recordó a Viktor Frankl, en “Ante el Vació Existencial”, al referirse a la autotrascendencia de la existencia humana: “En el servicio a una causa o en el amor a una persona, se realiza el hombre a sí mismo… Así pues, propiamente hablando, sólo puede realizarse a sí mismo en la medida en que se olvida de sí mismo, en que se pasa por alto a sí mismo”.

“El mundo actual es cada día más elitista y cruel con los excluidos. Los países en vías de desarrollo siguen agotando sus mejores recursos naturales y humanos en beneficio de unos pocos mercados privilegiados. Las guerras afectan sólo a algunas regiones del mundo; sin embargo, la fabricación de armas y su venta se lleva a cabo en otras regiones, que luego no quieren hacerse cargo de los refugiados que dichos conflictos generan. Quienes padecen las consecuencias son siempre los pequeños, los pobres, los más vulnerables, a quienes se les impide sentarse a la mesa y se les deja sólo las ‘migajas’ del banquete. El desarrollo exclusivista hace que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres. El auténtico desarrollo es aquel que pretende incluir a todos los hombres y mujeres del mundo, promoviendo su crecimiento integral, y preocupándose también por las generaciones futuras”.

@chuyramirezr