¿Qué hacemos en lo personal para aminorar el sufrimiento de los que menos tienen?
Somos huéspedes de un país que pide algo sencillo: dejarlo mejor que cuando llegamos. Nuestro compromiso es emprender una personalísima cruzada en contra de la miseria empezando por lo que nos rodea

Julio Boltvinik, profesor-Investigador del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México, sostiene que del 2012 al 2014 el total de población en pobreza pasó de 83.08 a 84.30 por ciento, mientras que la clase media bajó de 8.14 a 6.78 por ciento, según el investigador México ya rompió la marca de 100 millones de personas que viven en la pobreza. 

Por su parte, el Coneval y Unicef afirman que, en 2014, más de la mitad de la población menor de 18 años en México vive algún tipo de situación de pobreza  y la proporción de niños en pobreza moderada y extrema es mayor entre quienes tienen de 2 a 5 años de edad, lo grave es que las carencias vividas en los primeros cinco años de vida dejan huella, muchas veces irreversibles.

El papa Francisco ha dicho: “Los derechos humanos se violan no sólo por el terrorismo, la represión, los asesinatos sino también por la existencia de condiciones de extrema pobreza y estructuras económicas injustas que originan las grandes desigualdades” realidad que, por desgracia, describe al México de hoy.

Ver con el corazón

Para percibir la indigencia, solamente se necesita abrir la mirada en las esquinas de nuestra propia ciudad. Mirar la cotidianeidad,  y ahí fácilmente descubriremos la pobreza que se mimetiza con lo urbano, como es el caso de esa pequeña de escasos cinco años que junto a su madre pide limosna en una esquina del centro de nuestra ciudad, y en cuya mirada ya habita el desaliento, tal vez por ello sus ojos negros y redondos no dejan de mirar, preguntar, implorar. 

La pequeña no sabe de escuela, no sabe de tres comidas al día, no sabe de justicia, no sabe de vida, simplemente el hambre contrae sus mejillas y rellena su pancita de puras ilusiones. Su llanto hincha esa esquina en donde su madre diariamente mendiga manos generosas pero, generalmente, sólo recibe miradas frías. Soberbias. Glaciales.

Pasamos regularmente frente a la realidad de estas personas. Caminamos ante su penuria, indiferentes, ajenos, mudos, cobardemente acostumbrados, como queriendo hacer realidad eso que la madre Teresa decía: "Hoy todos hablamos de los pobres, pero nadie quiere hablar con ellos". Y cierto es, también, que muchos miramos a esas dos mexicanas, pero pocos las ven con los ojos del corazón. 

El  rostro de esas dos mujeres representa sólo una pequeñísima muestra de los millones de semblantes que el "progreso" de México ha empujado hacia la periferia, al olvido, a la muerte lenta, gradual, despiadada.

Hoy todos hablamos de los pobres, pero nadie quiere hablar con ellos
Madre Teresa de Calcuta

No exagero si digo que la expresión de esa madre y su hija son similares a esos que sucumbieron en los campos de concentración nazis.  Efectivamente, esas manos tendidas por la limosna y esa carita abandonada habitan en los campos de concentración de la miseria que los mexicanos nos hemos inventado, esos que hemos construido con las murallas de la exclusión social y cerrado con los candados del abandono y la frialdad de la conciencia.  

Desigualdad 

Lo más grave es descubrir que la realidad de esa equina ha existido desde que México es México y que, al paso del tiempo, se ha ido agravando. Hoy, la clase media se ha pulverizado y cada día menos personas tienen más y la mayoría se tiene que conformar con menos, con migajas. Hoy, millones de mexicanos sufren, pero no saben porqué y menos para qué, en sus vidas no hay sentido. Imposible haberlo. 

Pareciera que la indigencia de muchos es necesaria para que pocos vivan en una opulencia insultante. Pareciera que la miseria se requiere para que algunos pocos puedan permanecer en el poder, e inclusive para poder gobernar. Pareciera que la conciencia que debería estar muy viva entre nosotros para evitar engañarnos, la utilizamos para justificar nuestras propias desventuras. En fin, pareciera que en México hemos sido incapaces de transformar la realidad de esa esquina, tal vez por la indolencia ante la miseria del prójimo.

Destino infame 

Me pregunto si habrá un mejor futuro para México, habiendo hoy millones de madres que se sienten impotentes ante la mirada suplicante de sus hijos. Me cuestiono si existen ganas de aprender, estudiar y crecer en las almas que se encuentran hambrientas de consideración, respeto y amor. Me pregunto si en verdad nuestro sistema económico no padece de sordera y ceguera.
 
¿Habrá libertad si millones viven asfixiados, encarcelados en su indigencia: aislados, alejados de toda posibilidad de auténtico desarrollo personal? ¿Qué alegría podrá haber detrás del sudor para esos millones de mexicanos? ¿Tendrán confianza en el mañana cuando por siempre han vivido en la oscuridad, la injusticia y la mentira? Creo que no.

¿Solidaridad?

También me cuestiono si en verdad en México existe la solidaridad y descubro que solamente la tenemos por breves paréntesis - brevísimos paréntesis - casi siempre  de esos que surgen ante las tragedias naturales. Pero en lo cotidiano hay ausencia de solidaridad, pues su existencia reclama primero justicia. Y en México sencillamente no la tenemos.

Esta es una de las razones por las cuales, en el fondo, los mexicanos vivimos distanciados, desenfrenados, disimulados, con el espíritu dormido…. Infelices. Esta es una de las causas por las cuales la mentira es el eje que mueve la política del país y que sean las apariencias el aderezo que utilizamos para convivir.

¿Qué hacer ante esta espantosa radiografía socioeconómica que sobrepasa nuestras posibilidades individuales? No lo sé, pero sospecho que un buen inicio sería dejar de pensar en las grandes cruzadas en favor de la justicia, la verdad, la democracia y en lugar de esto empezar individualmente a desplegar el alma a favor del más próximo a nosotros. 

Lo factible

Somos huéspedes de un país que pide algo sencillo: dejarlo mejor que cuando llegamos. De ahí que, personalmente, debamos empezar por arar nuestro propio jardín: mejorando las actitudes personales; viendo por el cercano; ayudando al que suplica un pan; armándose de paciencia en la chamba; dejando de desperdiciar; arremangando nuestra soberbia y prejuicios para ponernos en el corazón del pobre; pagando bien al trabajador; haciendo algo, los que podamos, por esa niña que habita en la esquina de la indigencia. 

El compromiso es emprender una personalísima cruzada en contra de la miseria empezando por nuestro propio hogar, colonia, trabajo, escuela y comunidad. En ese medio ambiente inmediato por donde caminamos todos los días. ¡Eso si lo podemos hacer!

Si al ver un rostro pobre, en lugar de pasarnos de largo emprendemos algo para mejorar su calidad de vida aunque sea en un gramo, eso nos quitaría una tonelada de la vergüenza que, sin duda,  llevamos a cuestas por el olvido en que, muchos, tenemos a los desamparados de nuestra comunidad.  

¿Para qué?

También podíamos seguir el consejo de Gandhi: “recuerda la cara del hombre más pobre y más débil que hayas visto y pregúntate si la medida que piensas adoptar va a tener alguna utilidad para él. ¿Le va a servir de algo? ¿Le devolverá el control sobre su vida y su destino? En otras palabras, ¿servirá para que los millones de hambrientos y espiritualmente empobrecidos consigan la confianza en sí mismos? Descubrirás entonces que tus dudas y hasta tu propio yo desaparecen." 

Una vez escuche esta historia: "un hombre, al ver la indigencia de una niña, dirigió su mirada al cielo para preguntarle a Dios: "¿señor, por qué no has hecho nada para evitar esta terrible indigencia?"  Y entonces Dios le contestó: "tú que me cuestionas porqué no he hecho nada para evitar la pobreza de esa niña, pregúntate ¿para qué te he hecho a ti?”  

Ahí está esa irritante miseria, esos rostros, preguntando por nuestra presencia, por nuestra individual aportación, cuestionado: tú ¿qué haces?

En fin, para nuestra vergüenza, ahí están millones de mexicanos esperando sencillamente la justicia social, anhelando poseer los derechos humanos más básicos y elementales.  Esperando que cada uno de nosotros demos respuesta a una gran interrogante: ¿Qué hacemos en lo personal para aminorar el sufrimiento de los que menos tienen? 

cgutierrez@itesm.mx
Programa Emprendedor 
Tec de Monterrey Campus Saltillo