Como cada año, por estas fechas, le doy un repaso a la transmisión clásica de “La Guerra de los Mundos”, producida, dirigida y protagonizada por un veinteañero Orson Welles.

Lo hago sólo por ambientarme, como quien mira el especial de “La Gran Calabaza de Halloween” de Charlie Brown o las pelis de “Viernes 13”.

Y es que para el referido episodio del “Mercury Theatre on Air” –serie radiofónica que dramatizaba clásicos de la literatura– se escogió la novela de ciencia ficción de H.G. Wells sobre una invasión marciana, precisamente para poner a su público en sintonía con la Noche de Brujas.

Aquel domingo 30 de octubre de 1938 la gente se volvió loca porque creyó que un verdadero ataque alienígeno estaba acaeciendo y que básicamente la humanidad estaba condenada.

De este episodio ya he hablado otras veces en este espacio, sin embargo, como comunicador no deja de fascinarme el efecto que tuvo entonces una producción tan cándida.

En efecto, la gran licencia que Welles se tomó en su adaptación fue el representar aquel drama como si se tratase de una auténtica transmisión noticiosa: Había segmentos de apacible música de salón cortados abruptamente por el consabido “interrumpimos este programa…”.

Luego, un actor en su papel de reportero, pormenorizaba la inusual actividad en el planeta rojo, los avistamientos; describía los artefactos interplanetarios, el descenso de sus imposibles tripulantes, el ataque y, finalmente, el silencio…

Aquella transmisión era para la CBS y todas sus afiliadas, por lo que ya sabrá que los brotes de pánico se suscitaron a lo largo y ancho de la vasta Unión Americana.

¡La gente creía, literalmente y a pie juntillas, que los marcianos estaban destruyendo el mundo!

Y una vez que la gente se convence de algo, ya no necesita evidencia de absolutamente nada. Hubo quienes vieron los misteriosos y luminiscentes objetos voladores surcando el cielo nocturno, también quienes escucharon las explosiones de ataque y quienes vieron a lo lejos columnas de humo y el resplandor de los incendios que originaba aquel letal rayo marciano, frente al cual el ejército no tenía ninguna oportunidad.

Está a discusión si Welles quiso deliberadamente o no provocar esta reacción en sus radioescuchas. En realidad hubo advertencias al inicio, en cada corte y al final de su emisión de que todo aquello era un drama, mero entretenimiento. Pero vaya usted a saber si aquel enfant terrible tenía ganas de divertirse a costa de la histeria colectiva.

Peor intención o no intención, lo que determinó que la gente cayera redonda era el clima político internacional, las tensiones previas a la Guerra Mundial. Es decir, la gente ya estaba preparada, dispuesta y lista para creer lo que fuese que alimentara su psicosis.

Desde entonces, los medios se han transformado radicalmente. Desgraciadamente las masas no mucho. Aún somos proclives a creer cualquier pendejada por absurda que sea, siempre y cuando apuntale nuestras convicciones, tengan éstas fundamento o sean meros delirios y disparates.

Hoy en día ni siquiera requerimos de un Orson Welles, visionario, travieso o decididamente malicioso. Nosotros mismos tomamos un rumor, lo procuramos y alimentamos y lo soltamos de nuevo al mundo para que crezca y se reproduzca, sin importar cuán pernicioso resulte, con tal de que sea congruente con nuestra concepción del mundo.

En días recientes se pusieron de moda unos videos realizados con una aplicación recién perfeccionada: Deepfake, permite reemplazar en un video la cara de una persona por otra.

Pero no se crea que el resultado es burdo o cómico. La inteligencia artificial de esta tecnología arroja un resultado escalofriantemente realista.

Quizás ya haya visto alguno de estos videos en que la actuación memorable de un actor se reemplaza con otro (Al Pacino por Robert De Niro en “Taxi Driver” o Jim Carrey por Jack Nicholson en “The Shining”). Es sencillamente asombroso y como entretenimiento abre infinitas posibilidades.

No obstante, el programa o aplicación ya se utilizó para reeditar material pornográfico con rostros de gente famosa, lo que quizás le cause gracia si no es consciente del daño que se puede provocar con esta tecnología.

Por supuesto, era sólo cuestión de tiempo para que se le diera un malicioso uso político. Ya algunos como Trump, Putin o Hilary Clinton han sido víctimas de estas sofisticadas bromas, lo mismo que Mark Zuckerberg.

Y será nuevamente sólo cuestión de tiempo para que veamos al Presidente decir alguna atrocidad, o a cualquier líder –político o de opinión– y celebridad declarando cualquier aberración y será material tan convincente que no será sometido al menor escrutinio. Se asumirá auténtico en automático y se volverá viral, llevándose de encuentro la credibilidad, reputación o dignidad de quien sea.

En un video, el expresidente Obama nos dice: “Nos estamos adentrando en una era en la que nuestros enemigos pueden simular que cualquier persona diga cualquier cosa en cualquier momento…”. Pero no es Obama, sino una hiperrealista marioneta digital manipulada por el realizador Jordan Peele, precisamente para advertirnos que: “…la forma en que surquemos la era de la informática marcará la diferencia entre si sobrevivimos o derivamos en una especie de distopía jodida”.

Esos son los cuentos de terror de la posmodernidad, las pesadillas de la era digital, más emparentadas con “Black Mirror” que con el inocente “Mercury Theatre on Air” de Orson Welles. Evitarlas depende de nosotros, de tener la madurez de someter a prueba toda la información que nos llegue, por más que queramos creer en ella y ahora más que nunca.

De otra forma sólo seremos una manipulable masa histérica corriendo despavorida de los marcianos.

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