La patria está en guerra. No es sólo un enfrentamiento por las ideas, sí de los intereses, de los caprichos y las ansias.

El encuentro hoy es en las calles, en tiempos anunciados de cambios, los actuales en los que las promesas no están alcanzando a los hechos, el estilo de modificar comportamientos, actitudes y maneras se presenta con una lentitud casi desapercibida y mucho menos efectiva en su método.

En el 2000, la Sociedad Mexicana había revocado y reprobado un sistema de administración que entregaba a la delincuencia la organización de la justicia, de la persecución de los delitos y la prevención de los mismos, en la complicidad que otorga el dinero y esa relación que guarda con la ambición, la necesidad y la fama del funcionario encargado.

Con la aparición del sistema de administración de justicia y la prevención del delito, en los modernos tiempos, nació un sistema paralelo de corromperlo, como en el aforismo chino del Ying y el Yang, el contravalor de la ambición fue ganándole terreno al honesto y probó comportamiento que los encargados de la seguridad pública y también nacional estaban obligados, moral y legalmente, a ejercer.

Surgieron grupos de hampones, ligados a ellos los narcos, después los falsificadores, secuestradores y subespecies de malandrines de los que deberían estar pobladas las cárceles, resultando que aquellos que no tienen el suficiente dinero para “arreglarse” son los verdaderos habitantes de los centros penitenciarios.

El contubernio fue creciendo de manera tal que los acuerdos entre hampones y autoridades establecieron áreas de influencia, instrumentos de delitos, tipo de éstos, y cuotas.

Ante la nula respuesta de la autoridad para que el imperio de la ley y el orden rijan la conducta social y ciudadana, se está gestando una actividad de vendetta personal, de la que emergen muestras de descontento y también de descontrol.

La sociedad late entre injusticias, pobrezas, tristezas, enojos y no tiene la oportunidad de ser oída, entonces ha iniciado la guerra secreta, la guerra personal declarada a los vecinos, a sus conciudadanos, a la autoridad.

El pie de guerra está presente en las calles, en las casas, en las oficinas. Sus elementos se perciben no únicamente en malas intenciones para con el enemigo que –a estas alturas es cualquiera que se ponga enfrente– aparece entre las filas del supermercado, en las ventanillas oficiales, en los claxonazos durante el tráfico vehicular, en los espectáculos y deportes, lugares en los que de repente el insulto, la seña, el aventón y a veces las riñas recuerdan que la única manera de desquite en este sistema es agrediendo a los conciudadanos.

La falta de respuesta en tiempo, calidad y merecimiento sobre los grandes temas, que ya son grandes pendientes por parte de quienes tienen la obligación de resolver las cosas, ha generado que el hombre común piense en tomar lo que le pertenece o resarcir su daño, sin avisar o solicitar el auxilio de la autoridad.

Nuestro carácter está siendo vencido por el colérico temperamento que nos conduce a la búsqueda de una respuesta ante la serie de inequidades que se traducen en los medios, pero que no son más que acontecimientos de la sociedad en la que estamos inmersos.

La gente está tomando la justicia por su propia mano y no se detiene porque para el político es más importante el continuar en el régimen que sacar a los uniformados a implantar el orden.

Así entonces cualquier hijo de vecino es guerrero y se anima a tomar oficinas, carreteras, plazas, palacios y en el inter agrede no sólo a sus enemigos que están enfrente, sino al usuario común que como respuesta también busca la agresión en la cadena del “me haces-te hago”.

La delgada línea que reservaba a la autoridad la impartición de justicia ya fue rota, y de no ponerle alto con soluciones, actos y realidades, el enfrentamiento social no tardará en surgir. A decir de los versos de Giego, la guerra no nos será indiferente aunque sea ésta un monstruo grande y pise fuerte.