Nada hemos aprendido. Cuando los oprimidos como los hondureños que piden dinero para sobrevivir un día más en los bulevares de Saltillo, se expresan, es fácil caer en la tentación de sentir desprecio o temor.

Las inauditas imágenes provenientes de la frontera mexicana, pero no con el Río Bravo, ni con el desierto de Chihuahua, sino en los límites que el territorio de México tiene al sur con Guatemala, ha dejado más que pasmados a quienes las han visto.

Una turba; calculada hasta ahora en 4 mil personas desesperadas, confusas y desordenadas; está decidida a alcanzar el sueño americano que Donald Trump convirtió hace mucho en pesadilla y su primer obstáculo es la entrada a México.

Sí, nuestra nación, expulsora por décadas de migrantes que van a Estados Unidos ilegalmente en busca de mejores oportunidades de vida, ahora es el primer obstáculo para que hondureños, salvadoreños y guatemaltecos continúen su éxodo al norte del continente.

Como las hordas que invadieron y acabaron con Roma, el mayor imperio sobre la faz de la Tierra al inicio de la Edad Media, la caravana de centroamericanos han puesto, ¿furioso?, ¿asustado?, al inefable presidente Trump que incluso amenazó con enviar tropas a la frontera mexicana si el Gobierno de Enrique Peña Nieto no detenía a las huestes de familias desarmadas, que sólo viajan con hambre y con miedo.

Hace unas semanas en este espacio se señaló que todos los días hay noticias de migrantes en todos los rincones del mundo: africanos intentando alcanzar las antiguas capitales coloniales en Europa. Dos millones de venezolanos que encendieron una alerta en las naciones vecinas desde que el régimen del presidente Maduro los dejó sin comida. Siria es un caso en extremo dramático y ya muy conocido. En Tijuana algunos haitianos parecen haber decidido hacer su vida en México, y ahora están llegando jóvenes rusos buscando ir a Estados Unidos. También en Coahuila, de manera gradual, se están estacionando en Piedras Negras familias procedentes del Congo que están varados en la frontera coahuilense.

Todos ellos huyen de la pobreza. No tienen trabajo. Pero también son blanco de guerras fratricidas, ecos de antiguas luchas tribales. Otros escapan de gobiernos dictatoriales y miles más lo hacen de grupos criminales o terroristas que provocan horrores que se creían superados por la historia.

Nada hemos aprendido. Cuando los oprimidos como los hondureños o salvadoreños que piden dinero o alimentos para sobrevivir un día más en los bulevares ¡de aquí mismo!, de nuestro Saltillo, se expresan, es fácil caer en la tentación de sentir igualmente desprecio o temor. Con el pensamiento nublado, en alerta frente al riesgo que “el otro” significa para mí, ¿cómo no confundir la justicia con la venganza?, ¿cómo reconocer los límites de un diagnóstico con los de un juicio sumario?, ¿es realmente posible actuar con la lógica en tales condiciones?

En estos momentos, para la Casa Blanca parecen no tener duda de que los oprimidos centroamericanos más que migrantes en busca de refugio son un ejército de invasores.

Al menos esa es la sensación que deja escuchar a Mike Pompeo, secretario de Estado de Estados Unidos, que vino a México a ¿advertir?, a ¿amenazar? de una “crisis” migratoria. En contraste, el todavía canciller mexicano, Luis Videgaray, habla del convencimiento de nuestro País de respetar los derechos de los migrantes.

Como se ve, el panorama actual sobre esta invasión de los oprimidos no augura un cambio en la Presidencia de la República tan terso como se vislumbraba hace unos días. Al tiempo.