No podemos negar la importancia del sector empresarial en cualquier economía de libre mercado. Su contribución no solo se limita – lo cual ya es mucho decir – a la generación de empleos, la provisión de bienes y servicios a los consumidores y al financiamiento del gasto público a través del pago de impuestos.

En el caso de nuestro país, el sector privado ha desempeñado un papel estratégico en los años recientes, por ejemplo, sumándose de lleno con el Gobierno Federal en las negociaciones del T-MEC y quizás más importante aún, al constituirse como un auténtico dique de contención ante un sinfín de disparatadas de política económica del actual gobierno.

Ciertamente es necesario y justo reconocer que ante iniciativas de leyes sin sentido y propuestas del Ejecutivo que carecen de toda racionalidad económica, las diversas agrupaciones empresariales han salido valientemente a plantear sus argumentos, ya sea sentándose a dialogar – hasta donde se ha podido – con el Ejecutivo y el Legislativo, o bien de plano rechazando categóricamente los sin sentidos que se impulsan desde la Administración Federal.

No obstante, en el tema que es objeto actualmente de debate en la agenda pública, con relación al aumento del 15% en el salario mínimo al cual se opusieron tajantemente los empresarios, es pertinente subrayar que esto es resultado de haber desvirtuado los procesos de negociación del salario mínimo al interior de la Conasami.

Como se recordará a partir del año 2017 se empezó a fomentar aumentos al salario mínimo muy por encima de la inflación. En ese entonces fue del 9.58%, para el siguiente año en el 2018 se incrementó un 10.39%, para el 2019 subió 16.21% y para este año se negoció un 20%.

En cada una de esas negociaciones el sector privado -encabezado principalmente por Coparmex- fue un promotor importante de estos incrementos. Aunque seguramente en el fondo las intenciones hayan sido buenas, fue a todas luces irresponsable, sobre todo cuando tenemos una historia relativamente reciente de carreras salarios-precios que siempre ganaban los segundos.

Tal parece que no supieron o no quisieron medir el peligroso escenario que se podía venir encima con futuros gobiernos de corte populista que a todas luces no se iban a quedar conformes con aumentos salariales por debajo de los que se dieron en el sexenio anterior.

Aunque es perfectamente comprensible el argumento de los hombres de negocios, de que en plena crisis económica y cierre de empresas es el momento menos oportuno para aplicar un aumento de esta proporción, lo cierto es que nos encontramos en una inercia de aumentos al salario mínimo que ellos mismos promovieron cuatros años atrás, sin dimensionar las consecuencias hacia adelante.

Los empresarios abrieron la caja de pandora, liberando a los demonios populistas y del sindicalismo rapaz del pasado que tanto trabajo nos había costado controlar.