Tenemos hábitos y costumbres que repetimos constantemente y de manera mecánica. No nos detenemos a pensar el porqué, solamente lo hacemos una y otra vez. La ruta que tomamos para ir al trabajo, aquel que religiosamente se prepara o compra un café, lavarse los dientes antes que la cara, bajar el primer escalón siempre con el pie izquierdo, ponerse primero el zapato derecho o la pierna derecha del pantalón, escribir la letra “x” de derecha a izquierda y de arriba para abajo primero y después de izquierda a derecha de arriba a abajo, son todos ejemplos de cosas que hacemos sin pensar, pero que probablemente siempre hacemos igual. No hay una forma correcta o errónea, simplemente son rutinas. No tiene caso cuestionarlas a menos de que exista algún motivo relevante.

Hace poco más de un año salía de una estación de tren, frente a mí había una puerta que alguien más mantuvo abierta para que yo pasara y en el momento que la crucé y la pesada puerta se cerraba noté a una señora distraída atrás de mí a la que la puerta se le cerraría en la cara. Se me hizo fácil extender mi brazo izquierdo hacia atrás para detener la puerta y en ese momento presentí que le había hecho daño a mi hombro. La señora, viendo su teléfono todo el tiempo, no se dio cuenta de nada; yo me fui tranquilo de al menos haberle evitado un fuerte golpe, aunque preocupado por mi hombro. Ese episodio sin importancia parece haber gradualmente derivado en una lesión que ameritaba atención. Terapia, rayos X y resonancias magnéticas después, acabé con un diagnóstico que implicaba tres alternativas de las cuáles dos eran cirugías y la tercera, por no ser yo pitcher ni estelar ni zurdo de los Saraperos de Saltillo, significaba aprender a manejar la molestia y el dolor y tratar de vivir con la incomodidad.

Debo confesar que le sigo sacando la vuelta al bisturí y por eso he tratado de adaptarme al dolor y a mi lesión, lo cual me ha dejado una lección que creo aplica para muchos de nosotros en temas de la vida cotidiana. El cambio más importante que hice después de descartarme voluntariamente, de una vez y para siempre, de los equipos olímpicos zurdos de lanzamiento de jabalina, bala y disco, ha sido cambiar el orden en el que me pongo una camisa o un saco. En lugar de primero la manga derecha, empiezo por la izquierda. Ya sé, ustedes han de pensar que es una broma, pero quiero invitarlos a que traten de cambiar sus rutinas más simples, como ponerse un saco, y vean que los humanos somos criaturas de hábito y aun cambios pequeños nos sacan de una zona de confort que nos hemos ido construyendo.

Así mi hombro –como México– está experimentando, dándole su lugar a la izquierda, esperando que bajen el dolor, la inflamación y la posibilidad de un daño irreversible. Ha sido un proceso muy incómodo, de repente me siento bien con el cambio y a veces algo pasa que regresa el dolor o las dudas. En general creo que mantener la rutina de primero la derecha no era sostenible y espero que esta nueva idea de primero la manga izquierda, aunque sea incómoda, no acabe por contener el dolor anterior, mientras genera daños nuevos. Pensemos por unos minutos lo que implica un cambio de gobierno, ideología, estilo y formas como el que estamos viviendo. Comparemos qué tan incómodo podemos sentir a un gobierno como el de la #4T cuando ponerse la camisa en un orden distinto o bajar un escalón con el pie contrario al habitual es ya de por sí incómodo. Nos toca reconocer que hay una lesión y que tenemos alternativas que implicaban cambio de tratamiento. Empecemos por aguantar ciertas incomodidades sin abandonar la opción de cambiar de opinión. Hagan el experimento de la camisa o el escalón para tener un poco de perspectiva acerca de lo difícil que es cambiar, incluso cuando nos reduce el dolor.

@josedenigris

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