La otra vez.

No sé por qué.

Me estaba acordando de una señora prostituta que conocí en la zona de tolerancia.

Es una señora, por no decir ancianita, de unos 80 años.

Y que, por cierto, usa unas antiparras de fondo de botella harto parecidas a las mías.

Si usted es caballero y asiduo visitante de la ciudad sanitaria, quizá la haya visto.

Es una mujer chaparrita, delgada, morena y con un marcado acento jarocho.

Porque, según ella, es veracruzana.

Vaya a saber cómo demonios llegaría acá.

Ya sabe que estas mujeres se cambian nombre y lugar de nacimiento como cambiar de madias.

Y siempre, pero siempre, tampoco piense que soy parroquiano frecuente del barrio de la alegría, pero siempre está parada en el marco de la puerta de su accesoria, como esperando algo o a alguien.

La verdad es que nunca me he preocupado por preguntarle su nombre, tal vez cuando me decida a hacerle un perfil se lo pregunte.

Ahí donde la ve esta octogenaria damisela, jura que todavía es buscada por los hombres que van a la zona roja a pasarse un ratito alegre, a echarse una canita al aire, un rapidín.

De verdad.

Jura que aun tiene sus clientes y que sigue viviendo modestamente de su oficio.

No así cuando la cosa se pone floja en la zona, como ocurre desde que las muchachas de la vida galante bajaron a talonear al centro y el exalcalde Jericó restringió el horario de cierre de los giros negros.

Me ha tocado ver a esta anciana prostituta barriendo o fregando los trastes en alguna cantina del sector de vicio para ganarse unos centavos.

Me pregunto qué historia se esconderá detrás de las gruesas gafas de esta señora.

Ciertamente en algunas ocasiones he platicado con ella en el marco de la puerta de su accesoria.

Y siempre me cuenta lo mismo.

Que desde muy chica se ha dedicado al oficio más antiguo del mundo.

Ah pero que en sus tiempos era otra cosa, eh.

Las mujeres de la vida alegre andaban de falda larga y blusas sin escote.

Y no se paseaban por las calles exhibiéndose o insinuándose con los hombres, no señor.

Bueno, es lo que dice ella.

Las antiguas suripantas tenían su estilo, su técnica discreta de ejercer el trabajo sexual.

Recuerdo la última vez que vi a esta señora.

Estaba, como siempre, parada en el marco de la puerta de su accesoria.

Esa vez fui yo a la zona a reportear otra historia.

Cuando la vio mi compañero fotógrafo, preparó su cámara, apuntó y disparo en dirección a la anciana.

Nunca lo hubiera hecho.

Al instante la mujer nos acribilló con una retahíla de maldiciones y palabras obscenas.

“Bueno, ¿creen que yo soy su pendeja o qué?”, dijo.

Y lo demás mejor me lo callo.

De veras que me sorprendió, no pensé que fuera tan brava


Desde entonces ya no la he visto más.

Solo espero en Dios que ya se le haya pasado el coraje
     

Si no


Adiós historia...


Jesús Peña
SALTILLO de a pie