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México es una suerte de crisol donde se funden nuevas corrientes de pensamiento político y llegan aires distintos en materia de cultura y literatura

La literatura mexicana del siglo XX comienza con la Revolución de 1910, cuando al fin  concluye el siglo XIX, tan cargado de dificultades políticas y económicas para el país,  invasiones norteamericanas y francesas, luchas intestinas. Algo semejante ocurrió en Europa:  el nuevo siglo surge lenta y brutalmente luego de la Primera Guerra Mundial, 1914-1918.  Hasta ese momento, la belle époque mantiene su hegemonía. Son los atroces sacudimientos  militares los que cambian de una etapa a otra. En México no solo cuenta el levantamiento en  armas de Francisco I. Madero, todavía en plena dictadura, antes Justo Sierra funda la Universidad Nacional y el filósofo Antonio Caso le da un golpe de positivismo que era el  soporte filosófico del porfirismo. Las ideas anarquistas de los Flores Magón se cuelan en el  magno movimiento y en 1919 es fundado el Partido Comunista Mexicano bajo la influencia  de la naciente Unión Soviética. México es una suerte de crisol donde se funden nuevas  corrientes de pensamiento político y llegan aires distintos en materia de cultura y literatura.

La gran rebelión mexicana se transformó pronto, junto con la rusa, en una de las grandes  revoluciones del siglo XX. Surge, en efecto, por razones internas, luego de una larga  dictadura y de la entrega de recursos nacionales al extranjero, cuando los explotados sufren  en el campo y en las ciudades se resiente la falta de libertad y democracia. Francisco I.  Madero es la mecha del enorme movimiento que se desatará en pocos meses. Se han  acumulado fuerzas incontenibles que brotan entre los campesinos e indígenas y que tienen  fuerte respaldo en las urbes donde intelectuales y profesionistas, unos cuantos obreros y  masas de desarrapados exigen cambios radicales. Con la nueva reelección de Porfirio Díaz,  queda claro que solo dejará el poder por la fuerza de las armas y así se inicia la insurrección  a gran escala. Madero lanza el Plan de San Luis donde aparece la no reelección y hace un  llamado a las armas para el 20 de noviembre. En Puebla, Aquiles Serdán resiste y finalmente  es asesinado mientras que en Chihuahua estalla la Revolución. Muy pronto aparecen los  dirigentes que darán los grandes combates contra las tropas gobernistas. Francisco Villa,  Emiliano Zapata, Venustiano Carranza, Pascual Orozco, Pánfilo Náteras, Felipe Ángeles,  Álvaro Obregón y otras figuras alimentan la imaginación popular y se traducen en corridos  y leyendas, murales y novelas y cuentos que desbordan las fronteras nacionales. Zapata y  Villa, por ejemplo, han sido llevados una y otra vez a la cinematografía norteamericana. Vale 

la pena citar la mejor versión que de Emiliano Zapata se ha hecho: ¡Viva Zapata! Con Marlon  Brando y Anthony Quinn del cineasta Elia Kazan. Periodística e históricamente es el  norteamericano John Reed con su obra México insurgente, uno de los mejores cronistas que  la naciente revolución pudo tener. No solo ello, también dejó un libro notable de relatos que  en México publicó el Fondo de Cultura Económica en 1972, Hija de la Revolución.  

La Revolución atrajo e influyó a narradores de la talla de D.H. Lawrence (La serpiente  emplumada), Graham Greene (El poder y la gloria), Valle Inclán (Tirano Banderas, como  todo lo peninsular, más de aires españoles que mexicanos), Emmanuel Robles (Las Navajas).  Más adelante llegará a México B. Traven a darle vigor a los temas sociales e indigenistas con  multitud de cuentos y novelas de enorme éxito. La identidad de este enigmático narrador  permaneció oculta hasta que el periodista Luis Spota logró descifrarla. 

 Un análisis riguroso acerca del origen de las letras mexicanas tendría que remontarse. Por  una parte, a la España que vence a los primeros americanos en 1521, del otro lado, pese a la  relativa presencia prehispánica de la literatura mexicana, hay que considerar al menos la  poesía y los mitos de mayas, aztecas, olmecas y otomíes, principalmente. Hablamos de una  síntesis donde predominó la parte castellana, pero donde todavía laten los restos de enormes  culturas cortadas abruptamente de tajo. 

 Si bien la novela colonial es un comienzo, esta tiene naturalmente raíces en España, son  trescientos años de presencia española, imposible evitar esa enorme referencia. De tal suerte  que la novela histórica en México, en boga después de Noticias del imperio de Fernando del  Paso, Gonzalo Guerrero de Eugenio Aguirre y Madero el otro de Ignacio Solares, vienen  no solamente de Walter Scott (1771-1832) con obras de la talla de Ivanhoe y Quintin  Durward, cuyo éxito y veloz traducción al castellano fue impresionante, sino también de más  lejos, con libros como Crónica del rey don Rodrigo con la destrucción de España, de Pedro  del Corral, escrita alrededor de 1403 y que da origen a infinidad de novelas épico-históricas,  cuyo eje son las batallas entre árabes y españoles.

 Hay que aceptar, pues, que las letras mexicanas comienzan con los textos de los vencidos  (los aztecas en principio) y fundamentalmente con las crónicas (que no novelas) de los  vencedores. Imposible narrar en pocos párrafos las deudas del México actual con España,  baste decir que, entre nuestros antecedentes literarios, por obvias razones en consecuencia,  se cuentan El Lazarillo de Tormes (1554), Don Quijote de la Mancha (1604), el Amadís de  Gaula y la novela picaresca. En plena lucha por la Independencia de España (1816), José  Joaquín Fernández de Lizardi escribe El Periquillo Sarniento, la que muchos califican como  la primera novela mexicana y un libro que anticipa alguno de los males que han prevalecido  hasta nuestros días: la corrupción, la riqueza del subsuelo y la pésima administración política. 

 De muchas maneras, los años que van de 1821 a 1910, menos de un siglo, son intensos  para el mundo y para México. Este país recién independizado recibe distintas invasiones,  algunas implacables como la norteamericana de 1847, por la cual pierde más de la mitad de  su territorio, y la francesa que dura unos tres años y establece un segundo imperio ahora con  monarcas europeos de la casa Habsburgo. Lugar aparte están las atroces luchas intestinas que  desangran y dividen al país y cuya cumbre es la guerra entre liberales y conservadores.  Grandes novelistas aparecen: Justo Sierra O´Reilly, José López Portillo y Rojas, Rafael  Delgado, Emilio Rabassa, Heriberto Frías, Manuel Payno, Guillermo Prieto, y muchos más  que desarrollan la literatura propiamente nacional. 

 En 1900 la literatura mexicana seguía anclada en el pasado inmediato. Federico Gamboa, digamos, y su naturalismo, préstamo del francés, se mantiene. No ha sido suficientemente  valorada la aportación de voces propias como la de El periquillo sarniento de Lizardi y  Tomóchic de Heriberto Frías, por solo citar dos casos importantes. Pero está por comenzar  un proyecto literario de gran envergadura para México. En ese arranque del siglo ya habían  nacido los autores fundamentales del siglo XX: José Vasconcelos, Julio Torri, Martín Luis  Guzmán, Alfonso Reyes, Enrique González Martínez y Mariano Azuela. Los primeros cuatro  forman parte de una generación, El Ateneo de la Juventud, el último, será quien formalmente  inaugure lo que conocemos como Novela de la Revolución; ruptura y arranque, porque con  esta literatura se acaba la dependencia de las corrientes europeas dominantes y principia una  tendencia propia y poderosa. La Revolución, es cierto, brinda una sana explosión de  nacionalismo, haciendo de lado al afrancesamiento que prevalecía en la cultura, y, sin  embargo, y ello no deja de ser interesante, al mismo tiempo le dio al país un sentido universal  del que carecía. Quizá esto se pueda apreciar más en artistas plásticos como Rivera y  Siqueiros, aunque ambos tenían un definido proyecto estético nacionalista y revaloraban el  pasado prehispánico, pero habían tomado lo esencial de la cultura universal; en política,  digamos, venían del alemán Marx y del ruso Lenin. Diego había pasado por diferentes  escuelas, especialmente por el cubismo y se había perfeccionado en París. Siqueiros, a su  vez, tenían deudas con grandes muralistas del Renacimiento. 

 A don Alfonso Reyes le reprochan su ausencia de temas revolucionarios y su atenta mirada  hacia los clásicos, su admiración por lo europeo. Lo que a nadie le cabe la menor duda es su  talento literario. El propio Jorge Luis Borges, tan poco dado a elogiar a los demás, reconoce  la excelsitud de su bagaje cultural y su capacidad para las letras. No hay desdén para el  movimiento que a sus correligionarios iniciales subyuga, Martín Luis Guzmán y José  Vasconcelos, lo que ocurre es que la muerte de su padre, militar de alto rango al servicio de  la dictadura, ocurrida en un intento de asonada frente a Palacio Nacional, lo conmueve  mucho, su dolor lo traduce en versos tardíamente dados a conocer.  

 Julio Torri, por su lado, permanece único y respetuoso, absorto ante la más delicada  literatura universal, incapaz de conmoverse con los brutales cambios políticos que a su  alrededor ocurren.

 Vale la pena precisar que la literatura de la Revolución Mexicana no fue ciertamente una  literatura revolucionaria, un movimiento estético de gran envergadura, pero a nivel mexicano  consiguió grandes cambios artísticos. Su temática fue nacional. Como en el caso de la pintura  y la música, los creadores volvieron los ojos hacia lo propio y apareció una enorme  preocupación por la forma y los temas mexicanos. La nueva literatura hizo que los escritores  se fijaran en los indios, los campesinos, en los grandes problemas nacionales, lo cual le dio  a la novela y al cuento una preocupación social y política desconocida hasta entonces y un  impulso artístico avanzado. Recordemos, por ejemplo, el célebre cuento de Rafel F. Muñoz,  “Oro, caballo y hombre”, así como el capítulo del libro de Estampas o cuadros de Martín  Luis Guzmán, “La fiesta de las balas”, o la novela de este mismo narrador La sombra del  caudillo. Todos ellos son trabajos memorables que dejan una profunda huella en los  mexicanos y que, de no haber sido escritas en castellano, serían obras de alcance  internacional.  

 Todavía en los años cincuenta, los escritores se movían pensando en función de ese  movimiento, fuera para elogiarlo o vituperarlo. Sin duda lo que produjo fatiga no fue tanto 

el tiempo pasado como la insistencia política de hablar de ella cuando ya agonizaba y le  entregaba a la burguesía recién creada los recursos por los que las masas campesinas habían  luchado y muerto. La burocracia política, con sus discursos demagógicos, hacía chocantes a  las figuras revolucionarias.  

Etapas de la novela de la Revolución Mexicana 

 Para estudiar el fenómeno de la literatura de la Revolución Mexicana es necesario acudir a  la edición (Aguilar) La novela de la Revolución Mexicana en dos volúmenes, realizados por  Antonio Castro Leal, y seguramente continuar con Los protagonistas de la literatura  mexicana del siglo XX, entrevistas realizadas por Emmanuel Carballo, independientemente  de acudir a otras fuentes. Antonio Castro Leal es quien primero estudia, agrupa y ordena a  los autores de la Revolución, como también lo hizo con la novela del México colonial. Lo  hace de forma aguda para que no haya equívocos: en principio están aquellos que fueron  testigos directos, quienes, como Azuela, médico de las tropas villistas, y Martín Luis Guzmán  cercano a Villa, toman las escenas y los personajes de primera mano. Ellos son parte del  movimiento armado, igual que José Vasconcelos, quien narra en libros formidables, como el  Ulises criollo, su propia experiencia, su memoria de los días violentos y soberbios de la gesta  revolucionaria. A ellos se suman autores como Rafael F. Muñoz, Gregorio López y Fuentes,  Mauricio Magdaleno y Nelly Compobello. 

 A la novela inicial, Los de abajo, obra de gran empuje tardíamente descubierta por el  hombre de letras Francisco Monterde (el miso autor de libros sobre el tema: Lencho y El  mayor Fidel García), le siguen otras basadas en la realidad inmediata. Martín Luis Guzmán  y José Vasconcelos escriben obras memorables. Todos los narradores son protagonistas,  hombres y mujeres participan del movimiento armado. Son, pues, autobiográficas. 

 Enseguida vienen aquellos que nacieron durante los años revolucionarios, los que plasman  sus recuerdos infantiles o cuentan historias que escucharon durante sus años iniciales o de  formación. Sin embargo, el tema que propone la Revolución, que bien podría ir de 1910 a  1920, año en que es asesinado en Tlaxcalaltongo Venustiano Carranza, se ha estirado  enormemente. No olvidemos que, en 1962, Fernando Benítez escribe El rey viejo, historia  novelada de la muerte violenta del constitucionalista. Más adelante, Agustín Yañez (1904- 1980) retoma el tema revolucionario en su obra Al filo del agua, novela que introduce  técnicas modernas y cuenta la historia de un modesto poblado que vive al margen de la gran  tormenta: la gesta no pasa por allí, da un rodeo, lo deja prácticamente igual. No importa que  las poderosas tropas de generales formados en la lucha guerrera, sacudan a la nación y  destruyan el feudalismo que el régimen de Porfirio Díaz permitía. Para muchos es el inicio  de la novela moderna, con una severa influencia de Manhattan Transfer de John Dos Passos.  También José Revueltas recurre al tema o, mejor dicho, a la secuela que ha dejado. Más  adelante, cuando los críticos suponían agotado el tema de la Revolución, Carlos Fuentes  escribe dos obras fundamentales: La región más transparente y La muerte de Artemio Cruz,  en ambos casos presenciamos la muerte simbólica de la Revolución, su caída con seres  corruptos que se beneficiaron con los logros de aquellos que quedaron en los campos de  batalla. Ello significa que podríamos hablar de una tercera etapa de la literatura de la  Revolución, una literatura ya no de corte épico sino más bien de crítica áspera a los resultados  de la gesta libertaria, su total decadencia convertida en el Partido de la Revolución  Institucional (PRI), la práctica de la corrupción a gran escala, el autoritarismo llevado a  extremos brutales como lo prueban las represiones frecuentes a electricistas, maestros,  médicos, estudiantes, y, por último, una pobreza que repite la situación de 1910. El país de  nueva cuenta ha quedado en manos de ricos, banqueros y empresarios extranjeros que  revierten la obra revolucionaria cuyo momento de máximo esplendor llega con Lázaro  Cárdenas, entre 1936 y 1940, donde es diseñado el México posrevolucionario, sus  instituciones, su presidencialismo, sus vicios y virtudes que siguen vigentes.  

 La novela de la Revolución Mexicana, con sus logros y carencias, con sus autores  hondamente preocupados por los problemas nacionales del país, supo presentar un  movimiento grandioso que cambió el rostro de la nación y le ayudó a levantarse de una  postración de siglos. Hoy, para hacer un nuevo intento de adentrarse plenamente en la  modernidad, México no invoca más a la Revolución, no obstante, nadie podría negar los  luminosos méritos de todos aquellos que por una razón u otra tuvieron la fortaleza de llevarla  a cabo y que, por último, le dieron a la literatura mexicana la posibilidad de mostrar héroes  o villanos de peculiares características, de grandeza y miseria. 

 Sin embargo, el tema no se agota, adquiere otra forma y tratamientos. Carlos Fuentes  (Panamá, 1928- Ciudad de México, 2012), por ejemplo, lo retoma lleno de nostalgias; mejor  dicho, aborda los resultados: una creciente corrupción y un presidencialismo que hereda los  defectos del caudillismo histórico que conforman a México y que viene de muy lejos;  hablamos de la fusión de dos autocracias, la azteca y la española. ¿De dónde podríamos  arrancar la democracia? Hablo de La región más transparente y La muerte de Artemio Cruz. Fuentes va más lejos y escribe Gringo viejo. En esta obra recupera a muchos de aquellos  personajes legendarios y le hace, en la figura del talentoso humorista Ambrose Bierce, un  homenaje a los muchos extranjeros que vinieron a México a pelear o a morir. Por una causa  ajena y poco comprensible, como Mina, aquel soldado español que luchó y falleció por la  Independencia mexicana y a quien Martín Luis Guzmán le rindió un cálido homenaje en  Mina, el mozo

 Quizá lo más interesante de La región más transparente sea que se trata de una de las  novelas que le permiten a México ingresar a las naciones que poseen una acabada literatura  urbana. Más que en Agustín Yañez, es evidente la influencia de Manhattan Transfer, cuyo  personaje principal es la ciudad de Nueva York. Casi simultáneamente aparecen dos novelas  más: de Rafael Solana, El sol de octubre, y de Luis Spota, Casi el paraíso, lo que contribuye  a reforzar una temática, la urbana, que aparece tardíamente en México. No son los únicos  casos, pero sí los más destacados. 

 Fuentes, además de darle firmeza a esta corriente literaria, retoma la Revolución y sus  dramáticas consecuencias de corrupción y frivolidad. Martín Luis Guzmán y Octavio Paz  están presentes. Las generaciones siguientes, aquellas de quienes nacieron después de 1950,  en un país que recupera la epopeya revolucionaria y aprecia la gesta social como pura  nostalgia con frecuencia frívola. Así tenemos libros de autores jóvenes como Paco Ignacio  Taibo II y Pedro Ángel Palou, que ven a Villa y Zapata con ojos de admiración y novelan sus  respectivas historias. Los corridos populares que exaltaban a los revolucionarios son  sustituidos por narco corridos, música popular destinada a exaltar a los traficantes de drogas.  Las fotografías de escenas revolucionarias de los Casasola son puestas en bares distinguidos  para jóvenes metrosexuales o para una multitud de personajes que se divierten y beben  despreocupadamente, cuyos valores son eminentes y vienen de Estados Unidos, la potencia  triunfadora luego de una larga confrontación con el proyecto socialista ruso, el llamado  socialismo real, de muchas formas una aberración, una pésima versión del marxismo. La  tragedia quedó atrás. Incluso ya hay margen para la parodia con Jorge Ibargüengoitia: su  novela Los relámpagos de agosto hace mofa de la literatura de la Revolución Mexicana y  parece el punto final de una épica que se extendió de modo asombroso. En el campo de las  ciencias sociales, una y otra vez aparecen libros que hablan de un movimiento traicionado o  interrumpido, como si fuera posible que desembocara en una transformación socialista según  las ideas de Marx y de Engels. Puras especulaciones para una revolución que nació de la ira  popular sin ningún proyecto más que acabar con las injusticias, lo que no es, por otro lado,  poca cosa.

 El distanciamiento con la Revolución 

 Antes de que iniciara la Revolución, alrededor de 1904 y 1905, nacen los integrantes de la  generación que se llamará Contemporáneos; brillan Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet,  Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Gilberto Owen, Celestino y José Gorostiza. Cuando  Francisco Villa daba las grandes batallas que acabarían con los restos feudales del México  porfirista, 1914-1915, nacen los miembros de otra generación distinguida, donde Octavio Paz  es la figura señera: Taller al que también pertenecen Rafael Solana, José Revueltas y Efraín 

Huerta. A Contemporáneos le corresponde la búsqueda de lo universal, algo que parecía  haber quedado sepultado bajo toneladas de nacionalismo producto de la Revolución. A la  discutible idea de que no hay más ruta que la nuestra, dicha en artes plásticas por Siqueiros,  y avalada por cientos de escritores e intelectuales, esta generación busca a James Joyce,  Virginia Wolf, André Gide, por ejemplo, fuentes de inspiración. Son una protesta contra los  excesos de nacionalismo revolucionario existente en México. No le interesa el Ulises criollo de Vasconcelos, les importa el Ulises de Joyce. La respuesta es brutal: Diego Rivera los  ridiculiza en un muro de la Secretaría de Educación Pública con orejas de burro, sus “inútiles”  caballetes y los libros de Joyce son barridos por obreros y campesinos que actúan, como lo  harán en la Alemania de Hitler y la China comunista, contra el arte “degenerado”. 

 La generación que se hizo llamar Estridentista, con Arqueles Vela, Germán List Arzubide  y Manuel Maples Arce, Luis Quintanilla, Salvador Gallardo, Aguillón Guzmán y Germán  Cueto, entre otros, permaneció siempre como inalterable oposición a Contemporáneos y  mantuvo hasta el fin una actitud irreverente y antiimperialista. Por aquí se mezclaban los  aires del dadaísmo, con los del futurismo y el surrealismo y lo aunaban con los de un  aguerrido antiimperialismo sin omitir la presencia del nuevo mundo soviético. Fue un grupo  con sentido del humor, de consignas graciosas e irreverentes que sesionaba en el Café de  Nadie y en cuyo menú destacaba Merde pour le burgoise y el grito era ¡Viva el mole de  guajolote! 

 Luego de Arriola y Rulfo vienen otros narradores y poetas. Una generación que se agrupa  por afinidades más cercanas a las de Villaurrutia y Novo, bajo la influencia de autores  europeos, como Juan García Ponce y Juan Vicente Melo. La siguiente, los nacidos alrededor  de 1940, clava su atención en los autores norteamericanos: de Hemingway, McCullers,  Faulkner, Nabokov, Capote, Salinger y Mailer, por ejemplo. Pareciera extinguirse la  literatura de la Revolución en medio de nuevos mitos, temas y tratamientos. 

Razones para morir 

Volvamos al principio. La Revolución Mexicana fue una descomunal tarea de la sociedad en  su conjunto. Es un fenómeno peculiar, no tiene a Enciclopedistas como antecedentes en  Francia ni a teóricos como Marx, Lenin y Trotsky igual que en Rusia. Es en efecto una chispa  que enciende una enorme llamarada. Como señaló el escritor español republicano, Max Aub:  “El interés personal de los jefes priva sobre el ideológico, por la sencilla razón, como hemos  visto, de que este no tenía formulación teórica. La gente se sacrificó por acabar con un  régimen injusto con una utopía por meta”. Ello sin duda explica la hondura de los escritores  de ese período, sus personajes sombríos, brutales e introvertidos, su futuro incierto, la muerte  prematura como la de Demetrio Macías de Azuela en Los de abajo. Es, pues, un comienzo  original para las letras nacionales. A diferencia de otras corrientes literarias, la mexicana no  es revolucionaria en sí misma sino por su tema. Aunque en más de un momento la novela o  el cuento adquieren características de asombrosa novedad. Tales son los casos de La sombra  del caudillo en novela, de “Oro, caballo y hombre” en cuento y de Felipe Ángeles en teatro,  ya citados. 

 Para el año 2000, políticamente la Revolución Mexicana ha muerto. Para muchos su agonía  comenzó al concluir el período del general Lázaro Cárdenas, momento estelar de un  movimiento que dio extraordinarias figuras, conmovió a todo el continente americano y  atrajo figuras del orbe entero, incluida de la naciente Unión Soviética. Entra, pues, en un  hospital para desahuciados, cuando en 1940 el sucesor de Cárdenas, Manuel Ávila Camacho,  revierte el artículo tercero constitucional que entonces precisaba que la educación primaria,  amén de laica, gratuita y obligatoria serpia socialista, se declara católico públicamente sin  importarle las largas luchas entre la reacción y los liberales, los conservadores y las fuerzas  progresistas y la guerra cristera exacerbada por el asesinato de una figura como el general  Obregón a manos de un fanático católico azuzado por la alta jerarquía eclesiástica.  Lentamente la Revolución desaparece, sus hazañas quedan en las páginas de los libros y en  los acartonados discursos de la clase gobernante. Después del general Cárdenas, cada  presidente de la República se inclina más a la derecha: cesan las políticas sociales. Los logros  políticos y económicos. Para multitud de jóvenes, en 1968, con exactitud, el dos de octubre,  la Revolución muere violentamente cuando fuerzas militares y policiacas, en una maniobra  conjunta, asesinan de golpe a más de quinientos estudiantes y encarcelan a cientos de jóvenes,  intelectuales y académicos, entre ellos al escritor José Revueltas. Como en el sexenio  anterior, habían puesto en prisión a David Alfaro Siqueiros. Mi padre, un médico cirujano  con especialidad en pediatría, era activista del movimiento que en 1965 fue denominado Las 

batas blancas, le tocó estar en medio de aquella muchedumbre que corría desesperada de un  lado a otro huyendo de las balas, viendo a sus compañeros morir. En esos momentos México  se había colocado, con alguna discreción, al lado de Estados Unidos y solo mantenía  relaciones con Cuba a causa de los pueblos. De ello dejó constancia René Avilés Fabila en  una novela que originalmente apareció publicada en buenos Aires, en 1971: El gran solitario  de Palacio

 Sin embrago, la palabrería “revolucionaria” no acabaría sino hasta el período de Miguel  de la Madrid, en 1984. Con él, escuchar hablar de revolución y mirar alrededor resultaba  irónico y ofensivo para aquellos que por miles murieron en la gran gesta, mucho más para la  memoria de intelectuales que sufrieron cárceles y persecuciones. Ya con Carlos Salinas y  Ernesto Zedillo no existe siquiera el recuerdo de la Revolución, ha comenzado el total  retroceso o ha concluido una larga etapa política y económica del país. Ellos abren  formalmente las puertas del Partido Acción Nacional, partido fundado en 1939, por un  intelectual de derecha, Manuel Gómez Morín, parte de la generación llamada Los siete  sabios, donde estuvo también el marxista Vicente Lombardo Toledano, impulsor de largas luchas sociales. México entra de lleno en el mundo del conservadurismo, en lo que los  marxistas han llamado el reflujo; triunfa la globalización, el modelo neoliberal, impulsado  por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, se extiende sin importar si coincide o no con las  historias patrias y los valores de tantas naciones pobres. Sin el socialismo real, derrumbado  de forma estrepitosa por sus propios defectos y errores, comienza la era de las privatizaciones  a ultranza, de la entrega de los recursos nacionales a empresarios extranjeros. En suma, las  viejas políticas sociales y el papel del Estado rector en México se vienen abajo. De nueva  cuenta padecemos la contradicción entre un puñado de familias multimillonarias, y millones  de miserables, de mexicanos en condiciones en extrema pobreza. La literatura fijará su  atención en otros elementos sociales, éticos, políticos y económicos.

 La Revolución Mexicana tiene secuelas, una de ellas, para muchos una contrarrevolución,  una revuelta revolucionaria motivada por el clero, para otros más una lucha tardía por  consignas zapatistas, es decir, por la posesión de la tierra, es la que han llamado guerra  cristera o la cristiada y que de muchas formas entronca como pariente pobre con la novela  de esa época. Elena Garro no solo escribió su memorable obra dramática Felipe Ángeles, sino  que en Los recuerdos del porvenir delineó a muchas figuras cristeras. En estas tesituras,  dentro de la literatura que produce la lucha de los que se alzaron en nombre de Cristo Rey  contra los gobiernos revolucionarios, destaca entre muchos libros poco conocidos, una  novela intensa y bien lograda de Antonio Estrada M.: Rescoldo, publicada en 1961. Esta  literatura, la que produjo la guerra cristera, merecía un mayor estudio y la incorporación de  diversos autores al cementerio de los escritores ilustres por la vía de la consagración oficial. 

 Luego de 1968 la literatura recupera un impulso de crítica social. Es ella quien juzga a los  asesinos de Tlatelolco, a través de una serie de novelas y poemas. El arte en general asume  una vez más cercanía con la política. Solo que el gran personaje de 1910-1920 está ausente:  ahora se lucha contra sus magros resultados. En nombre de la Revolución Mexicana, el  Ejército (al que la burocracia considera una gran herencia del movimiento revolucionario) y  la policía disparan sus balas contra estudiantes inermes, los políticos del sistema condenan el  movimiento estudiantil como si fuera obra de provocadores y dementes, de anarquistas. 

 La literatura de 1968 sirve de memoria para que los mexicanos no olviden la represión y  muertes, juzga a los responsables y, seguramente, es de inmensa utilidad par que el país sufra  transformaciones positivas. Para muchos es incluso un parte aguas. Esa literatura, sin  personajes memorables, más bien anónimos, con algunos autores de significado cultural  importante, hace que cada 2 de octubre se reaviven los impulsos democráticos y libertarios  por los cuales los jóvenes lucharon y fueron masacrados. Luego de la matanza, muchos  iniciaron el camino de la guerrilla. En los inicios de la década de los 70, el Ejército y la policía masacran a estos combatientes, es una guerra sin cronistas y sin memoria, olvidada, perdida  en el recuerdo de uno o dos ensayistas y de un novelista, Salvador Castañeda, que la vivió y  padeció prisión. Existen de nueva cuenta guerrillas como el EZLN y el EPR, que comienza  a contar con narradores propios. La literatura de 68 está bien representada por Luis González  de Alba, Los días y los años; María Luisa Mendoza, Con él, conmigo, con nosotros tres, y  Fernando del Paso, Palinuro de México. En materia periodística, más allá, vale la pena citar  dos casos: La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska y Días de guardar de Carlos  Monsiváis, quien también es autor del iluminador relato de un movimiento no solo estudiantil  que defiende los derechos humanos: El 68 La tradición de la resistencia. 

 El país ha puesto distancia con la Revolución que en el 2010 cumplió cien años de edad.  Los homenajes que con tal motivo se prepararon fueron un réquiem de escasa dignidad.  Mejor conmemoró la dictadura de Porfirio Díaz el centenario de la Independencia, aunque  meses después el longevo gobierno cayó bajo el ímpetu revolucionario. Las artes de México  quedaron con una deuda profunda con el movimiento político-militar. Sobre la literatura, el  citado Max Aub hizo un señalamiento aclarado su importante influencia a finales del siglo  XX, pero al mismo tiempo mirando hacia el futuro: “… estamos ya en otro mundo, el de  nuestros días; sin la narrativa de la Revolución serían otros”. Tenía razón.