A México se le anticipó “La Mala Hora”, título de una de las primeras novelas de Gabriel García Márquez. Antes de la hora de Trump que hoy jura como presidente de los Estados Unidos, aquí se aceleró desde 2013 el desmantelamiento de los derechos que se ganaron con sangre, la sangre de la lucha revolucionaria del siglo pasado que se plasmó en los derechos de la Constitución de 1917, próxima a cumplir 100 años.

Innumerables voces lo han reiterado: Donald Trump es un hombre peligrosamente arrogante e impredecible, mutimillonario sin experiencia política, aunque sí, estrella de la televisión; ése es el que ahora toma posesión en la Casa Blanca para beneficio de los blancos. Porque, hay que subrayarlo, él es racista y  misógino. También conocemos su tozudez contra los migrantes mexicanos, a quienes tilda de violadores y criminales, por lo que propone un remedio drástico: la construcción de un muro que impida la llegada de mexicanos a su país y que asegure una frontera rota, así como la deportación de millones de indocumentados y la derogación del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLCAN).

El arribo del Presidente republicano evidencia el agotamiento del modelo neoliberal que prevaleció por más de 30 años y que lleva hacia un cambio estructural que emerge del votante indignado, quien percibe que la globalización lo ha arruinado y que se siente entre los perdedores. Esos ciudadanos son núcleos sociales que añoran la era del Estado benefactor.

Con Trump entramos repentinamente a un mundo nuevo, a una transformación probablemente irreversible en la que es muy posible que el republicano se concentre en la defensa los intereses internos de su país, sin que eso implique su retirada del escenario internacional. Ayer, al llegar a Washington, el hoy Presidente dijo: “Todos estábamos cansados de ver lo que estaba pasando y queríamos un cambio… vamos a ver algo increíble”.

La llegada de Trump a la Casa Blanca instala a México en una posición de  incertidumbre y debilidad de largo alcance, en la que la percepción de un México violento y corrupto se corrobora por la situación de inestabilidad provocada por el gasolinazo, una medida políticamente mal instrumentada que ha provocado la ira popular.

Es alentador que hayan surgido grupos nacionales que exigen al Gobierno de Enrique Peña Nieto abandonar las respuestas tímidas y sumisas ante los insultos y  arrogancias de Trump. Porque lo menos que el Gobierno mexicano debe hacer es responder con dignidad y arrojo a las amenazas del nuevo Presidente norteamericano, quien inicia su mandato con un bajísimo nivel de aprobación que apenas llega al 40 por ciento (CNN).

Trump ha mostrado que las relaciones con América Latina no están en su agenda, no le interesan. En cambio, México sí está en la mira de Donald, y no para bien: lo que se vislumbra en esta relación bilateral son amenazas e improvisación. Veremos cómo se defiende de esta “mala hora” el Gobierno de Peña Nieto en lo que le queda de su administración. Nada que celebrar.