Fue antier domingo. Asistí a la marcha organizada por ciudadanos que convocaba a todos los que quisiéramos participar en nuestra calidad de ciudadanos. La marcha es una de las expresiones públicas más sencillas y, sin embargo, más espectaculares. Muchas veces he marchado y sé muy bien que no es lo único que debemos hacer, pero sé también que la expresión de las ideas y del pensamiento a través de una caminata en la calle significa mucho más de lo que nos imaginamos.

Antier marchamos decenas de miles de ciudadanos y familias. Marchamos para solidarizarnos y para expresar nuestra preocupación por México. Desde luego, había descontento, pero también la voluntad de ver a un México con un rumbo más seguro. Sabía que iba a ser una gran marcha, porque en estos meses e incluso este fin semana (sábado y domingo) fui testigo de cómo miles de ciudadanos se acercaron a las asambleas distritales para fundar México Libre.

¿Quiénes marchamos? Muchos (no importa la cifra, pero fue muy grande). Marcharon los adultos mayores y lo hicieron por su amor a las siguientes generaciones. Miles y miles de mujeres organizaron esta marcha; no tengo duda que las mujeres mexicanas somos el motor de nuestro país y la fuerza con la que debemos de caminar para tener una vida libre de violencia y con las mismas oportunidades.

Desde luego que caminó también una generación importante en México: la que luchamos y vivimos la transición democrática, la que vio la llegada del país a ese gran momento de México y a la que, por supuesto, nos preocupa el debilitamiento del Estado constitucional de derecho, de las instituciones y de los valores democráticos.

A su tiempo, han llegado también jóvenes. Los jóvenes que van sumándose a la participación, cada vez son más, y son de aquellos que no esperan a que otros les hagan su futuro. Sé que los que fueron están satisfechos de haber participado de una manera muy distinta a como lo hacen en su vida diaria, sé que volverían a marchar y que ahora pueden decir: yo estoy haciendo algo más por México.

En general, la marcha transcurrió sin insultos, con respeto, mientras pasaban miembros de la familia LeBarón, salió un espontáneo grito: "¡No están solos!". La marcha fue pacífica y, hay que decirlo, marchamos en libertad que no es cosa menor y que debemos de cuidar.

La marcha terminó con dos momentos cruciales. El minuto de silencio por la familia LeBarón, que se hizo con el puño en alto como cuando se pedía silencio en las calles durante  los trabajos de rescate en el sismo de septiembre de 2017 y que también es una señal de "fuerza México". Y el gran momento, el más profundo, el más conmovedor: fue escuchar el discurso de Adrián LeBarón.

Adrián LeBarón no pidió renuncias, ni gritó "fueras", ni reclamó la violencia con la que fue tratado en las redes. Habló desde el dolor y habló de la vida y, con gran generosidad, también tocó nuestras vidas. Nos llamó a seguir adelante y nos pidió ser valientes.

"…Que no nos quedemos con los brazos cruzados y la boca abierta, babeando como tontos, invito a las buenas conciencias, a los más valientes, a sembrar cada día y plantar cara sin descanso a cualquier tipo de violencia…" Por su parte, él construirá un nuevo sol que "derrita el miedo que nos tiene paralizados".