Hace un par de años, con motivo del Festival de Cine Emilio “Indio” Fernández, tuve la oportunidad de ver la película “La Jaula de Oro” (Diego Quemada-Díez. 2013) que atinadamente cerró este evento fronterizo.

La cinta narra la travesía de un grupo de migrantes en su peregrinaje por México rumbo a Estados Unidos. Así de simple y así de complejo, la verdad es que no tengo manera de expresar lo bien construido de este drama que inmediatamente nos vincula con las necesidades de sus protagonistas sin caer en chantajes.

El privilegio adicional a la exhibición del filme, en aquella ocasión, fue el poder convivir con uno de sus protagonistas, Rodolfo Domínguez, de origen tzotzil, quien a sus quince años se hizo merecedor del Ariel por su actuación pese a no hablar español.

Recomendé en su momento el filme y lo volvería a hacer sin empachos. No tiene desperdicio. Y no creo estar incurriendo en ningún spoiler si le digo que la peripecia es fatídica y que la “recompensa” al final del viaje, una precaria oportunidad de ganarse la vida en EU, es tan miserable como la vida que un migrante deja atrás.

Para que un filme con esta temática pueda ser tomado con seriedad tiene que abordarse con mucha valentía: es necesario que su realizador se desista de recursos efectistas, porque el drama de los migrantes –ya sea en Europa, o en nuestra frontera sur o norte– es tan brutal que cualquier intento de cliché melodramático parecería ganas de edulcorar una de las peores tragedias que enfrenta la humanidad.

Y es que al drama migratorio se le retrata –en la medida de lo posible–, no se le reinventa.

Por su ubicación geográfica, Coahuila es el escenario de miles y miles de historias similares de supervivencia, de gente que es arrastrada hacia la quimera del sueño americano porque su patria les falló irremisiblemente.

Algunas de estas historias tienen un final abrupto, como la de Marco Tulio Perdomo Guzmán, quien hace unos días encontró la peor de las muertes en la capital del estado, en el que la justicia es un bien inexistente: Coahuila, por supuesto.

Perdomo Guzmán, de origen hondureño, no sólo fue perseguido, acosado y asesinado a sangre fría por elementos policiacos estatales, en presencia de su hija de 8 años. Además, para tratar encubrir su oprobioso crimen (si es que acaso los hay de otra naturaleza), los encapuchados “guardianes de la ley” le sembraron un arma e inventaron una versión infamatoria en contra de su víctima, que por suerte resultó tan ridícula como inverosímil.

Otros viajantes pudieron atestiguar que Perdomo Guzmán jamás provocó a los agentes (¿bajo qué lógica un migrante, acompañado de su hija, se buscaría líos con la autoridad local?) y que por supuesto jamás accionó un arma, como sostuvo en su primera versión la Fiscalía General del Estado. Es decir, desde los estratos más altos de la autoridad se manipularon los hechos para encubrir un crimen de lesa humanidad y se emitió un comunicado plagado de mentiras. Espero que se haga una idea de la gravedad que esto entraña.

Nosotros que nos indignamos tanto por la forma en que el presidente norteamericano solapa y alienta la xenofobia, somos irritantemente pasivos y hasta condescendientes con las reiteradas violaciones a los derechos humanos, contra extranjeros y connacionales, que a diario se cometen en nuestras propias calles.

Si me permite decirlo, estamos en deuda con este malogrado viajero y padre de familia, no sólo porque no encontró en nuestro territorio las garantías mínimas para cruzar por éste sin percances, no digamos ya quedarse a tratar de ganarse la vida. Simplemente, no pudo transitar por Coahuila sin que ello le costara la vida. Además de que nuestro Gobierno y autoridad le deben a él, a su hija, a su familia y Patria una disculpa por haber tratado de hacerlo pasar por un delincuente.

Pero también le debemos el que prensa e instancias internacionales, como la ONU o Amnistía Internacional, volteen hacia esta región del mundo en donde hace mucho olvidamos la dignidad para vivir y para morir.

Se dice que Perdomo Guzmán antes de expirar pidió por su pequeña hija superviviente. ¿Podrá Coahuila por lo menos cumplirle esta última voluntad a su víctima, misma con la que ahora tiene una impagable deuda?

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