Los nombres de José Ángel y Miss Mary, de Torreón, quedarán unidos, como un ejemplo de cuánto ha permeado la violencia en las escuelas mexicanas

“Lo que el hombre ha Perdido en este siglo no es la Fe, sino la Razón.” Gilbert Keith Chesterton

 

No faltará quien piense que el pasado viernes 10 de enero de este aún recién nacido año 2020, es un día para olvidar. Habrá, sin embargo, otras personas que opinen lo contrario y consideren importante grabar en nuestra memoria colectiva tan triste fecha, para tratar de que no se repita una tragedia así.

Y es que, por más que se repita, para muchos es difícil, si no imposible, aceptar en nuestras mentes que José Ángel, de 11 años, mató a balazos a su maestra, Miss Mary, hirió a otro profesor y a cinco alumnos de primaria, para después quitarse la vida él mismo.

Sí, un alumno de sexto de primaria, estudiante destacado de un prestigioso colegio privado de La Laguna, desató una balacera escolar como las que se reportan con indeseable frecuencia en Estados Unidos, nación enferma, si las hay, por la violencia con armas de fuego. Entre 2009 y 2018 ahí se contabilizaron 288 tiroteos mortales en planteles escolares.

Ese es, sin duda, uno de los más resonantes descalabros de las sociedades modernas: el surgimiento de adolescentes con acceso a armas de alto poder con las que realizan balaceras escolares.

“La violencia es una de las principales causas de muerte, a nivel mundial, para las personas de entre 15 y 44 años”, advierte la Organización Mundial de la Salud.

En efecto, detalla el organismo internacional, a la violencia se le atribuyen, en promedio, el 14 por ciento de las defunciones de varones y el siete por ciento de mujeres.

Pero si los estadounidenses, pese a tantas muertes, parecerían estarse habituando a su balacera escolar de cada día; en México nuestro esfuerzo debe ir en sentido contrario.

Cada vez que un niño o un joven se haga de armas de fuego, para cobrar quién sabe qué tipo de cuentas emocionales en sus planteles escolares, cada disparo será un reconocimiento del fracaso que sufrimos como sociedad.   

La larga y sinuosa jornada del viernes pasado en Torreón hizo correr ríos de tinta y lanzó millones de mensajes por el ciberespacio. De un momento a otro, todos los cibernautas se alzaron como expertos sicólogos, sociólogos, docentes, biólogos y filósofos, como si estuviéramos capacitados para esclarecer el caso.

Desde luego que muchas de esas opiniones pudieron haber sido expresadas de buena fe e incluso con sensatez, pero dolidos como estaban familiares y amigos de las víctimas, quizá el respaldo que nuestra sociedad puede darles es empatía y respeto.

Aventurar opiniones sobre la tragedia y especular sobre la culpabilidad o inocencia de un niño de 11 año, de sus maestros, su padre, sus abuelos, los medios de comunicación o los videojuegos es, por decir lo menos, irresponsable. Seamos respetuosos.

Esmirna Barrera