Actualmente, la mayoría de lo seres humanos sabemos descifrar por lo menos un lenguaje escrito. Nuestro cerebro está equipado no solo para interpretar signos, sino para intuirlos. Desde luego, cada alfabeto es una construcción humana, pero la generación e interpretación de símbolos son manifestaciones de un instinto. Sonidos, movimientos corporales, gesticulaciones y aromas, todos son materiales utilizados en mayor o menor medida para establecer comunicación en y entre las especies del mundo animal. Nosotros, animales de alta complejidad, además de estos, hemos desarrollado sofisticados códigos basados en signos visuales. La mayoría de los lenguajes actuales se codifican con signos fonéticos, ya sea articulando las palabras en cada uno de sus fonemas, bien, en sílabas, como los sinogramas chinos, sin dejar de mencionar los códigos no fonéticos que utilizan ideogramas o pictogramas para significar conceptos.

Aunque requiere de cierto esfuerzo inicial, el aprendizaje de la lectura y la escritura toma un tiempo relativamente breve, para después convertirse en una habilidad que se ejerce no solamente con soltura, sino que se presenta de manera inevitable. (Intente el lector observar estas letras sin leerlas).

La música no es un lenguaje en el sentido estricto, pero esa no es razón para que no sea posible un sistema de signos que la codifique. Al sistema de significación musical le llamamos solfeo. La escritura moderna de la música no se dio por generación espontánea, más bien fue un proceso acumulativo —a través de siglos— de ideas para plasmar en símbolos los distintos parámetros de la música. No relataré aquí la evolución de la escritura musical, baste con decir que la codificación actual es heredera de la notación neumática, la cual consistía en sencillos trazos que los monjes de la Plena Edad Media colocaban sobre el texto litúrgico a manera de recurso mnemotécnico para sus salmodias.

La mayoría de nosotros identifica la notación musical “a primera vista”: cinco líneas paralelas pobladas de garabatos que recuerdan a palos de golf, arañas o bonitos arabescos. ¿Qué es lo que está escrito allí?

El sistema de notación musical moderna contempla dos ejes básicos: la altura del sonido y su duración. La figura en particular nos indica la duración del sonido, mientras que su posición en el pentagrama, su altura, su frecuencia, es decir, nos indica la nota que ha de sonar: do, sol, la bemol, etc. Estos no son, ni mucho menos, los únicos elementos que contempla la escritura musical. Una partitura también nos indica la intensidad, la articulación, el fraseo, la velocidad y muchas otras cosas, pero estas especificaciones están siempre sujetas a los grandes ejes básicos: duración y altura. 

Así como los lectores que tan amablemente recorren su mirada sobre estas líneas las descifran con facilidad y sin necesidad de oír las palabras de alguien más, los músicos que han cultivado el solfeo son capaces de descifrar los signos sobre el pentagrama de manera precisa y natural, sin necesidad de haber escuchado la pieza previamente. Es necesario, en este punto, aclarar que me refiero a la lectura y no a la comprensión del texto: una cosa es leer a Heidegger y otra comprenderlo; así, una cosa es leer el Concierto No. 2 de Rachmaninov y otra poderlo tocar. Y es que, así como hay textos que demandan más pericia por parte del lector, también hay partituras que demandan más pericia del instrumentista, lo cual se resuelve aplicando más atención, deteniéndose en los pasajes complicados o, siendo franco, teniendo más talento.

Finalmente, las letras y los signos musicales son señales escritas que nuestro cerebro procesará —después de una práctica considerable— de manera automática. Además, en los músicos se da una condición simétrica a la de los lectores de textos: ellos tampoco pueden evitar pensar en un “do” cuando ven un garabato que se posa sobre el tercer espacio de un pentagrama presidido por la clave de sol.