A Issa en su fase navideña.

Para estas fechas la narración de una navidad distinta derivada de una historia de mis hermanos Jesús Torres y Juan Luis Martínez, acontecida en diciembre de 1982, año en que se les ocurrió a este par festejar en la sierra de Arteaga en la cabaña de don Pancho Niño.

La vivienda del personaje estaba situada en el cañón de las Alazanas, para mayores señas en el llano que hoy pertenece al club de golf de Monterreal y que en aquellos años era un vasto territorio donde pastaban caballos salvajes.

Pancho Niño era el “cuidador” de esas heredades en compañía de su esposa doña Consuelo, pareja que en la época en que los conocimos andarían en los 60 años, aunque su apariencia era de más edad, por tratarse de gente muy “trabajada” al decir campirano.

La vivienda comprendía dos cuartos de dos aguas, uno pequeño de adobe que era utilizado como cocina-comedor que constaba de fogón, una barra a manera de despensa, un trastero y mesa con cuatro sillas de madera como inventario; y el siguiente, de madera, dividido en un espacio amplio en el que estaba enclavado un telar ( algo increíble e insólito) en cuya parte baja fue adaptado un colchón de lana en donde dormía la pareja y una recámara con dos camas individuales en donde antaño habitaba el hijo del matrimonio, en esos tiempos ya casado y con hogar en San Antonio de las Alazanas.

Había dos maneras de acceder a la cabaña, la primera era llegar al complejo vacacional y subir la serranía por el frente o ruta corta y la otra era la ruta larga, es decir, bajarse del camión en la plaza de San Antonio y dirigirse por las ultimas calles al camino al antiguo aserradero, vía que se iba angostando hasta convertirse en camino de los denominados burreros ( si optabas por ello llegabas agotado al aserradero y aún te faltaba subir unos 20 minutos en el cálculo de Chuy Torres o mi otro hermano Braulio Cárdenas,que eran algo así como 50 con el paso que estilábamos mi compadre “Paco Huevos” y este charro.

Chuy y Juan Luis partieron de la Central de Autobuses de Saltillo el viernes 23 de diciembre de 1982 en la corrida matinal del desvencijado autobús con ruta a San Antonio de las Alazanas y fueron recibidos por la pareja de los Niño a eso de las 16 horas, cuando se encontraron a don Pancho meditando en compañía de sus perros por entre el llano agitando una vara y, tras él, doña Consuelo a unos 10 metros cargada de un hato de leña en su espalda.

La cena de los visitantes ese día fueron huevos con salsa y unas tortillas de maíz recién hechas ,la de don Pancho unas “chachitas”, que era un cereal de trigo inflado que los paseantes le llevábamos como obsequio normalmente y que devoraba en dos días máximo.

La Nochebuena en el cañón de las Alazanas inició temprano. Chuy y Luis habían comprado dos pollos en el poblado y el hijo de don Pancho carne de cerdo que doña Consuelo convirtió en asado norteño con su respectiva sopa de arroz y frijoles.

Transcurrido el festín serrano, la charla sobre las historias del Sr. Niño, igual de maravillosas como irreales, rematando la noche con rifa de regalos consistentes en pertenecías de los invitados: el radio de Chuy, y la lámpara y la navaja de Juan Luis, de ahí a dormir, si es que podías ya que Pancho Niño dormía con la radio prendida en la “W” y la apagaba al despertarse.

Como dice la canción de Trigo: “Encendí un recuerdo y me lo fui fumando”, la Navidad distinta evocó la enseñanza que en los pequeños detalles mora una gran riqueza, dice el verdadero libro: «Haz, hijo, tus obras con modestia, así serás amado por el acepto a Dios. Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y ante el Señor hallarás gracia» (Eclesiástico 3, 17-18).

El Papa Pancho habla de una Navidad de cambios: “la Navidad trae cambios de vida inesperados y si nosotros queremos vivir la Navidad debemos abrir el corazón, estar dispuestos a las sorpresas, es decir, a un cambio de vida inesperado. La Navidad de Jesús no ofrece el calor seguro de la chimenea, sino el escalofrío divino que sacude la historia. La Navidad es la revancha de la humildad sobre la arrogancia, de la simplicidad sobre la abundancia, del silencio sobre el alboroto, de la oración sobre “mi tiempo”, de Dios sobre mi “yo”.

Una Navidad con sus familias, con los suyos en donde la felicidad sea la luz que ilumine y la divinidad su guía, es el propósito de la época y el deseo a mis lectores en este año que finaliza.