En temporada de frío, quien transita entre Saltillo y Monterrey con cierta regularidad debe estar muy atento a las condiciones meteorológicas. Con frecuencia existe la posibilidad de que la carretera se encuentre cerrada por exceso de niebla. Lo mismo pasa con el aeropuerto de Saltillo. No es extraño toparnos con noticias de que la carretera o el aeropuerto están cerrados por neblina.

Habiendo pasado muchos años de mi vida entre Saltillo y Monterrey me ha tocado padecer la neblina. Recuerdo, como si fuera ayer, que en 1997 tomé un vuelo México a Saltillo en la desaparecida aerolínea TAESA. Después de tres intentos de aterrizar en Saltillo, el piloto decidió que era imposible por falta de visibilidad (y supongo de tecnología en el avión y/o aeropuerto). Unas 4 horas después de despegar del aeropuerto de la ahora llamada CDMX, estaba aterrizando de nuevo en la misma pista. También recuerdo haber manejado con neblina espesa de Saltillo a Monterrey –o viceversa– incontables ocasiones y en algunos casos con neblina que no dejaba ver la punta del cofre.

La sensación de manejar en la neblina es difícil de describir. Incertidumbre, sorpresa de que de pronto la neblina desaparece y reaparece sin aparente motivo o que se vuelve más espesa cuando uno piensa que es imposible que esté peor. No hay forma, que yo sepa, de predecirla o medirla. Los conductores se topan con ella y reaccionan de distinta forma. Casi todos, supongo, manejan con palmas sudorosas, algunos activan sus intermitentes, otros reducen su velocidad, hay quien tiene faros especiales, los más irresponsables pretenden que la neblina no existe y cambian poco su forma de manejar. En general, todo va más lento y se siente como si estuvieras en otra dimensión donde no es clara la dirección que seguimos. Con todo y eso, nunca sentí la necesidad de tener que regresarme por culpa de la neblina.

Así es como percibo al México actual, sumido en una densa neblina que nos llena de dudas sobre el rumbo y la necesidad de seguir adelante. Los distintos actores de la vida del País no sabemos cómo reaccionar. Ciudadanos de a pie, políticos, empresarios, el nuevo Presidente, los opinadores profesionales, la derecha, la izquierda, los jóvenes y los mayores, los del norte o los del sur, cada uno está actuando dentro de esta neblina con la libertad que hasta ahora se goza en el País, pero no necesariamente con la responsabilidad que nos pueda poner del otro lado del banco de niebla sanos y salvos. Nadie puede pretender que México es Noruega (y no me refiero a si Noruega padece de más neblina). Nos falta mucho camino por recorrer y una serie larga de decisiones acertadas para aspirar a ser un país desarrollado, sobre todo cuando hay 50 millones de pobres, un país fundamentalmente inseguro y rebasado por el crimen y la corrupción. ¿Por dónde debemos empezar? Las buenas intenciones no nos llevarán muy lejos, aunque son indispensables. La voluntad de hacer las cosas bien no mostrará resultados inmediatos, pero si somos perseverantes veremos gradualmente un cambio. Aun así debemos mantener la buena intención y la voluntad, no podemos rendirnos porque pasamos un banco de niebla. No hace muchos meses los mexicanos llegamos a la conclusión de que el camino en el que íbamos no era el correcto y decidimos cambiar de camino y de conductor. El cambio del 2000 nos quedó mal, ahora hay otra receta que enfrenta neblina espesa. Nos faltan datos. Quien maneja no explica a quienes vamos de pasajeros el porqué es necesario ir tan rápido o por el carril izquierdo. Se vuelve más complicado no sentir ansiedad de estar siendo conducidos por alguien que sólo nos dice que las cosas estarán mejor sin prueba alguna. Se vuelve un acto de fe para el cual gradualmente habremos menos creyentes si el conductor no se mueve del rollo a los datos. Es pronto para regresarnos, pero ante la neblina que impera, urge que el que maneja sea claro y firme.

@josedenigris

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