Hace años el historiador francés Marc Bloch pensó que lo que se conocía por “historia” era una especie de edificio compuesto por ladrillos colocados uno tras otro. Se reunían datos e instalaban de manera ordenada sin atreverse a penetrar más allá del documento. Escribió un pequeño libro que no vio la luz porque él participaba en la Resistencia francesa; fue atrapado por los nazis y fusilado. Tiempo antes había fundado una revista que cambió el concepto de historia que se hacía en Europa, influyó en Estados Unidos y poco a poco en Latinoamérica, Japón, Israel y la misma Unión Soviética. El texto inédito lo dio a conocer su colaborador Lucien Febvre y luego su hijo lo aumentó con notas y fichas que dejó su padre. La historiografía francesa cambió esta profesión. Casi nada más se escribía historia política, militar y biográfica (“los grandes hombres”) y, tras Bloch, se pasó a considerar otros “sujetos”, como las mujeres, la vida privada, las mentalidades, los marginados (“la gente sin historia”; que en realidad tenía una muy interesante), las enfermedades, etcétera.

Cuando el rector Mario Alberto Ochoa quiso reelegirse pasó por cada escuela o facultad de la Universidad Autónoma de Coahuila haciendo campaña. En Psicología dijo que uno de sus proyectos era la creación de dos escuelas: Historia y Filosofía. Propició la primera pero no la segunda, por desgracia. Así nació la escuelita de historia: sin propaganda, sin boato y con pocos recursos, pero con mística y unas ganas enormes de innovar. Había objetivos claros: búsqueda incansable de documentos, análisis crítico de los mismos, teorización de la ciencia y de cada tema y, aunque parezca pretencioso, intento de erudición o visión enciclopédica (conocimiento circular: no hay historia comprensible sin contexto). Un punto clave de la parte didáctica consistió en favorecer la lectura y escritura de los alumnos y, como consecuencia, obligar a los maestros a revisar cada escrito y regresarlo a su autor para que adquiera la práctica de la escritura.

La escuela fue nombrada de Ciencias Sociales, a sugerencia de Quico Cepeda, significando que no sólo estudiaría el pasado sino que se pondrían los pies en el presente. Ahora, tras 10 años de existir, conseguimos (en un arduo proceso) la aprobación de una “Maestría en Historia del Noreste de México y Texas” que iniciará en agosto. Nuestro entusiasmo es descomunal y el de algunos candidatos no es menor. La Dra. Cristina Martínez, directora de la Escuela, encabezó el proyecto. Entre profesores y alumnos elegimos como coordinador de la maestría al Dr. Gabino Castillo. Ella, arqueóloga y socióloga; él, historiador. 

Creo que hemos llevado adelante con ética, conocimientos y esfuerzo la responsabilidad de formar jóvenes (hemos tenido viejos, algunos de más edad que sus maestros). Los estudiantes estudian y también se divierten, son participativos y, a menudo, hipercríticos hacia nosotros; y ese no es un defecto. En años pasados me pidieron que impartiera un curso de latín. Lo di en tiempos libres porque no es parte del programa. Se anotaron 18. Antes de clase cantábamos el himno medieval: “Gaudeamus igitur juvenes dum sumus” (alegrémonos mientras somos jóvenes porque tras una fastidiosa vejez nos recibirá una tumba), que en los tiempos góticos entonaban los goliardos estudiantes del Barrio Latino de París: bebedores, divertidos, gritones y satíricos. Y los de hoy se les parecen y por ello los aceptamos como son, pero no promovemos la bebida.

Unos jóvenes bulliciosos desearon saber latín; otros trabajan en una investigación interesantísima que realizamos en 11 ejidos de General Cepeda cuyos resultados publicaremos; otros convivieron con la comunidad de negros mascogos, en Múzquiz, de lo que salió un hermoso libro; otros más, por medio de servicio social, organizaron archivos: el municipal de Mazapil, Zacatecas y el parroquial de Monclova. Es parte esencial de su formación y un modo de regresar a la sociedad lo que reciben de ella en la universidad pública. 

Guadalupe Sánchez de la O publicó un libro-crónica sobre estos 10 años de la Escuela. Habla de los sucesos, de lo bueno y de lo no tanto. Anota los títulos de los 53 libros publicados y de congresos y seminarios organizados por la Escuela. Con la maestría se da un paso adelante.