Ilustración: Nayrda M.

Cruzó la puerta con la ayuda de mi hermano. Él nunca la mencionó en las cenas familiares. Pero ella estaba ahí, con una pequeña maleta y con la boca bien cerrada. La recuerdo desde entonces como una de esas mujeres que no sale sin tacones y que presume sus piernas largas, con un vestido negro a las rodillas y blusa holgada.

Parecía una chica normal, salvo por esa cara con nariz de cuervo que hacía juego con sus grandes ojos de mosca.

Estábamos todos sentados, esperando a que dijera algo, pero de mi hermano salió un “vamos a estar arriba” apenas perceptible que rompió la espera. Luego, como si fueran ladrones, subieron las escaleras sin hacer mucho ruido y se perdieron en el segundo piso de la casa. Mis padres se miraron a los ojos y siguieron hablando sobre los nublados días.

No confié en ella. No sabía nada de esa mujer. Mi hermano siempre buscaba que nos diéramos cuenta de sus conquistas, pero de ésta no supimos ni siquiera su nombre.

Le pregunté a mi madre que si le diría algo, pero sólo ignoró mi comentario como si bloqueara una discusión conmigo. Iba a insistir en la respuesta, pero lo dejé pasar cuando vi su maleta cerca de nosotros. Me acerqué a ella sin importarme el regaño de mi madre por meterme en lo que no me importa y observé que llevaba una etiqueta que decía “Maricela”, con letras blanquinegras, cursivas y delineadas. “¿Quién etiqueta una maleta sólo con un nombre y sin direcciones?” me pregunté antes de abrirla por completo, pero estaba casi vacía, y digo casi porque sólo la llenaba un olor rancio que no dejé salir al ver que la “nada” la invadía.

Me sentí paranoica al no ver a mis papás preocupados. Ellos seguían ahí: mi madre como era su costumbre, escuchaba la radio mientras leía su biblia y mi padre hacía lo que otros padres, hacer cosas sin que nadie se enterara de ello. Pero yo no podía dejar de pensar en esa mujer que seguía arriba con mi hermano: un hombre que a sus casi treinta años permanecía en la casa de sus padres como si le tuviera miedo al mundo.

Él lo tenía todo, desde su auto del año hasta su propia casa, pero prefería seguir con mi madre, a quien no le importaba que entraran mujeres que nadie conocía.

En cuanto a mí, no hacía mucho que habíamos celebrado mi cumpleaños dieciocho cuando ella llegó. Aunque ahora no lo parezca, yo era bonita como tú, y enamoraba a los vecinos que ahora no me ven.

Nuestro hogar estaba en esa esquina. Incluso te la puedes imaginar: mírala. Dónde está ese arbusto se encontraba la puerta de acero que mi padre mandó hacer para nuestra protección. Cerca de aquellas bolsas de basura estaba lo cocina y, frente a ellas, todavía puedo ver la sala donde recibíamos la tarde cada día mis padres y yo. Luego, si se alcanza a ver desde aquí, frente a aquella luminaria estaba mi cuarto. Desde ahí escuchaba todas las mañanas a las palomas que me despertaban antes de que mi hermano se fuera a trabajar. También, a la misma altura y hacia el fondo, pegada a esa casa amarilla estaba el cuarto de mi hermano y abajo se encontraba el cuarto de mis padres. No sé cómo aguantaban esas noches en las que mi hermano empujaba su cama contra la pared cuando dejaba entrar a esas mujeres.

Pero ella era diferente. En el breve instante en que la vi, intuí que algo la había llevado hasta nuestra casa. Y lo supe. Al terminar la tarde con mis padres, mi hermano y ella seguían en su cuarto y yo en el mío. Había un silencio tan incomodo que tuve que encender el viejo televisor, hasta que lo apagué al oír un ruido cortado, como si algo siseara.

Me acerqué hasta mi puerta para escucharlo mejor, pero se detuvo con un ligero golpeteo. Respiré y abrí con cuidado. No había más que oscuridad en la pequeña estancia que separaba nuestros cuartos. Quise cerrar la puerta, pero algo tras ella no me dejó hacerlo. Al abrirla de nuevo sentí que ya no estaba sola. Algo en mi recamara me acompañaba, algo que cerró la puerta despacio, como si le diera una vuelta a la hoja de algún libro. Busqué el interruptor de luz, pero había desaparecido. Y ese algo seguía por ahí en un rincón, observándome. No hice nada, más que esperar a que se fuera, y el cansancio me hizo dormir sobre la alfombra. Desperté cuando las palomas cuchicheaban sobre el amanecer. La puerta de mi cuarto estaba abierta. Fui a la cocina a contarle a mi madre lo que había pasado y sólo alcanzó a decirme que le pasara el azúcar. Luego me sirvió una taza de café. La acepté y esperé a que bajara mi hermano pero nunca lo hizo.

Subí de nuevo para saber qué había pasado con la mujer. Pero él no abrió. Sólo los murmullos tras la puerta indicaban que seguían ahí. Lo dejé pasar porque empezaba a obsesionarme y decidí seguir con mi vida.

Pasaron los días, daba vuelta a mi rutina, iba al trabajo, comía con mis padres y leía por las noches, pero algo en la cotidianeidad faltaba: ya no veía a mi hermano. Cuando pregunté por él mis padres dijeron que estaba con esa mujer en algún lugar. Dejé de pensar en él cuando las cosas comenzaron a desaparecer. Primero fueron las palomas, sin ellas no podía despertar temprano; luego, las almohadas de mi cama que, por alguna razón desaparecieron de una en una; a mi maquillaje, cepillos y ligas para el cabello, les pasó lo mismo. Algo pasaba y sabía quién lo había hecho.

Una tarde, luego de escuchar voces en la recámara de mi hermano, quise confrontarla. Pero la maleta frente a su puerta me dejó congelada cuando vi que tenía una etiqueta con mi nombre. La tomé y bajé a la sala, mis padres seguían su ritual de no hacer nada y continuaron cuando se las mostré. Intenté abrirla frente a ellos pero estaba atorada.

Regresé a mi cuarto. Tomé unas tijeras y corté el cierre. Las almohadas salieron disparadas por la presión con la que las guardaron, dentro también estaba ese olor repugnante, mi maquillaje y lo que se me había perdido.

Mi respiración crecía cada vez que descubría algo mío en esa maleta. Pensaba que la mujer ya había sobrepasado los límites que ni siquiera yo conocía. Así que dejé la maleta y fui de nuevo al cuarto de mi hermano. Toqué y grité pero nadie abrió hasta que, al darme media vuelta para regresar a mi cuarto, escuché la voz de mi hermano entrecortada.

-¿Qué quieres?- dijo a lo lejos. Un silencio abordó la casa y la puerta se abrió. Entré, pero la oscuridad, alimentada por una tela negra sobre la ventana, no me dejó verlo. No logré pronunciar su nombre y cuando él me respondió, la puerta se cerró tras de mí.

Al caminar hacia su voz, ramas secas se quebraban bajo mis pies. Mis brazos y piernas se sentían como si pasara por un campo de arbustos secos que no me dejaban llegar hasta donde estaba. –Ya es tarde –lo oí decir a lo lejos– es ahora nuestro nido.

Al escucharlo sentí una mano que tomaba mi espalda, di media vuelta hacia la puerta y ahí estaba ella. Cuando la vi sentí como si pedazos de astillas corrieran por mi sangre. Ella era una con la oscuridad que invadía el cuarto. Estaba frente a mí. Su nariz puntiaguda estaba pegada junto a la mía. El aire que exhalaba era el mismo olor de la maleta. Grité y se quitó de enfrente. Corrí hacia la puerta. No podía abrirla hasta que ella lo hizo, pero cuando logré salir caí del segundo piso hasta la calle. Desde abajo vi cómo mi casa se destruía con mi familia adentro. Me había quedado sin nada. Busqué ayuda pero los golpes y los arañazos en mi cara hacían que la gente rechazara verme. Ella me lo quitó todo.

Viví en los restos de mi casa por mucho tiempo. Fui marginada por las personas, nadie me miraba hasta que me dijiste buenos días hoy por la mañana.

Me pareció extraño que te dieras cuenta que estaba ahí, por eso decidí seguirte hasta tu casa, que de verdad se parece mucho a la mía.

Vi cuando entraste y vi también a ese hombre joven que llegó con ella a tu casa. Estoy segura de que es ella. Incluso me atrevo a decir que antes de que yo tocara a tu puerta ibas a abrir su maleta ¿verdad?