“El vino puede sacar cosas que el hombre se calla…”, reza la canción del bien recordado Alberto Cortés, y la traigo a colación porque la pandemia que hoy nos arrebata está sacando lo mejor, pero también lo peor de esta especie denominada humana, a la que pertenecemos. Este mal del siglo XXI que nos cayó como maldición, igual que otros que asolaron en el pasado, en el que murieron millones de personas, con toda la escalada de dolor y pesadumbre que provocan, con los estragos que dejan a su paso y de los que hay levantarse porque la vida sigue. A la gente se le conoce por sus hechos, por su actuar, y no tiene vuelta la afirmación, está probada per secula seculorum.

El COVID es una plaga que puede contagiar a quien sea, al margen de su edad, posición económica, social, preparación académica, sexo, etc., etc.,…Y está poniendo a la vista que hay dos tipos de personas, por un lado, los valemadristas –discúlpeme la palabrota generoso lector- , esa caterva de irresponsables a los que les importa un comino su salud y por supuesto que la de los demás, menos pero mucho menos, y celebra con fiestas de mucho o poco postín, pero repletas de “convidados” a los que les tiene muy sin cuidado contagiarse y contagiar, que no respetan ninguna regla de sanidad y se conducen como si fueran inmunes a semejante peste. En el otro grupo están los cínicos, los desvergonzados, los frescos, los que se creen hechos a mano porque ocupan un cargo público, y aprovechándose de la posición se vacunan por adelantado en detrimento del orden pre establecido. ¡Que desfachatez! Hay tantos mexicanos considerados como de alto riesgo, pues les importa sorbete, y ellos van primero. ¡Qué ejemplo tan “edificante” de solidaridad con sus congéneres¡ Dan ejemplo miserable de cómo se manda a paseo el compromiso público. Me queda claro que todos tenemos derecho a la salud, pero no a costa de la vida de los demás. Se supone que están enterados del orden de la vacunación… ¿Y? Por este tipo de mezquindades, entre otras muchas, resulta tan despreciable la clase política. Por el actuar de unos cuantos se generaliza la pobre opinión que sobre ella se tiene. A ver si les pasan la factura en la elección que tenemos en puerta el 6 de junio.

Por otro lado, pero en la misma tesitura, me pregunto por qué el presidente López Obrador acuerda con el presidente Vladimir Putin de Rusia la compra de 24 millones de dosis de una vacuna que carece del aval de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris), así como de la FDA, y otros organismos de regulación sanitaria internacional. Faltan los resultados de la tercera etapa de la Sputnik V, vinculada con su eficacia y rechazos que pueda tener al aplicarse a personas de cierto rango de edad. ¿Esto no importa?

Hace un año, el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, le dijo al mundo “que tenía la oportunidad de impedir la propagación de este virus y algunos escucharon y otros no”. Fuimos de los países que no escuchamos la alarma. En el momento en que esto escribo esta es nuestra realidad: 1,806,849 contagios y 153 mil 639 muertes relacionadas con el coronavirus. Son horas oscuras las que estamos viviendo y es momento de hacer reconsideraciones, tanto por parte de la autoridad federal que es el eje central de las acciones para enfrentar el virus, y que ha dejado hasta ahora mucho que desear, para decirlo de manera educada, verbi gratia, su programa de aplicación de vacunas es deficiente, muy deficiente, ojalá que se dejarán ayudar; pero también de compatriotas que siguen sin entender que el virus mata, que es altamente contagioso, que tiene mutaciones que lo hacen más difícil de combatir, que no hay medicina todavía para abatirlo, que las vacunas son una esperanza…si esperanza. Si viviéramos solos y en una isla, no habría ningún problema, pero vivimos en espacios poblados por más personas, y entre más seamos, el riesgo de contagio es más alto. Ya algunos de nosotros hemos tenido que llorar parientes y amigos que se han ido a causa del COVID. Hagámonos cargo de la responsabilidad que nos toca a título personal, nada más y nada menos.

Son tiempos para recuperar la humanidad de la que nos hemos ido desprendiendo sin ningún prurito y que de continuar así será nuestra espada de Damocles, se revertirá en contra nuestra. Ya ha sucedido en otras épocas. De ahí la frase de Hobbes: “El hombre es el lobo del hombre”.