La Laguna es una región extraña: sus municipios, pese a su carácter conurbado, no se terminan nunca de hermanar. Brota de esta zona una suerte de chauvinismo fragmentado: de cara al País aflora el orgullo regional y se presumen como propios los elementos identitarios del sitio de enfrente, pero fronteras adentro la dimensión de tu “ser lagunero” se ve determinada por el municipio que habites; y en ese sentido Torreón ha sido siempre el bully, el que se erige como referente regional en detrimento de las otras localidades, menos vistosas, pero que se defienden como pueden ante un “hermano mayor” que, si bien no es para nada un derroche de cualidades, siempre se ha sentido con la suficiente estatura moral para marcar la pauta en muchos devenires de la vida regional. 

El tema que llega de botepronto cuando se busca argumentar que en La Laguna muchas decisiones no se toman con visión metropolitana, es el de los horarios para la venta de alcohol. En este, como en otros asuntos, las implicaciones jurídicas parten del elemento básico de la soberanía estatal: al hablar de dos entidades federativas tan distintas como Coahuila y Durango, se da por entendido que no todos los criterios pueden homologarse aun cuando miles de personas hacen su vida cotidiana transitando continuamente en ambos lados del río Nazas. O posiblemente, apelando a un concepto que de tan usado corre el riesgo de volverse vacuo, como lo es el de la “voluntad política”, las cosas sí podrían volverse funcionales para la masa comarcana. Botón de muestra: el modelo de seguridad pública implementado en La Laguna a través de un Mando Especial, que redujo ostensiblemente los delitos de alto impacto en la región.

Pero volviendo al tema del alcohol, en La Laguna la práctica histórica ha sido que cuando en Coahuila se dejan de vender bebidas embriagantes (en su momento a las 21:00 horas y en los últimos años a las 23:00), hordas de consumidores cruzan los puentes desde Torreón para adquirir el producto en los municipios laguneros duranguenses, sobretodo Gómez Palacio, donde la venta no conoce límites de horario. Esto se justificaba con el argumento de que al no restringirse los horarios, se inhibía la operación de puntos de venta clandestinos que representan un problema de seguridad pública. 

El reclamo del comercio ha sido que los negocios gomezpalatinos reciben el flujo de dinero que bien podría quedarse en Torreón si los horarios para la venta de alcohol estuvieran homologados. Otro argumento a favor de la homologación es que mientras del lado coahuilense los bares cierran a las dos de la mañana, del lado duranguense permanecen abiertos casi toda la noche, lo que incrementa los riesgos de incidentes de tráfico aun pese a los operativos antialcohol. Esta discusión ha vuelto a ser tema durante la semana luego de que se anunciara que el área jurídica del nuevo ayuntamiento de Gómez Palacio, encabezado por Marina Vitela, está delineando justamente la homologación de horarios con Torreón.

Sin embargo este asunto, que puede parecer fútil, es una muestra de que en términos prácticos los gobiernos laguneros han carecido de visión metropolitana. El tema de la movilidad ha dado cuenta de ello, incluso a nivel nacional, cuando el presidente AMLO dio reversa al proyecto del Metrobús para La Laguna de Durango con aquella criticada consulta a mano alzada. Y es que en realidad ese emproblemado proyecto, que en Coahuila sigue construyéndose con múltiples retrasos, siempre estuvo desconectado de origen en su parte duranguense. Lo que se pensaba que podría ser un auténtico proyecto metropolitano, que le facilitara la vida a miles de comarcanos al dotarlos de una opción de transporte diferente a los deplorables camiones que irregularmente circulan, sigue en incertidumbre. Así es La Laguna: una zona donde la vida con enfoque metropolitano se ha quedado, en muchos rubros, en el endeble discurso; una región de municipios geográficamente juntos, pero no hermanados; una región fragmentada, como su chauvinismo. 


@manuserrato 
Manuel Serrato