(En esta y próximas colaboraciones, presentaré temas que expuse en una conferencia que impartí en 1992; al releerla comprobé que -tristemente- la situación no ha cambiado).

En los albores de la cultura el hombre primitivo se encontraba ligado a su mundo natural, a su tierra, a su agua y a su aire, al círculo del sol, al universo de las sombras, a la humedad del ambiente, a los vientos característicos que anunciaban la lluvia, al ciclo del día y de la noche, al cambio de las estaciones y al ritmo de la vegetación. Esta situación persistió durante muchos siglos.

Paralelo al desarrollo industrial, se manifestó un crecimiento de la población mundial de manera vertiginosa. En tiempos del descubrimiento de América vivían en la tierra aproximadamente 250 millones de personas; en 1800 eran 978 millones, en 1960, 3 mil millones; en 2019, la población mundial es de 7.6 mil millones y se espera que para 2050 ascienda a 9 mil 700 millones de personas (http://poblacion.population.city/world/).

No cabe duda que el peor enemigo del planeta, es el aumento del número de sus pobladores, cada uno de los cuales es un depredador que vive devorando y ensuciando el medio ambiente; contribuyendo al desequilibrio del ecosistema.

En los países con niveles de vida más altos, el crecimiento de la población es mucho menor que en los subdesarrollados, por lo que parece presumible que al alcanzar éstos mejores condiciones de vida, disminuirá su ritmo de aumento de la población. Es necesario que se realice una toma de conciencia del problema de la natalidad. Aparte de que la familia pequeña viva mejor, también ayuda a la preservación del planeta. La verdad es ésta: la tierra es un espacio limitado, con recursos limitados y no puede ser explotada al infinito por un número creciente de pobladores.

Tratar de exponer de una manera objetiva la situación real de la problemática de la contaminación ambiental a nivel mundial, es una tarea muy difícil. Sin embargo en los momentos actuales son evidentes los siguientes hechos: la población mundial crece a un ritmo acelerado; la superficie de tierras cultivables no aumenta al ritmo que lo hace la población, ni lo hace tampoco la producción de alimentos; el consumo de materiales y de energía crece a un ritmo exponencial. En consecuencia, se producen volúmenes de residuos cada vez mayores y se despilfarran cantidades de energía también en aumento; las formas naturales de vida se encuentran en regresión, habiendo desaparecido completamente del planeta numerosas especies animales y vegetales, y hallándose otras en peligro de extinción; la erosión de la superficie terrestre crece a pasos agigantados, a causa de una explotación irracional y abusiva del suelo; y, muchos de los alimentos que consumimos diariamente, están contaminados por los pesticidas que fueron utilizados para su producción y/o por químicos que estimulan el crecimiento de plantas y animales. Estas sustancias también están deteriorando las tierras de cultivo, por intervenir en el rompimiento de cadenas alimenticias, en el mismo medio ecológico en que fueron utilizadas.

Todos estos rasgos de la realidad actual, que por supuesto no la caracterizan exhaustivamente, son de importancia suficiente para alarmar y poner en guardia a una sociedad totalmente despreocupada. Si hacemos un estudio somero de las condiciones anteriormente mencionadas, podemos llegar a las siguientes conclusiones: La producción de alimentos podría mejorarse si se aprovecharan de forma más racional las superficies fértiles, y si las explotaciones agrícolas se hicieran en forma acorde con el ecosistema. Es necesario explotar al máximo las tecnologías modernas para la producción de alimentos, con las cuales según está perfectamente demostrado se pueden tener rendimientos hasta diez veces mayores que con las técnicas tradicionales. Para que esto se pueda llevar a cabo, es necesario un cambio de actitud, no solamente de los agricultores, sino de las autoridades y público en general. Las reservas conocidas de materiales y de energía pueden incrementarse con nuevos descubrimientos, en zonas hasta ahora poco exploradas.

La protección de la flora y la fauna podría y debería incrementarse, creando nuevas reservas y parques naturales, restringiendo la caza indiscriminada y adoptando medidas estrictas para la protección de las especies.

Estas medidas tendrían resultados si los gobiernos estuvieran conscientes de la importancia de implementarlas y de hacerlas efectivas con leyes y castigos severos, que no serán necesarios si la autoridad participa y la población coopera.

La realidad es que no somos conscientes ni estamos preparados para percibir en qué forma y hasta qué nivel se está descomponiendo nuestro medio ambiente. Lamentablemente el número de contaminantes que pueden ser tangibles o localizados por el ciudadano común, son los menos, comparados con los que no pueden ser fácilmente detectables. (Continuará…)

Nota: En días pasados la revista “Alcaldes de México” le otorgo un reconocimiento a Saltillo por su “Agenda ambiental”, en la que impulsa el cuidado y consumo responsable del agua (?); realiza monitoreo y control de la calidad del aire (?); conserva las áreas naturales (?); reduce y separa residuos sólidos (?); Y fortalece la generación de energías renovables (?) ¿Tú conoces estas actividades? ¡Yo tampoco!

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