La producción de alimentos podría mejorarse si se aprovecharan más racionalmente las superficies fértiles, y si las explotaciones agrícolas se hicieran acorde con el ecosistema

Las consecuencias de la explosión demográfica tan pronunciada en nuestro siglo ya son severas en muchos lugares, y lo serán aún más en el futuro. Antes de que los humanos sean eliminados por el hambre, la sed u otros factores, es seguro que la calidad de la vida en la tierra disminuirá. Es una realidad indiscutible que muchos bosques y lugares silvestres han desaparecido y seguirán desapareciendo, siendo reemplazados por ciudades y fábricas.

En los países con niveles de vida más altos, el crecimiento de la población es más reducido que en los subdesarrollados, por lo que es presumible que al alcanzar éstas condiciones de vida, disminuirá su ritmo de aumento de la población. Es decir, que podría establecerse una relación inversamente proporcional entre el mejoramiento del nivel de vida y el incremento del número de habitantes. Considerando esta premisa, hemos podido observar cómo la pérdida de la calidad de vida en las poblaciones urbanas y rurales, presenta una estrecha relación con los procesos de empobrecimiento social y deterioro ambiental. En el ámbito rural, los pobres son a menudo marginados a tierras menos productivas y más frágiles, las que, mal manejadas por falta de medios o por la necesidad de la supervivencia, terminan con suelos deteriorados, generando un mayor empobrecimiento de los campesinos marginales, quienes finalmente emigran a otras áreas más alejadas o –principalmente- a los núcleos urbanos, contribuyendo al explosivo e insostenible proceso de urbanización desordenada, característico de países subdesarrollados. 

En el ámbito urbano, la proporción de personas que habita en barrios marginados con viviendas precarias, aumenta cada día en las principales ciudades de nuestro país, ocasionando que un mayor número de pobladores carezcan de educación, salud y transporte, de servicios de agua potable, de sistemas de saneamiento para las descargas de aguas negras, de manejo y disposición adecuados de la  basura domiciliaria; entre otros elementos necesarios para llevar una vida digna. El resultado son asentamientos ilegales, que proliferan por todas partes y se caracterizan por sus construcciones hechas al vapor con materiales de desecho, superpoblación creciente y aumento de las enfermedades, como consecuencia de un medio ambiente degradado e insalubre. 

 Esta asociación entre el empobrecimiento social y la degradación del medio ambiente urbano, se ha vuelto una amenaza creciente en nuestro país. Para enfrentarla, es necesario elaborar y aplicar estrategias que permitan manejar tal problemática de manera integral entre: lo social, lo económico y lo ambiental, en su conjunto.  

En los momentos actuales es evidente que: 1) La población crece a un ritmo  acelerado, 2) La superficie de tierras cultivables no aumenta al ritmo en que lo hace la población ni lo hace tampoco la producción de alimentos, 3) El consumo de materiales y de energía crece a un ritmo exponencial. En consecuencia, se producen volúmenes de residuos cada vez mayores y se dilapidan cantidades de energía también en aumento. Las formas naturales de vida se encuentran en regresión por dondequiera, habiendo desaparecido completamente del planeta numerosas especies animales y vegetales, y hallándose otras en peligro de extinción. La erosión de la superficie terrestre crece a pasos agigantados, a causa de una explotación irracional y abusiva del suelo.  

Estos rasgos de la realidad actual, son de importancia suficiente para alarmar y poner en guardia a una sociedad totalmente despreocupada de las formas de vida más sencillas. Sin embargo si hacemos un estudio somero de las condiciones anteriormente mencionadas podemos llegar a las siguientes reflexiones:

La producción de alimentos podría mejorarse si se aprovecharan de forma más racional las superficies fértiles, y si las explotaciones agrícolas se hicieran en forma acorde con el ecosistema. Es necesario explotar al máximo las tecnologías modernas para la producción de alimentos, con las cuales se pueden tener rendimientos hasta diez veces mayores que con las técnicas tradicionales. El producto de las cosechas deberá de expresarse en cantidades de proteínas o unidades alimenticias por unidad de superficie, en lugar de kilogramos o toneladas por hectárea. Para que esto se pueda llevar a cabo, es necesario un cambio de actitud.

Las reservas conocidas de materiales y de energía pueden incrementarse con nuevos descubrimientos, cuando se aumente la labor de investigación en zonas hasta ahora poco exploradas. Paralelamente, la tecnología del beneficio de los materiales puede mejorarse, de forma que sea factible su aplicación a niveles hasta ahora no rentables. Es posible la  utilización de tecnologías que reduzcan la producción de residuos y la dilapidación de energías, y que hagan posible el aprovechamiento de residuos de los procesos productivos, como nuevas materias primas.  

La protección de la flora y la fauna podrían incrementarse creando nuevas reservas y parques naturales, restringiendo la caza indiscriminada y eliminando la cacería furtiva, adoptando medidas estrictas para la protección de las especies. (Continuará)

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RODOLFO GARZA GUTIÉRREZ