Solamente la acción del Estado puede ofrecer una respuesta capaz de revertir los efectos catastróficos que sobre la actividad económica ha tenido la pandemia

Se ha dicho en múltiples ocasiones, pero no por ello debe dejar de repetirse: los efectos de la pandemia causada por la llegada del coronavirus serán más doloroso y duraderos en el terreno de la economía. Eso no minimiza la tragedia que implica la pérdida de vidas humanas, desde luego, pero la gran batalla que sigue no es de carácter sanitario.

Cientos de miles de puestos de trabajo se han perdido. Eso implica que miles de familias no cuentan en este momento con una fuente de sustento y procurar que esa realidad cambie, lo más pronto que sea posible, debe ser nuestra preocupación más importante.

En ese sentido, resulta indispensable decirlo, la solidaridad que cada uno de nosotros pueda expresar –cualquiera que sea la forma de hacerlo– es insuficiente. Y lo es porque el apoyo que individualmente podemos ofrecer es limitado y no puede sostenerse indefinidamente en el tiempo.

La única forma en que realmente puede aliviarse la situación complicada por la que atraviesan quienes han perdido su trabajo es que lo recuperen, o que encuentren otro que les garantice un ingreso constante mediante el cual sufragar las necesidades propias y de su familia.

Y en ese terreno, solamente la acción del Estado puede ofrecer una respuesta capaz de revertir los efectos catastróficos que sobre la actividad económica ha tenido la pandemia.

El comentario viene a propósito del reporte que publicamos en esta edición, relativo al cierre masivo de negocios que es posible observar en los corredores comerciales de Saltillo y que seguramente se reproduce en los de cualquier ciudad de País.

Decenas de locales comerciales cerrados; espacios con anuncios de renta; comerciantes que no tienen claridad de lo que les aguarda el futuro inmediato. La incertidumbre como única certeza.

No estamos hablando solamente de los empresarios, de las personas que han arriesgado su capital en un negocio en el cual han fincado sus esperanzas de prosperidad y de un futuro más promisorio. Estamos hablando de las miles y miles de personas que tienen en dichos emprendimientos su fuente de sustento cotidiano y que hoy lo han perdido.

Por eso es que al hablar de apoyar a la iniciativa privada no se está planteando que se “rescate” a los poseedores de enormes fortunas, o a presuntos oligarcas que concentran la mayor parte de la riqueza del País. De lo que se habla, de manera fundamental, es de voltear a ver a los pequeños y medianos empresarios que lo han perdido todo –o están a punto de ello– debido a la contingencia sanitaria.

A quienes se encuentran en esta situación son a los que resulta indispensable, urgente, apoyar, no con el propósito de restaurar sus patrimonios personales, sino con la intención de impedir que las personas cuyo ingreso depende de la supervivencia de tales empresas queden en el desamparo en los meses –o los años– por venir.

No debería ser tan difícil entender esto.