Cuando desde los poderes públicos se estima, verbi gratia, que la pluralidad, la diferencia de opiniones y la libre elección individual son una piedra en el zapato, estamos sin duda alguna frente a un totalitarismo de baja intensidad, pero totalitarismo al fin. Estamos inmersos en una democracia contaminada, pervertida. El antídoto para este mal tan propio, por desgracia, de poblaciones con altos índices de subdesarrollo, es sin duda la participación ciudadana. Hemos visto en las últimas semanas un fenómeno inusual en nuestro País, entre las cosas positivas que ha generado la transformación de cuarta del presidente Andrés Manuel López Obrador, es que la gente empiece a cobrar conciencia de que no es sano seguir comportándose como extranjero en tierra propia, y han iniciado las movilizaciones para manifestar el desacuerdo con las políticas implementadas por el régimen, o sea, se está transitando a una congruente acción responsable. Y es que no hay mejor instrumento para expresar las discrepancias que a través de un compromiso casado con la honestidad y la racionalidad, en cada acción que se emprenda, para llamar al titular del Ejecutivo a escuchar a quienes le pagan la dieta, al margen de que hayas votado o no por él en julio del 2018. Urgen políticos con sentido común y sentido de estado.

Quienes hemos participado en las marchas, la última el pasado 30 de junio, lo hemos hecho en nuestra calidad de mexicanos, con nuestra investidura ciudadana, al margen de colores e ideologías partidistas. Se trata de un compromiso que implica el llamamiento a la autoridad para que ésta entienda que no debe tomar decisiones de manera unilateral, atendiendo sólo a su concepción de una realidad que es más grande, pero mucho más grande que la que ha creado en su imaginario de entelequias. México es un país de grandes disparidades, con un lastre de exclusiones que siguen sin solventarse. Tenemos demasiados pobres dependiendo de la asistencia de programas que nunca los han emancipado de su marginación, no sólo material sino de la del intelecto, y los han condenado a mirar el bienestar desde lejos, pero desde muy lejos, por generaciones, y esa es una de las causales principales de esta debacle que hoy vivimos.

Se han generado resentimientos y odios que no sirven más que para profundizar en la separación y el encono, hoy más recalcitrante que nunca, porque el propio Jefe de Estado los alimenta mañana, tarde y noche. Es hora de crear consensos y acuerdos, pero no para llevar agua al molino de las dirigencias partidistas, ni para placear tlatoanis y luego lanzarlos como candidatos en los siguientes comicios electorales, sino para generar condiciones –porque ese es el primer deber de cualquier gobierno que se precie de ser democrático, entendiendo a la democracia como forma de vida– para que todos los mexicanos vivan como lo que son: seres humanos, personas investidas de dignidad. Hay demasiados pobres y, a como se ven las cosas, con una tendencia a que quienes hoy pertenecen a la clase media engrosen las filas de quienes se las ven negras para sacar el sustento diario. ¿Qué por qué lo digo? Porque, entre otros errores crasos, el gobierno lopezobradorista le ha dado una patada en el trasero a la micro, pequeña y mediana empresa, que son las que generan el desayuno, la comida y la cena de millones de mexicanos, no los banquetes de boda o de quinceañeras, porque esos tienen carácter de eventuales. Porque está empeñado en no permitir que la gente crezca con el alimento de una educación de primer mundo impartida por maestros bien preparados, permanentemente preparados –sin la injerencia perniciosa de sus lideretes sindicales que ni por asomo defienden sus derechos labores, lo que cuidan son sus intereses personales y los del gobierno alcahuete con el que tranzan– y bien pagados.

Por eso celebro este brote valiente de conciencia ciudadana que ha decidido no permanecer más en la pasividad, que se ha avivado y está determinado a hacer valer sus derechos en pro de la construcción de un México en el que el bienestar sea generalizado y en el que los gobernantes en turno, del color que sean, sepan que sólo son mandantes, es decir, ejecutores de la voluntad de quienes los han llevado al cargo público. Necesitamos contribuir a la creación de un México más equitativo para todos, en el que no únicamente sea importante el crecimiento económico, sino el interior, el del espíritu, para que las nuevas generaciones crezcan en valores, en generosidad, en sentido de pertenencia a su comunidad y en sus obligaciones insoslayables como integrantes de la misma. Hay un deber intrínseco de solidaridad que nos fraterniza, nos viene de manera natural. Es hora de dejarlo aflorar y multiplicarlo.