Paciencia. Los meses de confinamiento debieran habernos aleccionado un poco más en esta virtud. Cuando de pronto en mil y un puntos del mundo la humanidad se vio obligada a quedarse en el hogar a causa de la pandemia, fue la paciencia la primera palabra que se tendría que haber colocado en la mente.

Paciencia, pues las cosas de un día para otro serían muy diferentes, diametralmente opuestas a las que teníamos por costumbre vivir. Y entonces sería el quedarse en los hogares, levantarse sin horarios, buscar, muchos, qué cosas hacer para “matar el tiempo”. Qué triste expresión, por otro lado, la de “matar el tiempo”, pues en realidad es tiempo lo más valioso que tenemos y aprovecharlo debiera ser disfrutarlo y no apagarlo, pero, en fin. Tan poco acostumbrados estábamos de la ingente cantidad de tiempo que se venía frente a nosotros que muchos no tuvieron oportunidad de visualizar qué poder hacer con él.

Punto y aparte, por supuesto, de todos aquellos que su vida dependía y depende de estar fuera del hogar, que no tuvieron y no tienen manera desde casa de producir para comer. Para ellos, todo el respeto del mundo por haber salido a ganarse el sustento y hacerlo bajo condiciones que hoy por hoy sabemos que son las que deben primar para el buen desarrollo y la supervivencia de esta generación que jamás se le asomó la idea de cómo la vida cambiaría de tan dramática manera.

Fue paciencia, fue ánimo, para poder enfrentar las nuevas formas de comunicarnos con los seres queridos a través de videollamadas; de establecer conexión con los alumnos y de realizar gestiones de trabajo a través de la pantalla de una computadora. Echar andar el ánimo para poder salir adelante con los trabajos y con las emociones que se concentraron en una sola: mucho miedo.

A muchos el miedo los paralizó; a otros, en cambio, los impulsó. La combinación para paralizarse es miedo e ignorancia. Para los afortunados, evitar esa combinación les hizo la cuarentena más fácil, más pasable.

Hoy por hoy, tratando en lo posible de eludir la combinación de miedo e ignorancia, debiera, creo, primar una que también empezó a rendir sus frutos para muchos que se sostuvieron, si podían hacerlo, en el encierro: la disciplina.

Tenemos ante nosotros el gran reto como mexicanos de la disciplina. Hablar de más de cien millones de mexicanos y unidos en ese frente común suena a casi misión imposible. Disciplina, pautas de conducta acordes con una nueva realidad que no termina por gustar, que suprime maneras de diversión y de contacto con la gente. Pero esa disciplina es la que puede contener lo que estamos viviendo.

La antigua manera de socializar está quebrada. Qué extraño decir antigua cuando no hace ni seis meses que era nuestra forma común de andar por la vida. Sin embargo, es con lo que tenemos que vivir, a lo que tenemos que enfrentarnos.

La disciplina no es un asunto aislado. Forma parte de un cultivo al que tendrían que acompañar el de la solidaridad, el respeto y el agradecimiento hacia los demás.

Solidaridad con cada uno de quienes nos cruzamos por las calles, respeto por ellos y por sus familias. Y un agradecimiento especial, haciendo mención a todos aquellos que todos los días, y en el momento en que escribo estas líneas, en el momento en que las pasaran por sus ojos los lectores; todos los días, decía, están en los hospitales atendiendo personas enfermas por este virus atroz. Salvando vidas.

En nuestro interior, nos preguntamos: “¿Qué deja esto en mí?” La respuesta está en cada uno. La respuesta en sociedad, ojalá, sea la de una mucho mejor sociedad. Una bondadosa sociedad.