Al desplegado de palabras de intelectuales, respuesta inmediata; al despliegue de armas de criminales, silencio

El miércoles pasado, convocado por Roger Bartra, un hombre de impecables credenciales de izquierda, un grupo de treinta intelectuales publicó un desplegado en la prensa. Critican “la asfixia del pluralismo de la representación en aras de someter al Poder Legislativo a los dictados del Ejecutivo”. No exageran. La concentración de poder en la figura del presidente es alarmante, lo mismo que la sumisión del Congreso, que existe, en su actual encarnación, para servir al proyecto de Andrés Manuel López Obrador. Los intelectuales también lamentan la “actitud despreciativa” del presidente frente a las instituciones autónomas. En esto se quedan cortos. López Obrador no desprecia a los organismos autónomos, encargados de embridar la acumulación de poder que tanto anhela; está empecinado en su reducción o nulificación. Finalmente, el desplegado advierte sobre el retroceso de la vida democrática de México y sugiere la conformación de una coalición que pueda, desde las urnas, sumar algo de equilibrio a la balanza.

Nada de esto es inusual. Los intelectuales tienen, como cualquier voz pública en una democracia, el derecho e incluso la obligación de manifestar su inconformidad y su preocupación por el rumbo del país. Sugerir la urgencia de contrapesos a un poder unipersonal que combina, para nuestra desgracia, la incapacidad con la intolerancia es una prerrogativa de la vida en democracia.

Al desplegado de los intelectuales, el Presidente de México respondió personalmente y de inmediato. Lo hizo con la publicación de una carta, similar a la que había recibido. La tituló “Bendito Coraje”. En su respuesta, López Obrador sugiere que sus críticos no son sus críticos sino sus adversarios, y peor aún representantes de intereses aviesos. El Presidente reviró que la invitación de los intelectuales a crear una coalición que compita contra el partido oficial –es decir, contra el presidente– es “de pena ajena”. Después, fiel a su costumbre, López Obrador recurrió a la descalificación y la calumnia. “Lo único que pueda reprocharse a tan famosos personajes es su falta de honestidad política e intelectual”, escribió el presidente. “Bastaría con preguntarles: ¿cómo contribuyeron a ‘los avances democráticos’?” López Obrador sabe, porque ha estudiado la historia, que varios de los nombres en la lista denunciaban los excesos y abusos del sistema político mexicano –y del PRI– en tiempos cuando el propio López Obrador militaba en el partido hegemónico. No le importó. Al final, los acusa de querer restaurar un régimen “caracterizado por la antidemocracia, la corrupción y la desigualdad”.

A la crítica, pues, la más severa de las respuestas, de manera personal e inmediata.

El viernes pasado, seguramente convocados por Nemesio Oseguera, quizá el criminal más peligroso del último lustro en México, un grupo de al menos medio centenar de hombres uniformados presumieron, en un video, sus armas de guerra. Con el rostro cubierto y parados frente a vehículos blindados recién pintados con camuflaje, los hombres repetían enardecidos la misma proclama: “pura gente del señor Mencho”. La puerta de uno de los camiones todo terreno llevaba un logotipo: “fuerzas especiales, CJNG. Grupo élite”. Cada uno llevaba en las manos armas semiautomáticas o rifles de asalto de alto calibre. En la parte de arriba de los vehículos, torretas con el mismo tipo de armamento: dispositivos para la guerra. De pronto, alguien dispara al aire. Decenas de balazos en rapidísima sucesión. “¡Arriba el señor Mencho!” se escuchó.

¿Qué pretende la “gente del señor Mencho”? La ocupación de México. No hay experto de seguridad pública en el país que no reconozca el poderío militar, quizá inédito, del Cártel Jalisco Nueva Generación. Su descaro y ambición es equivalente al calibre de su armamento. El CJNG no critica al Estado que encabeza Andrés Manuel López Obrador ni lamenta la destrucción de su pluralidad o las instituciones autónomas. Le importa un carajo la vida democrática del país. Lo que quiere, en realidad, es su ocupación. Ha entablado, o parece pretender hacerlo, una guerra contra el Estado mexicano, contra la viabilidad misma de eso que llamamos México.

Al despliegue de violencia de la “gente del Mencho”, el Presidente de México no respondió.

No hubo mensaje ese mismo día en sus redes sociales.

No hubo declaración alguna del presidente.

Lo dicho: al desplegado de palabras de intelectuales críticos, respuesta personal e inmediata.

Al despliegue de armas de guerra de criminales y asesinos, enemigos -esos sí- de México, silencio.