Debo confesar a mi amable (y única) lectora que me había rehusado a escribir de cine, pero después de lo sucedido el pasado domingo, bien vale la pena tratar de hilar ideas en este espacio con el fin de expresar algunos sentimientos encontrados. Siempre lo he pensado: el arte que cuenta historias a través de una secuencia de imágenes y sonidos, puede sacar lo mejor y lo peor de las personas; incluso, de una nación entera.

¿Qué tan moreno debe ser alguien para que su trabajo –aclamado en otras latitudes– sea ácidamente criticado en su propio país? ¿Qué tan clara debe ser la piel para allanar el camino al éxito? En pleno Siglo 21; en un mundo globalizado en el que se han roto toda clase de paradigmas, tal parece que los sonoros aplausos se encuentran aún reservados para la gente de tez blanca y ojos claros o, peor todavía, para los que son de cualquier raza, pero lucen como “extranjeros”. Así, para muchos, uno de los momentos más memorables de la nonagésima primera entrega de los Premios Oscar a lo mejor del séptimo arte, fue en el que Lady Gaga y Bradley Cooper subieron al escenario a cantar el tema “Shallow”, cuya melodía fue especialmente aderezada para la ocasión con un soberbio arreglo de chelo. Ella no es actriz, mientras que él no es cantante; sin embargo, ambos fueron altamente reconocidos por sus interpretaciones en “Nace una estrella”. En un país en el que somos dueños de una “morenez” que ofende (a decir del comediante Carlos Ballarta), difícilmente los güeritos son criticados.

Más allá del debate sobre el racismo en México que despertó la película Roma y al que el aclamadísimo primer actor (sarcasmo) Sergio Goyri puso la cereza en el pastel, Alfonso Cuarón se encargó de escribir una nueva pagina en los anales de las artes. Nos guste o no, por primera vez un largometraje en blanco y negro, con diálogos en español y filmado en nuestro país, se convierte en un ícono de la cinematografía mundial. Después de nueve intentos, una producción mexicana recibió el Oscar a mejor película extranjera, uniéndose a Argentina y Chile; únicos países latinoamericanos cuyas cintas habían obtenido una estatuilla dorada. Por su parte, el cineasta que en aquel lejano 1991 se estrenó en el oficio al dirigir a Daniel Giménez Cacho y Claudia Ramírez en la inolvidable “Sólo con tu pareja”, se alzó con el galardón al mejor director; categoría en la que, por cierto, los mexicanos han establecido una hegemonía en los últimos seis años: Cuarón en 2014, por “Gravedad”; Alejandro González Iñárritu, por “Birdman” en 2015 y por “El renacido” en 2016, y Guillermo del Toro, por “La forma del agua” en 2018. Como si esto fuera poco, además de director, Alfonso fue guionista y fotógrafo de su propia película. Lo extraordinario es que también estuvo nominado en esas dos categorías y obtuvo el Oscar a la segunda de ellas. Vaya trabajo que se saco de la chistera el originario de la gran Tenochtitlan, al crear una pieza que –si bien– puede ser considerada lenta y difícil de entender, es un retrato intimista y personal que recreó con sorprendente exactitud la vida de una familia “clasemediera” en un convulso año 1970 e hizo visible a una de las llamadas “invisibles”; aquellas personas que dejan de vivir su propia realidad para ejercer un rol protagónico en las historias de familias a las que no pertenecen, pero quieren y cuidan como a las propias.

Aquí en confianza, no todo es miel sobre hojuelas. La película de marras fue vendida a Netflix y por esa razón sólo se exhibió en algunas pocas salas de cine; al respecto, el duopolio cinematográfico mexicano (Cinemex y Cinépolis) se negó a presentar el filme si no se cumplía la condición de retrasar su estreno en la plataforma digital, afectando así su distribución. Pese a ello, el largometraje cumplió el requisito para ser galardonado. Hasta el día de hoy, Roma ha recibido 290 nominaciones y obtenido 162 premios en los principales festivales que reconocen a lo mas destacado de la industria del cine. Y aunque la ahora famosa Yalitza Aparicio no se hizo con el Oscar a mejor actriz protagónica, su esfuerzo es digno de elogiarse; no por ser una mujer indígena (pensar así sería también discriminarla), sino porque tuvo la valentía de perseguir un sueño hasta alcanzarlo. Ojalá todos hiciéramos algo parecido, sin importar la apariencia o el color de nuestra piel.