“Anoche entró Drácula en mi habitación”. Eso le contó Milova, cándida doncella transilvana, a su mamá. La señora le pidió que le dijera con detalle lo que la aparición le había hecho. Tras oír el relato concluyó: “No era Drácula”
 Picio, hombre más feo que el pecado -que el pecado feo, digo, porque hay algunos muy bonitos-, cortejaba con enojosa asiduidad a Dulcibella, linda muchacha de su pueblo. Un día le dijo, desesperado ya: “¡Si no me correspondes me arrojaré a un precipicio!”. “¡Caramba! –exclamó ella-. ¡Cómo te lo agradeceré!”
 Pepito le comentó a su abuelita: “Todas las noches me hago la porla”. “¡Hijito! –se turbó la abuela. “Sí –confirmó el chiquillo-. Por la señal

 Mis hijos no me lo creen, y mis nietos menos. De niño iba yo al cine, y cuando en la película salía un sacerdote –don Carlos Baena, casi siempre, o don Domingo Soler- todo el público aplaudía. Igual pasaba si en el noticiero cinematográfico aparecía el Presidente de la República. Eran los años finales de la década de los cuarentas, y había respeto lo mismo para el altar que para el trono. Evoco aquella época y no puedo menos que sentir la “íntima tristeza reaccionaria” que el poeta de Jerez sintió. Repruebo por eso a quienes al final de un vuelo injuriaron al presidente López Obrador. Ninguna circunstancia atenuante hay para ese acto, que nada bueno aporta a la vida cívica y política de nuestro país. Hicieron bien AMLO y sus acompañantes al no responder a esa burda agresión verbal. Con insultos nada se consigue. Lo sucedido ha de servir de advertencia para reforzar la seguridad del Presidente, cuya decisión de viajar en vuelos comerciales lo expone a acciones como la que sucedió en su regreso de Guadalajara a la Ciudad de México, o la del individuo que llegó a él sin que nadie lo detuviera ni evitara su indebida presencia en el sitio donde el mandatario se encontraba. Una figura política como la de López Obrador suscita actitudes extremas tanto a favor como en contra. Su persona es importante, y debe ser objeto de protección especial, aunque él mismo piense que no la necesita. Eso de que lo cuida el pueblo es fantasía, y entelequia también, o sea cosa irreal, la afirmación de que el que nada debe nada teme. En un ambiente que cada día se polariza más, la seguridad del Presidente es importante. No se trata sólo de la integridad de su persona: se trata sobre todo del bien de la nación
 Un tipo le contó a otro: “Mi mujer me dejó para irse con mi mejor amigo”. Preguntó el otro: “¿Quién es?”. “Respondió el tipo: “No lo conozco”
 Don Cucurulo invitó a la señorita Himenia a ir al cine. Ya en la sala le dijo la madura célibe: “Espero, amigo mío, que no aprovechara usted la oscuridad reinante para dar libertad a sus manos”. Contestó don Cucú, digno y solemne: “Lejos de mí tan temeraria idea, señorita. Si tal hiciera los ocupantes de la fila de atrás se darían cuenta, y eso dañaría lo mismo mi honorabilidad de caballero que su reputación de dama”. Sugirió con timidez Himenia: “Podríamos sentarnos en la última fila”
 Ya conocemos a Capronio: es un sujeto ruin y desconsiderado. Una mañana su esposa le dijo: “Anoche que estabas dormido llenaste de maldiciones a mi mamá”. Replicó el majadero: “¿Quién te dijo que estaba dormido?”
 Un individuo bebía su cerveza en la cantina cuando de pronto se le acercó un tipo y le dijo: “Me he enterado de que tiene usted una relación con la señora Perendeca. Yo soy el marido ofendido”. Se puso en pie el sujeto. Medía 2 metros de estatura y tenía músculos de luchador. Se apresuró a aclarar el otro: “Bueno, no tan ofendido”
 FIN.


DE POLÍTICA Y COSAS PEORES
Catón