El haberse recluido en los hogares dio pie a muchos a actualizar lecturas, haciendo el recuento de lo visto a lo largo de los años y enfrentándose al deleitoso reto de emprender nuevas aventuras en el fascinante mundo de la literatura para unos, de las ciencias para otros.

Hubo quienes sumaron a amigos a realizar sus propios recuentos. Así fue interesante ver cómo las páginas de las redes se llenaron de recuerdos y breves reseñas de libros que más han influido en muchos.

Esto, en medio de la situación de emergencia por la que se atraviesa, fue como literalmente permanecer fascinantes minutos en un oasis en medio del desierto.

Quien esto escribe recordó como lecturas imprescindibles y autores inolvidables de los primeros tiempos de lectura y hasta los actuales, a “María”, de Jorge Isaacs; “Marianela”, de Benito Pérez Galdós; “Los Miserables”, de Victor Hugo; “Las Uvas de la Ira”, de John Steinbeck; “Todo un Hombre”, de Tom Wolfe; “Matar un Ruiseñor”, de Harper Lee; y la entrañable como vasta y magnífica obra “Guerra y Paz”, de León Tolstói.

Regresar por esa dinámica a la lectura de autor tan grande como Tolstói ha sido una de las experiencias renovadoras en esta época. Uno se siente bien con unos autores y con otros no. Algo hace el click con unos que nos permiten disfrutar de sus palabras como si percibiéramos en ellas las suaves ondas de agua de un manso río. Ponen delante de nosotros imágenes de tan hondo significado y sentimos una voz profunda y remota como puesta en nuestros oídos.

León Tolstói, que en “Guerra y Paz” consigue magistralmente retratar en un mosaico los anhelos, las preocupaciones, intereses, afectos y aborrecimientos de hombres y mujeres, con un extraordinario telón de fondo histórico, compuso en la juventud sus primeros escritos bajo un seudónimo y los envió a una revista.

Esos escritos, que algunos estudiosos de su obra afirman no dejan entrever al espíritu de las letras del futuro Tolstói de “Guerra y Paz” o “Ana Karenina”, están elaborados a partir de dulces remembranzas y los compiló en los tomos de Infancia, Adolescencia y Juventud.

En 1852, Tolstói cumplía con su labor militar, pero una enfermedad le obligó a recluirse. Se propuso hacer una novela autobiográfica en cuatro partes, y fue así como surgieron estos libros de las distintas épocas. Envió los manuscritos a una revista llamada Sovremennik (El Contemporáneo) y el editor en una primera comunicación le externa que tiene “tantas cosas interesantes” que lo publicará. Tolstói se había firmado como L. N. T., y entonces el editor le expresa: “Desconociendo la continuación, no puedo afirmarlo con certeza, pero me parece que su autor tiene talento. En todo caso, sus ideas y la sencillez y la realidad del tema son cualidades indiscutibles”.

Reitera su admiración por el novel escritor y le aconseja no utilizar seudónimo, sino que inmediatamente use su nombre “siempre que no sea un huésped de paso en la literatura”.

Tolstói diría en el futuro que a estas primeras obras les faltaba sinceridad, que eran demasiado literarias. Pero para los lectores de ese mismo siglo, el 20 y el 21, estos primeros textos de Tolstói están dotados de una enorme vida. Cada personaje es presentado con el ropaje auténtico que delinean sus diálogos y tiene sobre la naturaleza una beatífica mirada en muchas de sus líneas, que no hacen sino estremecer a sus lectores, oyentes de esa voz remota del gran Tolstói.

Aquí, para ejemplo, una sencilla e ingenua descripción en donde esto se deja observar de manera encantadora:

“Millares de hormigas corrían inquietas junto a las raíces del roble bajo el que me encontraba, por la parda y reseca tierra, entre las hojas secas, las bellotas, las ramitas secas, el musgo amarillento y las finas briznas de hierba verde. Unas tras otras corrían apresuradamente por los senderitos trillados por ellas mismas, unas con pesadas cargas, otras sin nada. Corté una ramita seca y les corté el paso”.

Un juego que tantos hemos hecho en un día de campo, en palabras de alguien como Tolstói, que en tan dulce sencillez hace radicar su grandeza.