Las instituciones públicas mexicanas son como chalupas con tripulación confundida: unos quieren silencio, los otros transparencia. Ante tanta indecisión, algunos acervos ya buscan asilo en bibliotecas extranjeras. 

Cuando la Unión Soviética se transformó en Rusia adoptaron, en 1993, una ley que quitó cerrojos a los archivos. Cambiaron los aires y en 2004 aprobaron una ley que facilitaba la opacidad utilizando excusas, como el respeto a la “privacidad” o la protección de “datos personales”.

Los mexicanos pagamos las consecuencias de una transición inconclusa. Las normas contienen ambigüedades sobre la transparencia y la opacidad. Hay quienes siguen la senda rusa y abusan de la “protección de datos personales”.

Es el caso de la esperada plataforma Memoria y Verdad, creada por el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI) en sociedad con la Universidad Iberoamericana y varios organismos civiles (Artículo 19, Fundar, Miguel Agustín Pro, entre otros). Se comprometieron a difundir los documentos relacionados con violaciones graves de derechos humanos: Tlatelolco, el Halconazo, la Guardería ABC, Ayotzinapa, Tlatlaya, etcétera. 

En una primera etapa el INAI, la universidad y los organismos civiles lograban sinergias mientras se arrojaban elogios. Cuando se acercó el momento de la inauguración afloraron los desacuerdos y las recriminaciones y están al borde de la ruptura. El motivo de fondo es que el INAI está dividido sobre lo que significa resguardar “datos personales”. Algunos lo usan para cometer excesos como el de pedir a las organizaciones consentimientos expresos de todos los que aparecen en las fotografías, aun cuando algunas de éstas tengan 50 años. Simples pretextos del ogro autoritario temeroso de la verdad.

Lo que sucede en el INAI se reproduce en el Archivo General de la Nación (AGN) y otros espacios. En la Galería Uno del AGN está depositado el acervo de la Dirección Federal de Seguridad. Como en Rusia, después de la alternancia de 2000, hubo una gran apertura y los documentos se entregaban sin borrar los nombres. Invocando una dudosa legalidad ahora tachan los nombres o niegan la existencia de documentos entregados con anterioridad (y tengo pruebas de lo que estoy diciendo).

Ese intento por retroceder en la historia plantea varios problemas. Por ejemplo, ¿qué hacer con aquellos documentos entregados durante los años dorados de la transparencia?

Hace un año empezaron a buscar respuestas la Biblioteca Daniel Cosío Villegas y profesores de El Colegio de México, la Universidad Northwestern de los Estados Unidos e instituciones académicas europeas. 

El objetivo era digitalizar los expedientes obtenidos por académicos que hubieran investigado en la Galería Uno del AGN durante la etapa de transparencia para ponerlos a disposición del público en servidores de varias universidades. Después de consultar a diversos abogados, la biblioteca de El Colegio de México optó por abandonar el proyecto, ante el temor a las multas o acciones legales del INAI. 

Conozco la historia porque coincidió con mi deseo de donar a El Colegio de México los expedientes que he ido acumulando de diversos archivos. Al cancelarse el proyecto y ante el riesgo de que se impongan los discípulos de Torquemada he optado por entregarlos a bibliotecas extranjeras; las organizaciones que participan en la plataforma Memoria y Verdad también sopesan esta opción.

La democracia mexicana vive tiempos difíciles y el acceso a la información está tan amenazado como la libertad de expresión. Una parte de los gobernantes están usando las leyes para agredir a la justicia. Utilizan la norma para negar información y las demandas para intimidar y censurar. Hay también funcionarios que defienden la libertad de expresión y la transparencia. Pronto conoceremos el sentido del viento porque habrá nuevas leyes sobre archivos y datos personales. ¿Seguirán el camino ruso o la ruta escandinava? ¿Triunfarán los censores o los comprometidos con la verdad?

Debemos impedir que unos cuantos se apoderen de esos acervos que nos permiten reconstruir el pasado que se transforma en linterna que ilumina el presente, como palanca para construir un futuro sin corruptos ni censores.

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Colaboró Maura Roldán Álvarez