A todo el mundo nos causó conmoción el suicidio público de Slobodan Praljak. El ex general bosniocroata que ingirió una sustancia letal el pasado miércoles frente a los ojos de un juez que lo sentenciaba a 20 años de prisión por los crímenes cometidos en la guerra (1992-1995) en contra de musulmanes bosnios. La prensa internacional se ha encargado de subrayar que la duda central que debe acosar nuestras mentes es el origen de esa pequeña botella con líquido. ¿Cómo lo consiguió?, ¿de dónde lo sacó?, ¿quién se la dio? Todas ellas son dudas genuinas que tarde o temprano será contestadas por el sistema de justicia internacional y por la justicia local de Países Bajos. Sin lugar a dudas, todas ellas tienen la capacidad para detectar el origen y localizar el eslabón que se rompió en las medidas de seguridad.

Empero, más importante que esta primera preocupación es el mensaje que envía Praljak al mundo sobre los sistemas de justicia internacionales. El suicidio público implica, por un lado, un repudio mortal ante un sistema que no se reconoce como legítimo por el acusado, por lo tanto, la salida debe ser total; absoluta. Por el otro, implica el convencimiento determinante sobre su inocencia frente a las leyes de ese sistema. Una crítica y una afirmación tan definitivas que ya no admiten respuesta ni apelación, más que la consternación de las autoridades y de la comunidad internacional en general.

Praljak, quien fue escritor y director de teatro y cine, fue también profesor de filosofía. La escena la conocía bien, conocía el libreto y lo que significaba el acto de repudio. Como Sócrates, prefirió la muerte antes de aceptar una sentencia de un sistema que consideraba ilegítimo para acusarlo. El mensaje es claro, una sustracción de la justicia humana impuesta, que el acusado dice no conocer ni su lugar ni su circunstancia. No es repudio ante las acusaciones, sino ante quien las juzga.

La acción fue la misma que Goering, quien dos horas antes de ser ejecutado tomó una cápsula de cianuro y murió bajo sus propios términos. Efectivamente, ambos sujetos se sustrajeron de cumplir con sus sentencias. Sin embargo, en el caso de Hermman Goering no había declaración de inocencia por su parte. Praljak, hasta el último momento se consideró inocente.

Independientemente de si lo era o no según las leyes establecidas, lo cierto es que el suicidio representa un acto que vulnera el rostro de un sistema internacional que quiere personalizar a la justicia universal. La culminación de un juicio es representada por la ejecución de una sentencia. No cuando esta se dicta, sino cuando esta se cumple.

En el caso de la sentencia de Praljak, ésta ya no se cumplió; y nunca se cumplirá. Dejando así a una sociedad con el vacío de ver el daño que se le ha causado sin resarcir y a una comunidad internacional que vuelve a ver una pena sin castigo. No es la primera vez que sucede en el ámbito de la justicia internacional que dictada la sentencia, ésta ya no encuentra sujeto sobre el cual aplicar su sanción. El mensaje del suicidio es contundente, implica un repudio ante una justicia que los acusados no consideran suya. Los estándares internacionales deben seguir difundiendo las bases que los legitiman y los hacen universales ante un cada vez más creciente sentido del nacionalismo y regionalismo. Esta crítica siempre cabrá, pero nunca habrá una respuesta más hiriente para el sistema que actos como los de Praljak.