En 1476, una escuadra francesa atacó un barco flamenco. El incidente terminó en naufragio. Asido a un remo, uno de los sobrevivientes pudo llegar a costas portuguesas: su nombre era Cristobal Colón. La corriente lo había depositado a poca distancia de los cuarteles de Enrique el Navegante.

Los Portugueses eran los dibujantes de los contornos del mundo, y sus descubrimientos actualizaban la geografía a un ritmo vertiginoso. La suerte había llevado a Cristobal a las playas afortunadas: pronto comenzó a ganar dinero por el diseño y la venta de cartas de navegación.

A su conocimiento de las rutas marítimas se sumaron las ideas del cartógrafo, filósofo, astrólogo y cosmógrafo Paolo dal Pozzo Toscanelli, además de algunos dogmas cristianos de la geografía y los relatos de Marco Polo. Estas influencias no tardaron en fermentar en el gran proyecto de Colón: la empresa de las Indias.

El problema de las rutas marítimas hacia occidente no radicaba en la discusión sobre la forma de la tierra. Todo europeo de cierta educación sabía de la redondez del planeta. El inconveniente era la distancia. El equipo de expertos seleccionado por Juan de Portugal para evaluar el proyecto de las Indias tenía razón: la distancia entre las Canarias y la isla de Cipango (Japón) a través del Atlántico calculada por Colón era exageradamente corta; cerca de cuatro mil quinientos kilómetros. Sí, estaba equivocado, pero su poder persuasivo era mucho, y la competencia entre las coronas europeas, intensa. Portugal se había negado, pero España fue seducida.

Financiado el proyecto, Fortuna tenía otro regalo guardado para su querido Cristobal: colocó una gran masa terrestre en medio de su travesía. Cipango y los litorales asiáticos podían esperar, pues Colón había tropezado con un nuevo continente.

Pero los tropiezos afortunados son innumerables. A finales del siglo XVI, en Italia, la arquitectura de la Grecia clásica y la Roma imperial volvía a la vida en forma de capiteles coronados con volutas, frontones triangulares y columnas estriadas. Sin embargo, el afán de recuperación de los ideales de la antigüedad grecolatina no había operado en todas las artes. La tragedia griega permanecía en los dominios de Hades, lo cual preocupaba al grupo de intelectuales y artistas italianos que integraban la “Camerata Florentina”. Bajo el abrigo del conde Bardi, y posteriormente de Corsi, el equipo estaba integrado por Vincenzo Galilei (padre de Galileo), Jacopo Peri, y el poeta Ottavio Rinuccini, entre otros.

Según sus investigaciones, los textos en la representación de la antigua tragedia se efectuaban en un “recitare cantando”, punto medio entre el decir y el cantar. No solo los personajes principales se expresaban de manera melódica, también los coros, que eran omnipresentes y multifacéticos: participaban, comentaban o juzgaban lo que en la trama sucedía.

El mito de Dafne fue el argumento elegido para aplicarle las maniobras de resucitación. La partitura se ha perdido, en cambio, se conserva la música de L’Euridice, segundo intento de la Camerata, que fue representada en 1600. La música de Peri, el texto de Rinuccini, la erudición de Galilei y el patrocinio de Bardi-Corsi tendrían consecuencias definitivas en la historia escénico-musical. No resucitaron la dramática griega, pero, como Colón, tropezaron con un nuevo continente: la Ópera.

Ni Colón ni los florentinos hallaron lo que buscaban, pero encontraron algo más trascendente. Fueron buscadores incansables, de manera que tropezar era cosa natural. Su afán y curiosidad despertaron la sonrisa de la diosa caprichosa, la impredecible y voluble, la diosa Fortuna.