Exhiben. La foto para el Facebook no podía faltar. Foto: Alejandro Rodríguez
Las largas horas de trabajo del personal de Salud lleva también su recompensa

Hormigueo en las manos, ardor en los pies, hambre y fatiga. Nunca antes en los 28 años de servicio, la enfermera Irlanda Hernández inyectó a tantas personas en una jornada de vacunación.

Cada mañana arriba al módulo de vacunación vestida de un blanco impecable. Recibe indicaciones. Está dispuesta a inyectar cuántos brazos pueda. Arranca la jornada de vacunación junto a una cuadrilla de enfermeras con la insignia de una águila verde en su filipina.

Durante su estancia en el módulo, llaman “madre”, “doña”, “señora” o “padre” a los pasajeros de cada vehículo para iniciar con las instrucciones de la aplicación. No hay espacio en su mente para un recuerdo, una preocupación o cualquier otra distracción. No hay lugar para un bostezo, el desánimo o la rendición.

La sonrisa o bendición de cada adulto mayor es una dosis de energía y entusiasmo para continuar durante horas bajo el mismo esquema. 

Mecanizado, el procedimiento cada vez es más sencillo, breve e inmediato, de manera que al tercer día de la jornada se agotaron las dosis poco antes de las 16:00 horas en la mayoría de los módulos.

Las enfermeras portan con orgullo una cofia, trasladan las dosis entre las filas de abuelitos que esperan su vacuna. Sobre una mesita de metal con ruedas llevan restos jeringas, torundas en empaques individuales y hojas de registros.

Las enfermeras del IMSS fueron capacitadas con cinco cursos antes de iniciar la inmunización en Saltillo.

ESTÁN BIEN CAPACITADAS

Su preparación para participar en esta jornada histórica contra la pandemia del coronavirus comenzó hace semanas.

Pero nadie les habló de la fortaleza que requerían para soportar más de 10 horas de pie o la paciencia ante las acusaciones, dudas o desconfianza de los adultos mayores.

La mayoría de las enfermeras doblan turnos tras concluir la vacunación, ya sea en hospitales privados, con pacientes en su domicilio o el turno inevitable de ser madres.

Tras horas de trabajo llegan a casa; comen, casi siempre recalentado y atienden a sus hijos, los apoyan con sus tareas y preparan la cena.

Un segundo turno comienza con más tareas de la casa o el “quehacer de mamá”. Aún con los pies ardiendo, los hombros cansados y el estómago gruñendo, la satisfacción de recibir la bendición de abuelitos es su paga más sincera.