Las teorías políticas que se han diseñado a lo largo de la historia tienen que ceder ante el efecto demoledor que produce la sucesión en un régimen político. México no es excepción, por el contrario, es ejemplo vivo de la importancia que tiene el final de un encargo. El legado más importante de un grupo es definir al sucesor. El término de una gestión política puede ocurrir de manera agria e ignominiosa en un franco deterioro e infelicidad, como ha sucedido en la política mexicana en que son más los fracasos que los éxitos sucesorios.

La sucesión de 2018 se presenta con malos augurios para los mexicanos, más que una caballada flaca se trata de cuadras de caballos desmanteladas. Nadie tiene propuestas o siquiera ideas sueltas, politiquería pura, grilla pues. El PRI espera la señal del Presidente para organizar las estrategias que le permitan mantener el poder. Estas son variopintas: unas visibles, otras ocultas, unas plausibles, otras inconfesables. Se valdrá todo y ya se verá. Como paradoja, los meses previos al destape sirvieron para detener la caída libre de Peña Nieto. Cierto que no quedaba tampoco mucho espacio para seguir cayendo, pero la única tabla de salvación que encontró el Presidente para sortear los últimos meses de su gestión, fue seguir el librito priísta de mostrar quien tiene el poder. El poder efectivo, el de decidir, por sobre todos los priístas y sus organizaciones.

Peña Nieto padece varias dislexias: para la geografía política (La República Oriental de Paraguay, Monterrey es Estado, Veracruz es la capital del Estado del mismo nombre, etc.); para los nombres de las personas (larga lista); para la denominación de los órganos de su administración (El Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales, etc.); para la aritmética (1 es más que 5). Esta dislexia contrasta con la destreza política para mantener en vilo a un país entero en la espera de quien será el candidato oficial. Eso sí sabe como hacerlo, se cuenta y cuenta mucho.

Otras razones que han afectado seriamente la imagen presidencial tienen que ver con la corrupción del gobierno. Existe la certeza ciudadana de que el gobierno es responsable de la corrupción imperante, lo que explica la impunidad que rodea muchos casos. La corrupción estará presente en las campañas, y afectará la capacidad presidencial para nominar a su sucesor. Es probable que el Presidente no tenga todas consigo como para nombrar al fiscal general, al fiscal anticorrupción o al fiscal electoral, pero nada impide que nombre a su sucesor, bajo la condición de que no se trate de un pillo. Esa es por el momento la fuerza de Peña Nieto. Los priístas fieles a su proverbial disciplina esperarán la señal divina sin chistar, nadie se mueve al más puro estilo fidelvelazquiano. Una vez anunciada la decisión no habrá disidencia ni reclamos. Todos como un solo hombre aplaudirán al ungido, que es altamente probable que sea el sucesor de Peña Nieto. Sigo creyendo que el PRI ganará la presidencial en 2018, aunque no necesariamente sea lo mejor para la República.

En otros frentes, el de Morena merece una consideración aparte, pues AMLO es el candidato a vencer. Todos estarán unidos en su contra, lo que creará una masa de opositores a su triunfo, como hace doce años, como hace seis años (un próximo artículo). Los restantes PAN y PRD en su Frente harán agua conforme avance el momento de definir quién será el candidato (otro artículo). Los independientes también merecen consideración aparte, no tanto por tener posibilidad de triunfo, no tienen ninguna, sino por el papel de zapa que jugarán a favor del candidato que finalmente decida Peña Nieto (otro artículo).
En un escenario de candidatos sin partido y partidos sin candidato, curiosamente el PRI depende en mucho de los no tan independientes. El INE, árbitro por disposición constitucional, tendrá una responsabilidad histórica que todos esperamos sepa y pueda cumplir (otro artículo).

Twitter: @DrMarioMelgarA