El miércoles, cuando la Secretaría de Cultura anunció a Anne Carson como la ganadora de la categoría de Trayectoria del Premio Internacional de Poesía Manuel Acuña a los miembros de la prensa ahí reunidos nos obsequió una dotación de algunas de sus publicaciones recientes. Entre estas se encontraba la novela Madre Araña del monclovense Astor Ledezma, ganadora de la convocatoria editorial Primera Piedra 2018 y que se iba a presentar el día siguiente en el Cerdo de Babel.

Al llegar a casa ese jueves, horas antes del evento, encontré el libro en la mesa de centro de la sala de mi casa, entre los otros textos. El rojo usado en la portada, que comparte con otros títulos de la colección, donde destacan en blanco el nombre de obra y autor llamó mi atención; su aparente brevedad me invitó a tomarlo y considerar darle lectura, en preparación para la cobertura que realizaría esa misma tarde.

No sabía entonces qué tenía en mis manos. No recordaba si en la invitación decía que era narrativa o poesía; no me detuve a averiguarlo, de igual forma leería un poco antes de irme, fuera lo que fuera.

Su nombre me remitió a Louise Bourgeoise; imaginé un texto doliente, desde las entrañas y con el trauma a flor de piel por una progenitora ubicada a millas del estereotipo de la madre amable, como muchas de las obras inspiradas en el trabajo de la artista francesa. Lo hojeé y alcancé a ver textos espaciados pero en formato justificado. Cuentos, pensé.

Para mí, que no soy un ávido lector de poesía y en muchas ocasiones la prefiero (bien) declamada a leída, este fue otro punto que como brazo de Aracne me sujetó y me atrajo hacia ella para dar comienzo a mi lectura.

La infortunada historia de un chico que pierde sus extremidades ante una bacteria comecarne me dijo lo suficiente para darme cuenta que estaba ante un texto diferente y especial. Seguí leyendo y encontré humor negro, ciencia ficción, psicología y depresión, en un entramado de historias trágicas y con una postura ante la eutanasia que nunca había visto yo expuesta desde el ámbito de la narrativa.

Porque seguí leyendo; mi intención original de solo darle un breve vistazo quedó pronto descartada, tan atrapado quedé yo por la prosa cuidada y ligera y el planteamiento de una novela contada desde sus partes integrantes, que al principio parece una compilación de cuentos aislados pero no tarda en revelar la complejidad de su estructura como una gran historia unificada al final.

Cuando cerré el libro casi habían pasado dos horas desde que empecé y todavía faltaba un buen rato para que el autor, acompañado por Livio Ávila y Laura Luz Morales, presentara su trabajo en la ciudad.

Con sus opiniones coincido en todo, pero quiero rescatar en particular la recomendación de Laura Luz; hay que leerlo al menos dos veces, pues si en la primera se comprenden sus intenciones en la segunda se exhiben sus mecanismos y los detalles que tal vez pasaron desapercibidos al inicio.

También vale la pena recalcar la verosimilitud con que trata todas las cuestiones, al grado de que llegas a creer, como me sucedió a mí y a Livio, y probablemente a los demás lectores, en la existencia de una araña de veneno singular en Saltillo.

Astor desmenuzó su trabajo para los presentes y permitió la discusión sobre la ética de la eutanasia, cuando una persona desahuciada o cuya calidad de vida está mermada decide adelantar su muerte y expresó cómo tomó inspiración de casos médicos crudos y violentos —lo que lo llevó a catalogar su obra en el “horror médico” por la visceral descripción de las aflicciones de sus personajes— así como del trabajo de Alejandro Páez Varela 

“Madre Araña” es un libro que expone su concepto por todos lados; el veneno arácnido es parte fundamental de la historia, la trama se desarrolla a través de decenas de historias diferentes, todas entrelazadas y la prosa te atrapa como la toxina titular, que poco a poco te lleva hacia el centro, te hace una revelación y en un éxtasis te libera para que continúes con tu vida.