La peor parte de una historia trágica es el hecho de encontrarnos con evidencia de que ésta pudo prevenirse, porque hubo hechos que debieron alertar a quienes los atestiguaron pero nadie quiso, nadie supo o nadie pudo reaccionar de la forma que la situación particular demandaba.

Esa impresión es la que flota en este momento en el ambiente tras conocerse la historia de María Córdova Lumbreras, quien ayer fue asesinada, aparentemente, por quien antes fue su pareja y a últimas fechas había desplegado una actividad de acoso en contra de ella.

Y es que, de acuerdo con los datos conocidos hasta el cierre de la presente edición, el principal sospechoso de haber perpetrado el crimen “advirtió” a través de redes sociales de los hechos, mediante la publicación de diversos mensajes que pueden ser interpretados como mensajes de odio.

No son, sin embargo, los mensajes publicados por el sospechoso del homicidio lo que hacen pensar que el asesinato de María pudo ser evitado, sino el hecho de que ella acudió a las autoridades a denunciar el acoso que en su contra cometiera su exnovio.

De acuerdo con información difundida también a través de redes sociales, Córdova Lumbreras habría acudido al Centro de Empoderamiento de las Mujeres a denunciar el acoso de que era objeto y allí -según la información conocida- le habrían “recomendado” presentar una denuncia ante la Procuraduría General de Justicia del Estado.

Valdrá la pena conocer el proceso seguido en el Centro con la denuncia presentada por quien posteriormente se convirtió en víctima mortal y determinar, a partir de ello, si pudo hacerse más que simplemente ofrecerle una “recomendación” frente a la situación denunciada.

Valdrá la pena que el Centro para el Empoderamiento de las Mujeres revise sus protocolos y ajuste sus procedimientos para incorporar a estos elementos adicionales que permitan actuar con mayor eficacia frente a un caso que puede escalar a magnitudes como la que ahora reseñamos.

Por desgracia, ya nada puede hacerse por María Córdova y el trágico desenlace de su historia deberá asumirse como uno más de los ejemplos que demuestran cómo nuestros esquemas de prevención resultan ineficaces en el terreno que realmente importa.

Lo que sí puede hacerse, es incorporar esta lamentable experiencia a los protocolos ordinarios de actuación de las instituciones, a fin de establecer mecanismos realmente eficaces en el propósito de identificar con oportunidad los casos que pueden derivar en tragedia.

Lo peor que podría pasar con la tragedia que hemos atestiguado, es que la pérdida de una vida humana ni siquiera deje lecciones importantes para que juntos, autoridades y ciudadanos, aprendamos a reaccionar mejor ante historias como esta, que ocurren a nuestros alrededor y que merecen una atención que vaya más allá del morbo.