Que una institución con un multimillonario presupuesto se ande con mezquindades, es señal que se administra con mentalidad de pobreza

 

Hace un par de días el actor Bryan Cranston publicó una hermosa fotografía en la que aparece felizmente reunido con su excompañera de elenco, Jane Kaczmarek. Ellos son queridos y recordados en México por sus respectivos personajes de Hal y Lois en la imperecedera serie de “Malcolm in the Middle”, la que durante años ha sido la única excusa para que el Canal 5 continúe al aire.

Aunque el éxito de esta tele comedia fue internacional, en nuestro País se convirtió en un programa de culto por la sencilla razón de que los Wilkerson, la familia retratada a lo largo de siete temporadas, no era la típica, aséptica, edulcorada y ejemplar  a la que nos habían impuesto las series gringas.

Si bien, todo sitcom basado en la vida doméstica necesita de personajes con cierto grado de disfuncionalidad para que la risa suceda, y lo vimos desde “Los Picapiedra”, “Yo amo a Lucy” y muy probablemente desde antes, siempre fueron la viva imagen del Sueño Americano, la encarnación de la americana prosperidad, básicamente una postal de Norman Rockwell.

Pero no la familia de Malcolm, el niño genio pero socialmente discapacitado: Su casa no era la más bonita del vecindario -su jardín frontal era un páramo de matorrales muertos-, no eran queridos por sus vecinos -aunque su apellido jamás se menciona en la serie, en el primer episodio se refieren a ellos como “los Parias”- y su economía va más allá de las estrecheces de las que se vive quejando el gringo promedio -Hal afirma separar el papel higiénico de hoja doble para hacerlo rendir-.

Por esos detalles creo que “Malcolm in the Middle” caló hondo en nuestro humor nacional, forjado en la fragua de una clase proletaria que nunca pudo llegar a la anhelada medianía.

En lo personal, además del alto IQ del personaje epónimo, me identificaba mucho el formar parte de una cadena de hermanos que debimos arreglárnoslas en un mismo cuarto dormitorio durante nuestra adolescencia.

¿Comodidad, privacidad, tranquilidad? ¡Qué es eso! Conceptos meramente relativos cuando se comparte cuarto con dos hermanos. Y del baño, ya ni hablemos.

La serie sin embargo me ayudó a hacer catarsis sobre uno de los recuerdos que más me  irritaban de mi niñez y que -toda proporción guardada- constituían un trauma no superado, de esos que luego tienden a convertirse en complejos.

Lo digo en serio, Malcolm y familia me ayudó a entender que, si no tuve el privilegio de tener mi propio cuarto, no era ello necesariamente bochornoso, trágico ni mucho menos carente de diversión. Así que puedo afirmar que es verdad aquello de que la risa es liberadora.

Otro de los detalles a menudo plasmados en el sitcom es el hecho de que los hermanos menores tuvimos que utilizar siempre la ropa reciclada que al crecer iban dejando nuestros hermanos. Estrenar una prenda sin remiendos, con sus colores intactos, de nuestra talla y sobre todo, de nuestro gusto, esas nos las vendieron como extravagancias de gente rica.

Al día de hoy pienso que el hacinamiento y el reciclado de insumos básicos no es ningún estigma, siempre y cuando hablemos de una amorosa familia que con esfuerzo y decoro intenta salir adelante frente a la adversidad económica que reiterada e incesantemente nos han impuesto nuestros gobiernos.

Pero que una institución que recibe un multimillonario presupuesto anual se ande con mezquindades, es señal de que dicha institución se administra con el recto, con una mentalidad de pobreza, de roedor o de ambas.

Me acordé de ello ahora que el “Lobus” -el servicio de autobús de la Universidad Autónoma de Coahuila- fue motivo de controversia.

Desde su origen -de la mano de la inexplicable reubicación de escuelas y facultades a ese capricho moreirista llamado Campus Arteaga- el Lobús fue  motivo de mi penita ajena, toda vez que se adquirieron camiones viejos, desechados por universidades gringas. ¡Pinche pobreza!

Yo no sé si esto no cale en el orgullo de una institución, pero lo cierto es que como egresado sí me provoca desdoro admitir que soy egresado de una institución con estas “carencias”.

Luego de una serie de reclamos por el mal servicio -que es para muchos estudiantes y docentes la única manera de transportarse diariamente de Saltillo hasta el Quinto Infierno- la autoridad universitaria dio su versión de las cosas, pero sobre todo dejó en claro su postura de que “no es una obligación de la UAdeC el proporcionar este servicio”.

La verdad no estoy seguro de ello. Alguien que conozca los estatutos, pero sobre todo los principios en los que se funda esta Casa de Estudios, hágame saber por favor.

Lo que no puedo dejar de notar sin embargo es cómo la Rectoría de Hernández Vélez alude un tema de recesión económica para dar un servicio malo, austero y casi como una graciosa limosna a la perrada de a pie, siendo que la propia Universidad ha visto desaparecer entre desvíos internos y desde el Despacho del Gobernador, millones de pesos sobre los que jamás se tomó la molestia en investigar.

Claro, siempre es más fácil regatear a los alumnos los centavos que representa el servicio del Lobús, que exigirle al Ejecutivo del Estado todos los millones que nunca llegaron a las arcas universitarias y de los cuales simplemente se dijo en su momento “¡ya qué! Lo bueno es que tenemos salud”, o algo igual de estúpido y absurdo.

No, señores. Las estrecheces económicas sólo son motivo de orgullo cuando se trata de una familia de clase trabajadora. Pero cuando hablamos de una institución que en complicidad con el Gobierno Estatal contribuye al sistemático saqueo de nuestra Entidad, sólo es motivo de oprobio y vergüenza, aunque esa última la perdió la Universidad hace ya tiempo, junto con su autonomía.

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