Es importante insistir en la necesidad de que debe ser la comunidad científica la que tome las decisiones respecto de lo que es conveniente en salud.

Uno de los deseos que más personas alrededor del mundo compartimos es el de que aparezca rápidamente un laboratorio con la noticia de que ha logrado desarrollar una vacuna que nos permita volver a la normalidad que conocimos hasta hace muy poco tiempo. Pero desearlo es una cosa y que tal deseo se convierta en realidad es otra muy distinta.

Al respecto, es importante decir que, como nunca en la historia de la humanidad, los científicos del mundo entero están realizando progresos acelerados para desarrollar un antídoto eficaz en contra del coronavirus SARS-CoV-2 y que la velocidad con la cual están avanzando en este proceso es inédita.

Pero la ruta para el desarrollo de cualquier vacuna no depende de nuestros deseos ni de la voluntad política de líderes que prometen una vacuna “muy pronto” expresando con ello más sus intereses electorales que una realidad con base científica. En este proceso, las reglas que deben seguirse con rigor son de las de la ciencia.

El comentario viene al caso a propósito de la noticia que ayer le dio la vuelta al mundo y levantó expectativas que, por desgracia, no tienen fundamento: el anuncio del gobierno ruso en el sentido de que ellos han logrado desarrollar la primera vacuna eficaz para el mal ubicuo de nuestros días.

La Organización Mundial de la Salud, en un acto de responsabilidad ética, ha advertido que la vacuna anunciada por el gobierno de Vladímir Putin no ha cumplido con los protocolos necesarios para ser considerada segura y eficaz, los dos requisitos que cualquier vacuna debe cumplir antes de administrase masivamente a la población.

En esencia, de acuerdo con la información difundida, la vacuna desarrollada por Rusia no ha pasado por la denominada “fase 3” de pruebas, que implica probar el fármaco en miles de personas -de preferencia con diferentes perfiles poblacionales-, además de utilizar un grupo “de control”, que recibe un placebo, a fin de contar con datos para medir su eficacia.

No correr este tipo de pruebas, de acuerdo con la opinión de múltiples expertos, entraña riesgos importantes que pasan, sobre todo, por el riesgo a la salud de quienes recibieran esta vacuna no probada.

Resulta importante insistir en la necesidad de que, en torno a discusiones como esta, debe ser la comunidad científica -y solamente esta- la que tome las decisiones respecto de lo que es conveniente o no para la salud pública. Seguir la ruta de los intereses políticos es no solamente una mala idea, sino una de carácter peligroso.

No se trata de ser pesimistas en torno al desarrollo de investigaciones en diferentes partes del mundo, sino de ser responsables en relación con las decisiones que afectarán el curso de esta lucha en la cual se encuentra involucrada la humanidad entera.

Todos deseamos que surja una vacuna lo más pronto posible. Pero habremos de ser conscientes en el sentido de que solamente el rigor científico, y no las promesas políticas, nos van a conducir con seguridad hasta la otra orilla.